Un
súbito acontecimiento editorial sacudió el año pasado
las aguas no excesivamente caudalosas de la vida literaria italiana, y
sus ondas concéntricas se siguen expandiendo en 2006. En el centro
de la conmoción se encontró de repente un joven y desconocido
escritor italiano, Alessandro Piperno, que vio cómo su primera novela,
Con
las peores intenciones, se convertía en pocas semanas en el
objeto de una religiosa adoración al tiempo que de atrabiliarios
denuestos.
Un crítico muy influyente, cuyo juicio en uno de los más
prestigiosos periódicos italianos determina a menudo la suerte que
pueda correr un libro, caracterizó de inmediato a Piperno como "el
nuevo Proust". Otros, más moderados, dijeron que había nacido
"el Philip Roth italiano", y no faltó quien erigió a Tolstoi,
nada menos, como término de comparación.
Frente a esa orgía de elogios se alzó una ola de críticas
no menos flamígeras, que coincidieron en despreciar la novela y
en describir su repentina nombradía como una astuta operación
de mercadotecnia. Sólo unos pocos críticos lograron sustraerse
a tantas radicalidades, y no dudaron en considerar a Piperno como un firme
valor de la nueva literatura italiana.
Lo cierto es que al calor de ese escándalo Con las peores intenciones,
que narra el fulgor y caída de una familia hebrea romana perteneciente
a la mediana burguesía, no nació con vocación de best
seller, empezó a disputarle a El código Da Vinci y
a los otros productos de Dan Brown los primeros lugares en las listas de
ventas –hoy lleva vendidos en Italia centenares de miles de ejemplares–,
mientras su autor era entrevistado por los principales periódicos,
emisoras de radio y televisión, revistas, y su nombre se multiplicaba
en los debates de incontables blogs de internet.
Suele decirse que la primera víctima de la guerra es la verdad.
En esta guerra mediática también lo fue el escritor, quien
pese al sorpresivo éxito de su novela se vio inmerso en un torbellino
de opiniones extralimitadas y privado de evaluaciones serenas de la misma.
Alessandro Piperno, nacido en Roma en 1972, de padre judío y madre
católica, es profesor de literatura francesa en la universidad romana
de Tor Vergata. En el año 2000 publicó un ensayo, Proust
antihebreo, que también generó una cierta tormenta –alguien
lo calificó como "un panfleto innoble"–, pero reducida entonces
a un acotado ámbito intelectual. Con las peores intenciones
ha sido publicada recientemente en España por Mondadori, el mismo
sello editorial que la lanzó en Italia
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Pregunta.- La recepción
de su novela Con las peores intenciones entre los críticos
italianos casi no conoció el término medio: osciló
entre el elogio devoto de los que vieron en este libro la aparición
de un nuevo Proust y los vituperios de quienes la invalidaron enfáticamente
y la consideraron un gigantesco bluff, producto de una operación
de marketing. ¿Por qué cree que desencadenó de tal
manera los extremismos?
–En primer lugar, lo refiero al hecho de que Italia es un país extremista,
en el sentido de que todas las opiniones tienden a ser radicalizadas. La
última campaña electoral, por ejemplo, fue una de las más
extremistas de nuestra historia, parangonable a las de los años
cincuenta, en la postguerra. Una parte deslegitimaba moralmente a la otra,
en un juego de absoluta incomunicabilidad. Lo llamativo es que las contraposiciones
ideológicas no están justificadas por la realidad; sin embargo,
dominan las visiones en blanco y negro, sin matices. Entonces, mi libro,
por diversos motivos, fue objeto de ese juego.
Uno de esos motivos fue que no recorrió un camino natural hacia
la crítica, hacia los medios de comunicación, etcétera,
sino que fue inmediatamente amado por un formador de opinión de
enorme influencia y cuyos juicios pueden ser decisivos para el lanzamiento
de un best seller. Hablo de Antonio D’Orrico, del Corriere della Sera,
que me dedicó nada menos que el reportaje de portada de la revista
semanal de ese periódico. Algo insólito, claro; imagínese
que la semana anterior esa portada había estado dedicada a Putin,
y la posterior al papa Wojtyla. Y en el medio, yo, con un titular que decía:
"El nuevo Proust". Era algo absolutamente loco, que no podía menos
que desencadenar profundos enfrentamientos de parte de los escritores italianos,
que veían a un "Míster Nadie" como yo lanzado de un modo
tan extraordinario. Y luego estaban los amantes de Proust, que se sentían
insultados. Claro, todo eso tuvo el efecto de una provocación, loca,
inútil. Y, por supuesto, también estaban quienes no soportan
el éxito ajeno. Lo cierto es que con la misma desmesura con que
Antonio D’Orrico me había equiparado con Proust, muchos otros dijeron
que todo era un bluff. En la primera entrevista que me hicieron, que fue
precisamente en el Corriere della Sera, afirmé que estaba seguro
de no ser Proust tanto como estaba seguro de no ser un novelista desprevenido,
improvisado.
