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RED LITERARIA

Rompiendo lanzas a favor de la 
buena literatura

 
 
Entrevista con Philip Roth 
por Xavi Ayen
     Año 1940. El aviador Charles A. Lindbergh, héroe nacional norteamericano, decide, en un golpe de efecto, presentarse como candidato a la presidencia de EE. UU. por el Partido Republicano. Su principal eslogan (Votad Lindbergh o votad guerra) pone el énfasis en la no intervención de EE. UU. en la Segunda Guerra Mundial, "un conflicto europeo". El antisemita Lindbergh llega, pues, a la Casa Blanca y firma un pacto de no agresión con Hitler. Y los judíos del país empiezan a vivir episodios de discriminación, que van incrementándose progresivamente. ¿Dónde estamos? En La conjura contra América, la última y apasionante novela del norteamericano Philip Roth (Newark, 1933), uno de los grandes autores de nuestros tiempos -- eterno candidato al Nobel--, que acaba de publicar Mondadori (castellano) y La Magrana (catalán). Con 26 libros a sus espaldas, se acaba de convertir en el tercer escritor norteamericano vivo cuya obra completa empieza a publicar la Library of America. Este diario [La Vanguardia] se puso en contacto telefónico, el pasado martes, con el autor, quien, desde Nueva York, rompió su habitual hermetismo informativo y contestó algunas preguntas sobre su obra. 

     --¿Cuál es ese infierno?
     --El de la culpa. Mis personajes cometieron un error que hizo mucho daño a otras personas y tratan de sepultarlo y encerrarlo en un desván para que no influya sobre sus vidas. Pero sienten una especie de fuerza religiosa que les obliga a reparar el daño. Y eso les lleva a la destrucción, a la ruptura con sus hábitos, con su vida plácida y burguesa, con su tranquilidad. «La vida invisible» es introspectiva y explora los mecanismos torturados del remordimiento, el dolor y la contrición.

    --¿Se consideró realmente la candidatura de Lindbergh para la presidencia de EE. UU.? 
    --Fueron unos pocos republicanos, y no llegaron a comunicar su propuesta a la convención del partido, por lo que la cosa se quedó en una idea no materializada. En 1927, había pilotado el primer vuelo transatlántico sin escalas, entre Nueva York y París. Dinámico y apuesto, era un auténtico héroe. 

    --En Europa, no tenemos la imagen del aviador Lindbergh como un nazi. ¿En América sí? 
    --Yo no digo que lo sea. Los hechos son que en 1938 recibió la Cruz de Servicio del Águila de manos nada menos que de Goering, por los servicios prestados. Realizó significativos viajes a Alemania en los años treinta, entrevistándose con altos cargos, aunque sus defensores arguyen que era en funciones de espía. Escribió que Hitler "indudablemente es un gran hombre, y creo que ha hecho mucho por el pueblo alemán". Criticaba la "propaganda judía", y se movió en los círculos proalemanes de nuestro país. A pesar de todo ello, para nosotros también es un héroe nacional, solamente los judíos dieron importancia a sus declaraciones antisemitas. Pero no era el único con semejantes ideas, incluso gente del Partido Demócrata estaba en posiciones similares. 

    --¿Por qué escogió que la familia protagonista del libro fuera la suya, los Roth? ¿No le habría resultado más fácil con otra gente? 
    --No creo, he hecho exactamente lo que quería hacer. La primera idea era que Lindbergh llegara a presidente, explicado de forma tan verosímil que se impusiera como una realidad. Mi segundo objetivo: realizar un experimento de laboratorio, es decir, situar a mi familia real en ese escenario, e imaginar cómo hubieran sido sus comportamientos. 

    --¿Cuál ha sido su método de escritura? 
    --Aunque toda ficción lo es, memoria falsa me parece una buena expresión. Por primera vez he realizado política-ficción: qué hubiera pasado si... El sistema era intentar recordar hechos falsos, me preguntaba: ¿qué estabas haciendo tú el día en que ganó Lindbergh? 

     --Su padre en la novela se pregunta: "¿Qué historia? Historia es cualquier cosa que sucede en cualquier parte, incluso aquí en Newark". ¿Es ese su credo? 
     --Sí, absolutamente, la historia está en todos lados. Todo es historia. Para mí, es la crónica de todos los días. Lo que conocemos como grandes hechos históricos entran en nuestras casas como un caballo desbocado. Las grandes fuerzas que mueven el mundo aparecen en nuestra sala de estar, y eso es lo que me gusta describir. La conjura contra América es un drama político que vemos desarrollarse en un drama familiar. Un drama político que se aplica y resuelve en un hogar. 

     --Usted ya escribió sobre su padre en la magistral Patrimonio. ¿Qué habría pensado él de esta última novela suya? 
    --Vaya, eso todavía no me lo habían preguntado. No sé, mi padre tendía a estar muy orgulloso de mí... He reflejado con gran fidelidad sus ideas políticas: la defensa firme de la democracia americana, de las libertades... Nunca había pensado en eso... pero sí, creo que sentiría una gran satisfacción por este libro. 

    --Al Philip Roth niño del libro se le desmorona la infancia al ver a su padre envuelto en lágrimas por vez primera. ¿Usted vio realmente llorar a su padre? 
    --Una sola vez, como consecuencia de la larga enfermedad que sufrió, y el consiguiente deambular por sucesivos hospitales. Bueno, también lloró en el funeral de mi madre. Pero no era el tipo de hombre que llorara. Era un hombre emocional, pero sus afectos se manifestaban de una forma más viril, a la manera de la época. 

