Roberto Ampuero es uno de los autores chilenos
que más pasiones y polémicas
arranca hoy en su país natal, no sólo por sus libros, sino
también por sus opiniones políticas. Después de haber
militado en la izquierda chilena durante su más temprana juventud,
viajó a Cuba tras el golpe de estado de Augusto Pinochet. Su estancia
en la isla lo convenció de que el modelo socialista no le conduciría
al paraíso que había soñado para su patria. Desencantado,
se fue a Alemania, donde vivió varios años. Su periplo le
ha llevado a viajar y vivir en varios países, pero el eje de ese
recorrido siempre termina por llevarlo a Chile.
Autor de numerosos thrillers cada vez más exitosos, acaba
de publicar el último de ellos, Los amantes de Estocolmo, sobre
un escritor que descubre un día, en la cartera de su mujer, lencería
erótica que él jamás había visto. A partir
de ese instante, comienza a espiarla por las calles de Estocolmo con el
anhelo de comprobar lo que se teme.
Con numerosas ediciones en varios países y miles de ejemplares vendidos
de su serie de novelas sobre el detective Cayetano Brulé, Ampuero
ha hecho un alto en su agitado calendario para conversar con RED
LITERARIA
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Háblanos un poco del proceso
de investigación o preparación que realizas antes de escribir.
Siempre investigo antes
de escribir. Por ejemplo, en mi novela actual, Los amantes de Estocolmo,
donde abordo el tema de la infidelidad y los celos en la pareja, conversé
mucho con gente que había engañado a su partner o
había sido engañada. Quería conocer cómo opera
la persona a partir del momento en que es infiel, y cómo el infiel
va ocultando huellas o dejando pistas falsas para desorientar al engañado,
y me interesaba conocer en detalle cómo descubrieron la infidelidad
los afectados. Eso era algo que yo en la novela sólo podía
abordar si conocía de primera mano esas experiencias en el amor,
las mías no me bastaban. Diferente fue en la novela Cita en el
azul profundo, en que actúa el detective privado Cayetano Brulé.
Allí tuve que investigar el mundo de las corporaciones y las influencias
económicas internacionales, el del espionaje económico, el
mundo del comercio con el arte.
Para escribir mis novelas siempre recurro
a fuentes o experiencias personales que me dan cierto conocimiento acabado
de lo que pretendo abordar. También investigo los ambientes que
describo, aunque siempre utilizo ciudades en que he vivido. Por ello en
mis novelas aparecen La Habana, Estocolmo, Berlín, Bonn, San Petersburgo,
Roma, Nairobi, Valparaíso, Túnez, Playa del Carmen, Chicago...
En fin, son ambientes que conozco y sobre los cuales actualizo mis informaciones
al escribir. Tengo que moverme en esapcios que conozco bien o, de lo contrario,
el lector descubre que uno no conoce los escenarios que describe. El lector
es mucho más inteligente de lo que imaginamos los escritores. A
mí me fascina mezclar en mis novelas espacios reales con personajes
de ficción.
Algunos escritores tienen “manías”
o “rituales” a la hora de escribir, ¿cuáles son los tuyos?
Son manías muy simples: contar
con un cuarto que tenga una ventana amplia con buena vista y esté
por lo menos a un piso sobre el nivel de la tierra, tener una pantalla
grande, un buen equipo de música con mis CDs predilectos y una lamparita
de escritorio. Y lo más importante, sólo puedo escribir tempranísimo
en la mañana. De las 5:30 de la mañana hasta las 8:30 puedo
escribir mis mejores líneas. Comienzo a escribir con el alba, lo
que es maravilloso cuando es verano y terrible cuando es invierno, por
cuanto en Iowa --al igual que en Estocolmo-- sale el sol muy tarde en invierno.
¿Has tenido que cambiar el
proceso de escribir por causas ajenas a la literatura?