P.–Igualmente llama la
atención el inmediato éxito popular que consiguió
el libro. Según he leído en la prensa italiana, en los primeros
quince días se vendieron 80 mil ejemplares.
–Bueno, no sé si fue en tan poco tiempo, pero de todos modos fue
una venta insólita, espectacular, aunque ligada al hecho mediático,
en el sentido de que tuvo un lanzamiento de best seller. No es raro en
estos casos que la venta se propague rápidamente, pero al comenzar
a leer cualquiera se da cuenta de que no es un libro de Dan Brown, y, si
buscaba eso, lo abandona.
P.–Algunos críticos
han visto en su libro una saludable resurrección de la novela burguesa
de sagas familiares, de ascenso y decadencia de grandes familias, a la
manera de Los Buddenbrooks, de Thomas Mann. Sin embargo, hay en
su novela elementos distanciadores, como un humor a veces abiertamente
hilarante, que deforman ese modelo literario y lo alejan de una cierta
solemnidad propia de su índole. ¿Qué piensa al respecto?
–Estoy
totalmente de acuerdo con su observación. Hay algo de postmoderno
en mi novela. La primera parte puede considerarse como una parodia de la
novela-saga, así como la segunda lo es de la novela de formación.
Así, podemos decir que la primera parte parodia a Los Buddenbrooks
o El Gatopardo, y la segunda a La educación sentimental
o Lucien Leuwen. Creo que los principales elementos de ruptura
de mi libro con respecto a la tradición son dos: uno, el que usted
señaló, un cierto sentido del humor; el otro es que, mientras
el tratamiento de sagas como Los Buddenbrooks
está hecho
en clave profundamente realista, la saga de mi novela tiene una elaboración
mítica y también un poco chapucera. El narrador, último
descendiente de la familia, no ha conocido los hechos que narra y los cuenta
de manera un tanto improbable, como si en realidad, más que la historia
de su familia, que él no ha vivido, estuviera contando esa supuesta
historia a través del universo cinematográfico de Fellini,
de infinitos libros que ha leído, de Scott Fitzgerald. Es decir,
hay un artificio literario que en la novela de Thomas Mann no existe. Mi
narrador es inexacto, crea confusión; también en este sentido
es un texto postmoderno.
P.–Y por otra parte, Daniel
Sonnino, el narrador-protagonista de su novela, habla de su abuelo Bepy
como si hubiera pertenecido a la alta burguesía, y en realidad nunca
pasó de ser un comerciante, miembro de una burguesía media
más o menos acomodada.
–En efecto, ése es el punto. Los Sonnino no son los Agnelli, claro,
y Daniel construye con ellos un mito literario. En cambio, los Buddenbrooks
son una familia de parvenus, de comerciantes enriquecidos, sí, pero
forman parte de una cierta aristocracia. Para no hablar de otras sagas,
que se ocupan de familias aristócratas por nacimiento. Por eso le
he dado a la familia de Con las peores intenciones el nombre de
Sonnino, que es un apellido judío que pertenece al pueblo llano,
o un poco más, y no he utilizado apellidos hebreos aristocráticos,
como pueden ser Modigliani o Cohen. Quise darle a esta tragicomedia un
sentido paródico. Dani Sonnino es un personaje un poco quijotesco
en la visión de su familia.
P. –No obstante, queda
claro que usted apuesta por una concepción de la novela abarcadora,
ambiciosa, que apunte a una vasta suma de experiencias humanas y no al
minimalismo tan frecuente en la producción literaria europea contemporánea.
¿Cree que no ha muerto, como se sostiene a menudo, la novela-fresco
de una época y de una sociedad?
–Inicialmente, mi libro tuvo una recepción intensa por parte de
un sector de la crítica porque, entre otras razones, tiene una intención
maximalista, universalista, en contra de una cierta moda de novela minimalista
que se da en Italia. Mis ambiciones son de carácter balzaquiano,
en el sentido de querer crear grandes personajes que viven en la historia,
que están condicionados por ella. Me interesa mucho el personaje
en su contexto. Y los personajes mayores de esta novela pueden retornar
en las próximas que escriba en un plano secundario, de modo que
se irán entrelazando en una especie de saga, como en Balzac.
