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Sus libros
reflejan la angustia de una mujer que combatía el nazismo, pero
huía de la
realidad por medio de drogas y simulacros de amor. Biografías, novelas
y una película sobre
su vida trágica y su
obra han renovado el interés por la escritora suiza (1908-1942).
El redescubrimiento de la obra y de la existencia
trágica y fascinante de Annemarie Schwarzenbach (1908-1942), una
de las mejores escritoras de viajes del siglo XX, junto con Alexandra David-Neill
y Ella Maillart, permite hoy tener una visión más acabada
del impacto que tuvieron en las vidas privadas los cambios y las crisis
del período de entreguerras (1920 a 1939). Por otra parte, en los
últimos años, el interés por el Medio Oriente ha hecho
de Schwarzenbach una personalidad de culto entre los intelectuales europeos
y norteamericanos. Se han publicado siete volúmenes de sus Obras
escogidas, montado varias exposiciones de sus fotografías y
escrito dos biografías sobre ella. La última de éstas,
editada en Francia, es Annemarie Schwarzenbach ou le mal d´Europe,
de Dominique Laure Miermont, sobre la que se basa este artículo.
Además, aparecieron dos novelas biográficas y se estrenó
un film documental consagrados a la viajera.
Doctora en filosofía, arqueóloga,
periodista, fotógrafa y novelista, Annemarie registró en
sus crónicas y en sus obras de ficción las costumbres, la
historia y los paisajes de los países que recorrió (Persia,
Afganistán, el Congo Belga, Rusia, los Estados Unidos), así
como el espíritu de sus habitantes.
La princesa prisionera
La belleza andrógina del rostro de
Annemarie, su inteligencia, enriquecida por una vasta cultura, seducían
por igual a hombres y mujeres. El dinero de su poderosa familia le facilitó
el conocimiento de los territorios más remotos. En esas comarcas,
intentaba hallar el pasaje a "otro mundo", huía de la civilización
occidental, de lo que se dio en llamar "la enfermedad de Europa". Impulsada
por su sed de absoluto, Schwarzenbach convirtió su "huida" a otros
continentes en una experiencia casí mística, que terminó
por destruirla.
Alfred Schwarzenbach, el padre de Annemarie,
pertenecía a una familia patricia de Suiza que había forjado
una inmensa fortuna en la industria de la seda. Su esposa, Renée
Wille, era una aristócrata alemana emparentada con el canciller
Von Bismarck. El matrimonio tuvo tres varones y dos hijas. Annemarie fue
la tercera en nacer, el 23 de mayo de 1908. Para albergar a esa numerosa
familia, Alfred y Renée compraron una vasta propiedad, Bocken, cerca
de la aldea de Horgen. Renée tenía tres pasiones: los caballos,
la música y la mezzo soprano alemana Emma Krüger.
Renée le inculcó a Annemarie
su amor por la música y la hija se convirtió en una gran
pianista, pero su interés más profundo era la escritura.
La madre no veía con buenos ojos que la chica escribiera porque
sentía que así escapaba de su control. No es extraño
que el título de uno de los primeros relatos de Annemarie fuera
"Cuento de la princesa prisionera". Como su salud era frágil, cursó
la escuela primaria en su hogar y sólo ingresó en un instituto
de enseñanza pública en el secundario. Por fin, la muchacha
podía salir de su casa. Entonces aprovechó para hacerse escapadas
al teatro. Esas travesuras tuvieron un resultado imprevisto: se enamoró
de una actriz. Cuando Renée se enteró, la envió a
un pensionado en el que se educaban jóvenes de buena familia.
En 1923, Annemarie ingresó en la
Universidad. Los muchachos se sentían impresionados por esa joven
alta, aristocrática, inteligente y de rostro angelical. Ella miraba
con cierta condescendencia a sus compañeros porque sólo se
ocupaban de frivolidades. Annemarie, en cambio, aspiraba a ir al fondo
de las cosas y encontrarle un sentido a la existencia. Ese sentido sería
una señal de Dios, que le permitiría salvarse. Por supuesto,
seguía escribiendo. Hizo un viaje a París hacia fines de
1928 y frecuentó el ambiente de la bohemia, pero también
trabajó. Volvió de esa estadía con tres textos: Nouvelle
Parisiense I, II y París III.