Bueno, cuando escribí Nuestros
años verde olivo, novela autobiográfica que elaboré
inicialmente para contarle a mi familia mi experiencia en Cuba en los setenta,
aparecían allí los nombres reales de algunas personas. Pero
cuando decidí que ese libro también debían conocerlo
los lectores, porque habla de una etapa desconocida de la historia latinoamericana,
decidí cambiar nombres y hacer difusa la identidad de protagonistas
no públicos. En todo caso, Nuestros años verde olivo,
que circula mucho en forma clandestina en Cuba, me significó que
el régimen me prohibiera la entrada a la isla, algo difícil
de soportar porque tengo allá buenos amigos, parte de mi identidad
latinoamericana y de mi juventud. Pero ya cambiarán las cosas y,
como decía alguien en la Feria del Libro de Miami, pronto podremos
presentar esa novela en una plaza liberada de La Habana.
Algunos autores trabajan muy apegados
anímica o emocionalmente a su país. ¿Te hace falta
Chile a la hora de escribir?
Tengo una relación doble
con mi país: necesito vivir en él para llenarme de sus paisajes,
ambientes y personas, que inundan después mis novelas, pero necesito
estar lejos de él a la hora de escribir cada novela. Vivir en Chile
me permite escribir con cierto condimento verosímil. Vivir lejos
de Chile me permite verlo mejor y relatarlo mejor. Vivir en el país
me ayuda a reactivar mi memoria, mi lengua y admirar la creatividad de
ese país. Vivir lejos de él me permite ser independiente
de los críticos, los grupos, las mafias o las becas que existen
en el mundo literario. Mi situación ideal: vivir en Chile parte
del año, la otra, fuera de Chile.
¿Consideras que la literatura
chilena es diferente al resto de la literatura latinoamericana? ¿Por
qué?
En general, creo que en
el siglo diecinueve comienza a perfilarse una identidad nacional en la
literatura por cuanto es el momento en que se forman las naciones. Y la
literatura, en especial la novela, fue llamada a crear esa “comunidad imaginada”.
Hay, por lo tanto, desde un comienzo, una búsqueda de lo local o
nacional, pero también influencias diferentes en cada región.
Por ejemplo, la literatura argentina no podría entenderse sin el
aporte de los inmigrantes europeos que llegaron en masa a ese país
a partir de fines del siglo antepasado. La literatura peruana tampoco podría
entenderse sin el aporte de la tradición indígena, sin el
Inca Garcilaso o Mariátegui o Matto de Turner. Y qué decir
de Cuba y su vínculo con España y Africa.O del Brasil. En
fin.... En ese contexto, la literatura chilena se crea en el diecinueve
con acentos e influencias diferentes, pues es un país muy aislado
y con una elite que mira a Francia. Pero a lo largo de la historia también
vemos tendencias que llevan en uno u otro sentido a las literaturas nacionales.
Por ejemplo, el criollismo chileno mira hacia el campo, hacia la vida rural,
buscando la expresión más íntima y localista, pero
la literatura de vanguardia de comienzos del XX había buscado una
literatura cosmopolita, que se alimentaba de los vanguardismos europeos,
o más tarde, si llegamos a los años setenta, vemos que la
experiencia del exilio terminó por “cosmopolitizar” a los escritores
chilenos. Mi literatura no hablaría hoy de Alemania, Estados Unidos,
Cuba o Suecia si yo no hubiese vivido en esos países, si yo no los
hubiese digerido orgánicamente dentro de mi cultura. Hay, por lo
tanto, una literatura nacional que está marcada por la historia
innegable de un país-último-rincón-del-mundo, aislado,
a trasmano, pero al mismo tiempo esa influencia es mutable porque el desplazamiento
de los intelectuales, las lecturas y ahora, la Internet y la globalización,
tienden a derrumbar las fronteras.
¿Cómo eliges y moldeas
a tus personajes? ¿Con cuál de ellos te identificas más?