P. –He leído en
un artículo que se empeñaba en demostrar que la Iglesia católica
protegió a los judíos durante la segunda guerra mundial,
que en el seminario mayor de Roma estuvieron refugiados centenares de judíos
romanos, y nombraba entre ellos a las familias Sonnino y Piperno. ¿Eran
sus parientes directos? ¿El abuelo Bepy Sonnino de su novela habrá
estado entre ellos?
–No creo que mis parientes más próximos hayan sido salvados
de la persecución nazi por la Iglesia... Aunque... ¡no, me
equivoco! En realidad mi abuela, que se llamaba Funaro pero estaba casada
con un Piperno, fue acogida por las monjas de un convento. En fin, no era
ese seminario pero era una dependencia eclesiástica. En cuanto a
otros Piperno, no me consta que hayan sido eventualmente protegidos por
esos medios. Y Bepy, mi personaje literario, no existía en aquellos
tiempos.
P.–¿Se siente inserto
en la corriente de grandes escritores italianos de ascendencia judía,
como Alberto Moravia, Natalia Ginzburg, Carlo Levi o Primo Levi?
–O Elsa Morante, Italo Svevo, Umberto Saba... Sólo puedo decir,
modestamente, que me gustaría pertenecer a esa tradición,
porque está integrada por escritores de altísimo nivel. Por
otra parte, creo que contamos con una grandísima literatura hebraico-italiana
que ningún estudioso ha tenido el valor de sistematizar, caracterizar
con precisión, indagar sobre su esencia. Por ejemplo, no existe
ninguna cátedra en la universidad dedicada a su estudio, algo que
sería muy interesante. Ahora bien, si yo fuera un último
exponente de esa tradición, lo sería de una manera distinta,
en el sentido de que el abordaje literario que realizo de la condición
judía es muy diferente del que prevaleció entre esos autores.
Mi tratamiento es básicamente desmistificador, irónico, mientras
que muchos escritores hebreos mistifican esa condición, como hace
Natalia Ginzburg en Léxico familiar, o Giorgio Bassani en sus novelas
de Ferrara, o Primo Levi, naturalmente.
P.–¿Ha sufrido,
como el protagonista de su novela, Daniel Sonnino, la desdicha de sentirse
judío entre los gentiles y gentil entre los judíos?
–Sí. Pero para ser preciso desde un
punto de vista psicológico, debo decir que he sufrido y he gozado
de esa condición. He sufrido a causa del sentimiento de profunda
inadecuación con un ambiente en el cual no se es reconocido totalmente.
Y he gozado en el sentido de que la diferencia también implica una
especie de aristocracia interior.
P.–¿Por qué
Proust antihebreo?
–El título que puse a ese libro tiene una fuerte voluntad provocadora.
Y probablemente se trata de un título muy impreciso, pues no quiere
decir que Marcel Proust fuese antijudío. Lo que me interesaba estudiar
es la ambigüedad que demostraron no sólo el autor de En
busca del tiempo perdido, sino muchísimos intelectuales judíos
europeos de finales del siglo xix y principios del xx, fervientes partidarios
de la asimilación, que mantuvieron una relación muy contradictoria
con sus propios orígenes.
En el caso de Proust, resulta interesante destacar que todos los personajes
judíos fundamentales de En búsqueda..., que son tres,
hacia el final de la obra cambian de nombre y adoptan nombres católicos.
Es como si el escritor proyectara y favoreciera así sus ansias de
asimilación. Porque Proust experimentaba una cierta vergüenza
de ser judío en medio del ambiente aristocrático en que se
movía, que era espantosamente antisemita, y se sentía representado
por la ultraderechista Action Française. He estudiado también
la relación no menos ambigua y contradictoria que tuvo Proust con
respecto a su propia militancia frente al asunto Dreyfuss. Inicialmente
mantuvo una postura decidida en favor del militar francés de origen
hebreo, pero al final de su vida, cuando escribe En búsqueda...,
mira con enorme distancia esa experiencia, como si estuviese arrepentido,
no tanto por haber defendido a Dreyfuss sino por haber tomado partido político,
él, que se sentía un novelista apolítico.
P.–De todos modos, el
título de su ensayo genera cierta confusión.
–Sin
duda, pero es una confusión querida por mí. Creo en el uso
de la paradoja, no tanto del modo estetizante con que la practicaba un
Oscar Wilde, sino como una herramienta del pensamiento para iluminar las
zonas más veladas de los problemas que se busca desentrañar.