Los hermanos Mann
En 1930 se produjo un encuentro decisivo
en la vida de la muchacha. Conoció a Erika y Klaus Mann, los hijos
de Thomas Mann, el autor de La montaña mágica. Los
hermanos eran los niños terribles del mundo intelectual alemán.
Tenían ideas revolucionarias y se burlaban de las convenciones.
Les interesaba el teatro y ponían en escena obras provocadoras.
Annemarie se enamoró de Erika, pero
ésta sólo sentía amistad por ella y siempre se comportó
respecto de la "princesa Miro" --así la habían apodado los
Mann-- como una hermana mayor. Por otra parte, Erika mantenía una
relación con la actriz Therese Giehse.
Después de que Annemarie terminó
su doctorado en historia, en 1931, se publicó su primera novela,
Los amigos de Bernhardt, donde retrata la atmósfera de desesperanza
y disipación en la que vivía su generación. Bernhardt,
el protagonista, es un joven de buena familia que quiere ser pianista y
entra en contacto con un ambiente alejado de los ideales burgueses. Entre
sus nuevos amigos, la angustia y la falta de valores se resuelve en una
ronda amorosa en la que todas las combinaciones son posibles por la indeterminación
sexual de quienes participan en ella. El carácter autobiográfico
del relato era evidente.
Thomas Mann, intrigado por la "princesa
Miro", de la que tanto hablaban sus hijos, la invitó a almorzar.
Cuando la vio, le dijo: "Si usted fuera un muchacho, por cierto se diría
que es de una belleza extraordinaria".
Para escapar de su familia, Annemarie logró
que el profesor Carl Burckhardt le propusiera ayudarlo a preparar un libro
biográfico, lo que la obligó a trasladarse a Berlín.
A comienzos de los años 30, la capital de Alemania tenía
la vida nocturna quizá más intensa de Europa. Ese ambiente
tuvo un efecto perturbador en la joven. Al principio frecuentó diariamente
los clubes y bares de lesbianas donde su belleza andrógina tuvo
un éxito imaginable. Por primera vez, sintió que había
perdido el control de su vida. Sin ninguna obligación, librada a
sí misma, se enajenaba bebiendo o haciendo el amor de un modo promiscuo.
Pasada la primera euforia, tuvo una "crisis de nervios" y estuvo a punto
de suicidarse.
Annemarie encontraba en la escritura la
única manera de combatir la angustia y la sensación de traicionar
a su familia que la acosaba cuando quería ejercer su libertad. Al
escribir, el dolor no cesaba, pero encontraba un cauce y le impedía
entregarse a actos de los cuales después se arrepentía. Ese
sería el molde de conducta de toda su vida. Tenía que poner
por escrito sus experiencias, porque era la única manera de escapar
del vacío, pero esa tarea en la que debía hurgar en sus sentimientos
más profundos para compartirlos con los otros la desgarraba y, al
cabo de un tiempo, aumentaba su angustia, lo que la llevaba, en un círculo
sin fin, a escribir incesantemente, como alucinada.
En Berlín, Annemarie terminó
Nouvelle lírica, donde cuenta el amor desdichado de un joven
con una cantante de cabaret. El libro apareció en abril de 1933,
en el momento en que el ascenso de Hitler al poder era inevitable. La obra
pasó casi inadvertida. Nadie estaba interesado en un tema tan alejado
de la realidad política. Con todo, Anne no se sintió desanimada.
Tenía el aprecio de intelectuales como Roger Martin du Gard, el
autor de la saga de los Thibault, que habría de ganar el Premio
Nobel. Este le escribió en la dedicatoria de un ejemplar de Confidencia
africana: "Para A. S., agradeciéndole que pasee por esta tierra
su hermoso rostro de ángel inconsolable".
La bella y los nazis
Después de un viaje a Escandinavia
para hacer reportajes destinados a la agencia Akademia, la joven suiza
conoció a Mopsa Sternheim, una mujer que conseguía drogas
como si se tratara de azúcar. En noviembre de 1932, Annemarie comenzó
a consumir morfina y pronto se convirtió en adicta. Buscaba en los
"paraísos artificiales" una manera de paliar la angustia que la
devoraba. Por supuesto, sólo lograba agravar el desamparo que la
torturaba.