Tomemos, por ejemplo, el caso
de Cayetano Brulé, mi detective de varias novelas. Cayetano, un
cubano que vive en el puerto de Valparaíso, de donde sale a investigar
por el mundo, surge de una realidad sorprendente que descubrí hace
mucho, cuando comencé a vivir en Cuba: que Chile y Cuba expresan
dos polos diferentes del alma latinoamericana. Son dos formas diferentes,
a ratos opuestas, de vivir la vida y de disfrutarla, marcadas por causas
históricas, raciales y culturales distintas. Pero pese a que constituyen
dos extremos opuestos, forman parte del alma única de Latinoamérica.
Me interesaba, por lo tanto, la mirada de un latinoamericano que fuese
capaz de entender tanto las claves del Cono Sur como del Caribe, de un
ser que pudiese moverse tanto en el húmedo calor del Caribe como
en los fríos inviernos de la Patagonia, de un ser que pudiese entender
el mundo influido por Africa y el mundo influido por las culturas indígenas
del continente. El Caribe y el Cono Sur son opuestos, pero son complementarios
en tanto sensibilidad latinoamericana. Y no olvidemos que Cayetano Brulé
es la mirada del continente sobre los mundos del Norte industrial. Sentí
que Cayetano Brulé tenía que ser universal dentro de nuestra
América. Es indudable que me identifico mucho con Cayetano Brulé,
aunque también quiero llamar la atención sobre Oliverio Duncan,
el detective chileno que vive en Suecia, y que aparece por primera vez
en mi novela más reciente: Los amantes de Estocolmo. Si Cayetano
es un cubano que se “chileniza” gradualmente, Duncan es un chileno que
comienza a convertirse en sueco durante los inviernos escandinavos.
¿Consideras que tienes un tema
o temas que repites en tus novelas, porque son ideas que de algún
modo te obsesionan? ¿Cuáles son?
Yo escribo a partir de obsesiones
y son numerosas las ideas que me obsesionan. No me repito en término
de temas. En Los amantes de Estocolmo me obsesionaban temas como
los celos y la infidelidad, la relación entre el novelista y su
proceso de creación, la relación entre ficción y realidad,
pero en Cita en el azul profundo me obsesionaba el peligro que afrontan
países como Chile que, al comenzar a conquistar mercados hasta hace
poco monopolizados por las potencias, enfrentan tal vez conspiraciones
que consideramos sólo especulaciones afiebradas, pero que en la
novela adquieren una dimensión que termina por inquietar y sembrar
la duda entre los lectores. Y en Nuestros años verde olivo
me obsesionaba contar la historia de mi experiencia en la Cuba de Fidel
Castro, que es en gran parte la historia del exilio chileno durante Pinochet
en Cuba, una historia sobre la cual nadie había escrito una palabra
y que se mantenía en un extraño e inexplicable silencio.
Como ves, hay ideas diversas que me obsesionan y que simplemente las llevo
al papel, sin hacer cálculos de ningún tipo.
¿Qué necesitas para
escribir?
Para escribir necesito muy pocas
cosas: tiempo, tranquilidad, un espacio protegido y un ordenador con caracteres
en español, necesito también sentirme bien y saber que mi
familia está bien. Nunca he tenido el problema de la página
en blanco y en verdad soy capaz de comenzar una historia a partir de una
sola palabra. Cuando escribo me gusta hacerlo intercalando el tiempo de
la escritura con momentos de escuchar música (jazz o clásica),
lectura de libros y diarios o revistas, de conversación con mi mujer,
que me ayuda mucho a ver ciertas cosas con mayor claridad. En realidad,
siempre he escrito y las veces en mi vida en que quise no escribir, siempre
terminé escribiendo. Muchos de los cuentos que se publicaron en
el libro El hombre golondrina los comencé a escribir en reuniones
del exilio chileno en La Habana, Moscú o Berlín Este. En
lugar de concentrarme en lo que se debatía, escribía mis
cuentos. Creo que fue mejor y más productivo...