    --Ya puestos, ¿por qué no ha plasmado un holocausto americano? ¿Por qué sólo esas manifestaciones concretas de racismo y antisemitismo, como la no admisión en un hotel, los despidos, las humillaciones en el bar o la calle…? 
    --¡Es América, no Europa! Lo hice así porque yo imagino que eso podía haber sucedido en mi país exactamente de ese modo, no hay un paralelo con la situación europea. Mi imaginación no puede funcionar en esa dirección, no quería inventarme campos de exterminio, quería que fuera creíble y que hubiera espacio para la sonrisa… Lindbergh no es un dictador, sino un gobernante democrático de derechas que hace un pacto con Hitler. Eso tampoco les debe resultar tan extraño a los españoles, pues Franco también fue amigo de Hitler. ¿No hizo él algo muy parecido a lo de Lindbergh en mi novela? En fin, los hechos son que Europa tuvo a Hitler y EE. UU., a Roosevelt. 

    --¡No es justo! 
    --Ja, ja. ¡Resulta usted sorprendentemente sincero! ¿De verdad cree que los americanos nos merecíamos tener un Hitler? EE. UU. fue muy afortunado de tener a Roosevelt entre 1933 y 1945. Fue un político democrático, que ejerció un buen gobierno y sacó al país de la depresión. Los republicanos de Hoover habrían aumentado la crisis económica, con su política, y todo hubiera empeorado hasta niveles parangonables con los europeos. Ahí sí que veo un paralelismo en negativo con la situación actual, con la actuación de Bush ante el huracán Katrina. Si el gobierno no es necesario tal vez no deba intervenir, pero, en cambio, cuando lo es, debe hacerlo fuertemente. Y este Gobierno destroza todo lo que se parezca al Estado de bienestar. Las soluciones a los grandes problemas son las intervenciones de los gobiernos, ya se trate de una catástrofe natural o económica. 

    --El lector asiste a la humillación cotidiana de las familias de judíos. ¿Vivió usted ese tipo de discriminación? 
    --No, formo parte de otra generación. El periodo de mayor antisemitismo en Occidente fueron los años treinta. Fueron malos años para los judíos en todo el mundo. En el caso de América, no hubo una violencia institucionalizada, no se dio una catástrofe total como en Europa, pero ciertamente se dieron casos de exclusión. Supe de ello cuando fui niño, pero no lo experimenté directamente, sino a través de historias de mi familia y del vecindario judío, siempre contadas por gente mayor. Crecí muy protegido en un barrio de trabajadores con buenas escuelas y vecinos amables; a pesar de la guerra, jamás tuvimos miedo. Pasó el tiempo, el mundo cambió, América también cambió y la discriminación sufrida por nuestros padres fue una de las cosas que desaparecieron con los nuevos tiempos. Muchos otros grupos sufrieron: sólo hay que pensar en los negros. Por supuesto que en 1940 todavía había antisemitas en América, pero la situación no tenía nada que ver con la europea. El antisemitismo fue no un movimiento, pero sí un sentimiento. Muchos hoteles, empresas, restaurantes… no los admitían. 

    --Es tal vez la primera vez que usted escribe sobre los judíos enfatizando su papel de víctimas de un modo tan claro. 
    --Eso es probablemente cierto. Nunca ha sido una obesión mía hablar del sufrimiento de los judíos. Mis temas son los momentos históricos de América: Vietnam, la II Guerra Mundial... Al ocuparme de los años 30 y 40, la cuestión judía era uno de los temas evidentes. 

    --Su novela ha sido leída como una crítica a George Bush. ¿No cree que eso es algo cogido demasiado por los pelos? Por ejemplo, también podría afirmarse que es un libro a favor del intervencionismo. 
    --Cualquiera de las dos afirmaciones me parece fuera de contexto. Bush ni siquiera había nacido cuando transcurren los hechos. Mis opiniones sobre Bush son muy claras y muy contrarias, pero cuando escribo hago otra cosa. La izquierda utiliza mi novela para cargar contra Bush, pero es un malentendido. Muchos críticos en mi país me han leído de manera incorrecta. De hecho, no sé si este libro está resultando exitoso, en términos de crítica y en el mercado, pero es diferente y eso me gusta. 

    --¿Qué significa ser judío para usted? 
    --Hay muchos modos de serlo: a los judíos norteamericanos no les preocupa en exceso el hecho de serlo. Por eso a tantos de Israel les cuesta entenderlos. 

    --Creo que usted ha dicho que su único papel es escribir tan bien como pueda. ¿No cree en el papel social de los escritores? 
    --Cada escritor sabe lo que tiene que hacer. No quiero tener la obligación de comportarme de un modo diferente. Mi compromiso es con el libro. 

    --¿Cómo afecta el paso del tiempo a su obra? Ahora publica una novedad cada dos años. ¿Corre para finalizar su obra? 
    --¿Se refiere usted a mi avanzadísima edad? Vaya, muchas gracias... No sé qué decirle... Aunque a veces me sienta cansado, mantengo una gran actividad. Me siento con energía y ambición. Por ahora sólo tengo dificultades para acordarme de algunos nombres. Trabajo mucho. Sin una novela en las manos, me siento vacío y no demasiado feliz. Así que escribo. ¿No es eso lo que se supone que debo hacer?

 

Tomado de La Vanguardia