En esos meses, Erika y Klaus, acérrimos
militantes antinazis, debieron huir de Alemania porque estaban a punto
de ser detenidos. Erika se refugió en Suiza y Klaus se fue a París.
El no volvería a pisar su patria sino doce años después.
Por entonces, Annemarie comenzó
su novela Huida hacia arriba. El protagonista Francis von Ruthern
se siente inepto para enfrentar el caos, las traiciones y las mezquindades
de la historia, por eso decide irse a vivir a las montañas, el mundo
que ama, donde piensa ser útil a los demás y satisfacer su
deseo de serenidad. Como una señal del destino, cuando regresa a
las cimas, salva a un niño de morir en la nieve.
Al igual que el protagonista de su novela,
Annemarie no se sentía con fuerzas para luchar contra el mundo "de
abajo", es decir contra el nazismo y, sin embargo, tampoco podía
desentenderse de lo que pasaba. Tironeada por esos dos sentimientos, le
propuso a Klaus que dirigiera una revista de oposición a Hitler.
Así nació Die Sammlung, que duraría dos años
y se editaría en Amsterdam. Annemarie fue quien proveyó secretamente
los fondos para esa empresa. Entre los colaboradores del mensuario estaban
André Gide, Aldous Huxley, Heinrich Mann, Bertolt Brecht, Joseph
Roth, Ernest Hemingway, Albert Einstein y Jean Cocteau.
A mediados de 1933, Annemarie empezó
a preparar un viaje a Persia que había postergado. El 12 de octubre
subió al Orient-Express. Regresaría siete meses más
tarde, después de haber cumplido un itinerario que la llevó
hasta Persia. La extrañeza de los paisajes, de las costumbres, la
sumieron en la melancolía y en una sensación de irrealidad.
Los desiertos a la luz de la luna se le antojaban imágenes de pesadilla.
Durante ese recorrido bebió, se drogó, se enfermó,
dudó de sus conocimientos de arqueología y extrañó
Europa. Para olvidarse de sí misma, por las noches se internaba
en los barrios más tenebrosos de las ciudades, frecuentaba prostitutas
y se despertaba atontada por el haschich. Como resultado de ese viaje,
escribió Invierno en Medio Oriente, su libro más objetivo,
donde evitó volcar su intimidad.
Cuando volvió a Europa, se enteró
de que el Tercer Reich le negaba la condición de residente. Convertida
en una abierta opositora a los nazis, Annemarie acompañó
a Klaus Mann al Primer Congreso de Escritores Soviéticos, en Moscú.
Al principio se entusiasmó con lo que vio, pero pronto le chocaron
la sumisión al Partido y el militarismo. Además, no estaba
de acuerdo con el realismo socialista que cercenaba el costado "metafísico"
de la literatura.
Pasiones persas
En septiembre de 1934, Annemarie volvió
a Persia. Fue a trabajar en una cantera arqueológica. Llevaba una
vida ordenada, que la alegraba, pero por la noche la soledad de su cuarto
y los ruidos desconocidos la aterrorizaban. Afortunadamente en la legación
francesa de Teherán conoció al diplomático Claude
Clarac, segundo secretario de la embajada. Se hicieron amigos inseparables.
Él, en realidad, se había enamorado de ella, a pesar de que
se sentía más bien atraído por los hombres. La relación
entre ambos progresó de tal modo que Clarac le propuso matrimonio
a Annemarie y ella aceptó antes de volver a Europa. Contraerían
matrimonio unos meses después.
El casamiento, pensaba la escritora, la
liberaría del control de los Schwarzenbach. Para tomar distancia
de ellos, alquiló la Jägerhaus, en Sils, donde comenzó
a preparar su regreso a Persia.
El 13 de abril de 1935, Annemarie llegó
a Beirut donde la esperaba Clarac. De allí partieron a Teherán
para casarse. Cuando llegó el verano, la pareja dejó la ciudad
para escapar del calor y se trasladó a las montañas. Vivían
en un pabellón del príncipe Fiouz-Mirza, en un lugar paradisíaco.