¿Qué te gusta o qué
te disgusta de la literatura que escriben actualmente los escritores chilenos,
vivan dentro o fuera de tu país?
Veo la literatura como un acto
de creación individual en donde reina la más plena libertad,
así que no me pronuncio sobre lo que hagan o no hagan mis colegas,
porque toda creación es legítima. Me parece valiosa toda
búsqueda: desde aquellas que van de una literatura con acento juvenil
a la que se ocupa de géneros sexuales, desde esa que busca la evasión
hasta aquella que es esencialmente política, desde la que narra
el hoy hasta aquella que se sumerge en la historia, desde la que indaga
la vida de clases acomodadas hasta aquella que explora la vida de los sectores
populares. Escribir es un acto que encierra innumerables posibilidades
individuales, y por ello no analizo lo que hacen mis colegas en términos
de gustarme o disgustarme, sino en el sentido de que celebro la diversidad,
también la que reina hoy en el cine chileno, es eso lo que me gusta.
Debo ser uno de los escritores chilenos más independientes que hay,
no el único, por cierto, y soy atípico: no me formé
en talleres literarios ni tampoco en Chile, sino en Cuba y Alemania; no
pertenezco a ningún grupo o asociación de escritores; nunca
he representado a Chile en ninguna delegación oficial de la cultura
de mi país; nunca he recibido una beca estatal para escribir una
novela, ni un premio estatal por obra alguna. Mantengo una línea
de independencia rigurosa, soy un escritor que no ha sido co-optado ni
por el estado ni algún grupo. Sólo mantengo una relación
maravillosa con los lectores, que en Chile son cientos de miles, y creo
que eso me lleva a respetar el derecho de cada colega a escribir lo que
le salga del alma. Creo en la libertad económica, pero también
en la libertad de las personas.
¿Te consideras un escritor
exitoso? ¿Por qué?
Más que un escritor exitoso,
me considero un escritor afortunado: escribo novelas porque me gusta hacerlo.
Todos mis libros han alcanzado extraordinario respaldo de público.
Los
amantes de Estocolmo, por ejemplo, es el libro más vendido en
Chile desde que apareció hace más de un mes, y en una semana
agotó su primera edición de 5 mil ejemplares. Las novelas
de Cayetano Brulé se están moviendo con éxito en Francia
e Italia y están por aparecer en otros países europeos. Hay
editoriales prestigiosas que me transmiten en forma constante su interés
por publicar mi próximo libro... En fin, no puedo quejarme. Para
mí escribir una novela es un intento para comunicarse con el mundo,
y por eso me satisface cuando mis novelas pasan sin cesar de una edición
a otra. Son los lectores los que hacen existir las novelas. La novela que
no se vende no existe. Yo me siento afortunado de haber sintonizado con
un público muy amplio y numeroso que es exigente, cariñoso,
sofisticado y fiel a mis libros, que los espera con ansias y que los solicita
en cuanto aparecen. No hay muchos autores latinoamericanos que en los últimos
años hayan vendido en su país más de 140 mil ejemplares
de sus libros. Pero yo mantengo los pies sobre la tierra, trabajo duro
cada día en mi próxima novela, leo y vivo intensamente, estudio
y realizo una actividad académica en Estados Unidos, expreso mis
opiniones a través de una columna dominical muy popular, disfruto
la vida con mi familia... En fin, siento que la fortuna me ha sonreído
porque la sintonía con los lectores es como el amor: se da o no
se da y punto. No hay fórmulas para lograrla, y yo, hasta ahora,
he tenido la suerte no sólo de que puedo escribir novelas, que es
lo que me fascina, sino de que al otro lado hay lectores fieles que esperan
mis novelas y las disfrutan. ¡Cómo no voy a sentirme un escritor
afortunado!
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