P.–Su alter ego Daniel
Sonnino reflexiona acerca de un ensayo que escribió, Todos los
judíos antisemitas. De Otto Weininger a Philip Roth (y aquí
puedo permutar este título por el de Proust antihebreo), y concluye
que los que gustaron de ese libro habían confundido la astucia con
la buena fe y olvidado de que los judíos llevan siglos o milenios
"hablando mal de los judíos con el único fin de hablar bien
de ellos, y los chiusi [no judíos] hablando bien de los judíos
con el único fin de hablar mal de ellos". ¿Toda formulación
crítica queda entonces encerrada en las redes de esta trampa?
–Naturalmente, no. He tratado de explicar
muchas veces que no es preciso tomar al pie de la letra lo que dice Daniel
Sonnino, porque es un hombre lleno de resentimiento, un paranoico; por
lo tanto, también su resentimiento y sus formulaciones un poco exageradas
son invenciones novelescas. Yo jamás he expresado una formulación
de ese tipo en un ensayo, es decir, como un pensamiento mío. Lo
que dice Sonnino participa de esa forma paradojal de la que he hablado
antes, pero de alguna manera refleja el estilo afectado de autoflagelación
que practican algunos judíos inteligentes con el objeto de provocar
el efecto contrario. Es como si uno, al dialogar con otra persona, dijera
"soy feo, soy horrible, soy un monstruo", buscando el rápido desmentido
de su interlocutor, que dirá –se espera– "no, por favor, pero si
eres hermosísimo". Y de manera complementaria, están los
hipócritas que dedican a los judíos en general elogios desmesurados
para ocultar en realidad su desprecio.
P.–El retrato que traza
Daniel de su abuelo Bepy es de una acentuada crueldad. ¿No cree
haber caído en un cierto juvenilismo, en el recurso fácil
de la culpabilización del padre?
–No
sé, naturalmente, cuál es la recepción de mi novela
por parte del lector, lo que pueda sentir e interpretar, pero mi intención
al escribir era muy distante de todo juvenilismo. Por el contrario, quise
hacer de Bepy una figura simpática, emblemática, y, desde
luego, me gusta mucho más que la de Dani. Así que temí
haber caído más bien en lo contrario, en la gerontofilia...
P.–¿Cuáles
son los escritores italianos que más le importan?
–¿De hoy o de cualquier época?
¿Prosistas, poetas?
P.–De cualquier época.
Novelistas.
–Porque si admitiera a poetas, no me caben
dudas: Dante, y no entre los italianos, sino entre los universales. Entre
los novelistas, seguramente es Carlo Emilio Gadda, y entre sus libros,
una obra maestra, La cognizione del dolore [publicado en español
con el título El aprendizaje del dolor]. Después,
admiro a Italo Svevo. A Elsa Morante. Y a un novelista que fue muy famoso
en la década de 1960 y que ahora está siendo recuperado en
mi país, Goffredo Parise.
P. –Leyendo su libro,
no puedo evitar la idea de que en su altar personal está entronizado
Philip Roth. ¿Me equivoco?
–Philip Roth, por supuesto, es uno de mis
escritores favoritos. Pero en realidad, mi escritor preferido, por lo menos
entre los norteamericanos, es Saul Bellow. Tengo la sensación de
que Roth, que es un grandísimo autor, sin duda, y ha escrito obras
geniales como Pastoral americana, Operación Shylock o El
teatro de Sabbath, ha ido perdiendo el sentido del humor libro a libro,
justamente él, que mostró en sus primeras obras tanta ironía,
tanto enfado, tanta acidez. En verdad, y lo digo con dolor, su último
libro, La conjura contra América, me pareció horrendo.
En cambio, Saul Bellow, que fue su maestro, ha mantenido hasta el final
esa mordacidad implacable, esa ironía que yo reivindico.
P. –Casi ninguno de los
personajes de su novela está cómodo en su propia piel. ¿La
inadaptación con el papel que representan socialmente es el vínculo
entre ellos?
–La inadecuación que Dani ve en los otros personajes es el espejo
de la suya. Él tiene una sensibilidad especial para reconocerla
en los demás. Todos los personajes de la novela, convencionalmente
hablando, deberían ser felices, porque desde un punto de vista económico
tienen la vida resuelta. Pero todos padecen la incapacidad de sentirse
bien en su propia piel y el deseo de ser otros. Éste es el punto
nodal del libro.
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