Durante esos meses en Persia, Annemarie escribió un libro de relatos,
"La jaula de los halcones", que nadie quiso editar. Más tarde, la
autora incluiría algunos de ellos en "Exilios en Oriente". Los protagonistas
son europeos que han quedado varados entre paisajes y costumbres que lentamente
han carcomido sus voluntades o los han convertido en seres a menudo excéntricos,
expuestos al desvarío.
La rutina de una esposa de diplomático
estaba hecha para irritar a Annemarie. La escritura le servía de
consuelo, así como la droga, hasta que en una reunión conoció
a una joven persa, Yalé. Las dos se enamoraron. Yalé estaba
enferma de tuberculosis y sabía que no viviría mucho. El
padre de la muchacha, enfurecido por la pasión de su hija, la encerró
en su casa y le prohibió que viera a Mme. Clarac.
Una vez más llegó el verano
y Annemarie debió seguir a su esposo al Valle Feliz, entre las montañas.
En ese lugar aislado, se enteró de la muerte de Yalé. La
historia de ese amor está contado en La muerte en Persia
(editado en español), un libro de crónicas y relatos de gran
belleza. La terrible estadía en las montañas quedó
registrada en El Valle Feliz.
Cuando Annemarie volvió a fines
de 1935 a su patria, descubrió con angustia que la mayoría
de sus amistades querían dejar el continente o por lo menos Alemania.
Como el trabajo siempre había sido para ella una tabla de salvación,
Annemarie resolvió viajar a los Estados Unidos con el fin de hacer
notas destinadas a publicaciones alemanas. Entre septiembre de 1936 y enero
de 1938 pasó dos largas temporadas en América. En la primera,
hizo una serie de reportajes en ciudades industriales de Pennsylvania.
Conversó con negros, blancos, enfermos. Captó con su cámara
la mirada desesperanzada de la gente. Después volvió a Europa
y se entusiasmó con el proyecto de escribir la biografía
del alpinista Lorenz Saladin. Terminó el libro en poco tiempo y
cuando se publicó fue un éxito.
En su segundo viaje a los Estados Unidos,
Schwarzenbach se ocupó de investigar las condiciones de vida de
los obreros agrícolas y los problemas raciales en el Sur. Escribió
entonces artículos de una calidad excepcional.
A mediados de 1938, Annemarie conoció
a Ella Maillart, la gran escritora de viajes suiza, de la que había
leído Oasis prohibidos. Las nuevas amigas planearon viajar
por Afganistán en el Ford de Annemarie. Maillart se dio cuenta desde
el comienzo que debería ocuparse de las angustias y la adicción
de su compañera, pero pensaba que podría ayudarla. Las viajeras
despertaron curiosidad y cierto asombro escandalizado en Afganistán.
Sin embargo, nadie les negó hospedaje y comida. Después de
doce semanas llegaron a Kabul, donde se enteraron del pacto germano-soviético
y del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Resolvieron separarse porque
esas novedades aceleraban sus proyectos personales. Maillart partió
hacia la India, mientras que Annemarie resolvió recorrer el Turkestán
afgano. De su viaje con Maillart queda un testimonio apasionante, el libro
¿Dónde está la tierra de las promesas?
Violencia y locura en el Plaza
Annemarie volvió a Europa en 1940.
Llegó a un continente devastado por el huracán nazi. Los
Schwarzenbach habían perdido las tres cuartas partes de su fortuna.
Annemarie se refugió como siempre en Sils. Una vez más, la
casualidad le dio un nuevo rumbo a su vida. Margot von Opel, una de las
mujeres más ricas de Europa, esposa del industrial Fritz von Opel,
se encontró con la escritora en casa de unos conocidos e inició
con ella una relación que Fritz toleraría de mala gana. Margot
le propuso a Annemarie que se fuera con ella a Nueva York.
La tercera estadía de Schwarzenbach
en los Estados Unidos estuvo marcada por el dolor, el drama y los escándalos.
En Nueva York vivía con los Von Opel en el Plaza Hotel. Sólo
podía escribir si se emborrachaba o se drogaba, pero la mezcla de
drogas y alcohol la volvía agresiva y, en una oportunidad, trató
de estrangular a Margot.
A pesar del estado de agitación
que consumía a Annemarie, una joven novelista de 23 años
que empezaba su carrera, Carson McCullers, la formidable autora de El
corazón es un cazador solitario, se enamoró de ella (tiempo
después le dedicaría Reflejos en un ojo dorado). Annemarie
admiraba el talento de Carson, pero no podía responder a los sentimientos
de la muchacha y, además, no quería romper con Margot. Extrañaba
Europa y la suerte de sus amigos, atrapados por la guerra, la sumía
en la desesperación. Una noche, mientras Margot dormía, intentó
nuevamente estrangularla y, espantada por lo que iba a hacer, empezó
a gritar de tal modo que despertó a todo el hotel. Pocos días
después, llegó la noticia de que Alfred Schwarzenbach había
muerto. Su hija, enloquecida, trató de suicidarse. Uno de los hermanos
de Annemarie, que vivía en Nueva York, decidió internarla.
En la clínica le impedían escribir, por lo que Annemarie
tuvo varias crisis de violencia. Aunque estaba estrechamente vigilada,
logró escaparse. Su fuga fue dramática. Caminó kilómetros
en el frío. Llamó a un amigo y lo convenció de que
la albergara en su departamento, pero desencadenó un escándalo
con sus gritos --porque, según ella, nadie la entendía--,
se encerró en el baño y se abrió las venas. La internaron
en una clínica de White Plains y se le comunicó que sólo
podría salir de allí para volver a Europa. Se la había
declarado insana y se la expulsaba para siempre del país.
La serenidad y el azar
En Suiza, se enteró de que su madre
se hallaba enferma y de que los Schwarzenbach habían resuelto que
Annemarie debía dejar Suiza. Le ofrecieron mucho dinero para que
se fuera. Sólo tenía una posibilidad: volver a partir. Esta
vez pensó en Africa. Se embarcó en Lisboa y, después
de una larga travesía y de viajes en ferrocarril, llegó a
Leopoldville, la capital del Congo belga. Como esposa de diplomático,
la alojó el cónsul de Suiza. Pero comenzaron a correr rumores
que la perjudicaron. Se decía que era una espía del Tercer
Reich. Annemarie resolvió entonces abandonar la ciudad. Había
oído hablar de un suizo de apellido Vivien, cuya plantación
estaba en Molanda, en la selva ecuatorial. Se le ocurrió que ése
era un tema interesante para los lectores suizos. Se puso en camino. Llegó
a Lisala, el lugar que Conrad describió en El corazón
de las tinieblas. Allí esperó doce días hasta
que un coche la llevó a la plantación de los Vivien, la más
importante del Congo. Esa inmensa propiedad era dirigida por Mme.Vivien,
que había quedado sola después de que su marido, gravemente
enfermo, regresó a Europa. Ella era una mujer enérgica, protectora
y muy tierna. Hospedó a Annemarie en una casa espaciosa. Lejos de
toda distracción, Schwarzenbach escribió quince artículos,
dos textos poéticos y uno de prosa, pero como siempre la escritura
la dejaba en carne viva. La señora Vivien se dio cuenta de lo que
le pasaba a su huésped y le propuso acompañarla en un viaje
por el continente africano. La escritora aceptó. Durante los meses
que Annemarie vivió bajo la protección de la señora
Vivien, escribió El milagro del árbol, la historia
de amor de un hombre y una mujer que, para respetar la independencia de
sus almas, resuelven separarse. Una vez terminada la novela, Annemarie
se embarcó rumbo a Europa.
Ya en Suiza, se instaló en la Jägerhaus
de Sils. Había llegado a aceptar que nunca estaría del todo
curada de su adicción, pero que eso no importaba, siempre podría
renacer. El 6 de septiembre de 1942 iba en un coche a caballo hacia Saint-Moritz,
se encontró con una amiga montada en una bicicleta y acordaron intercambiar
los vehículos. Annemarie, para probar que no había perdido
su destreza, se lanzó cuesta abajo sin tomarse de los manubrios,
como acostumbraba hacer en la niñez. Chocó con un obstáculo,
voló por el aire y su cabeza dio contra una piedra. Nunca recuperaría
por completo la lucidez. El 15 de noviembre de 1942 murió en Sils
como consecuencia del accidente.
Hoy, sus textos permiten tener una visión
lateral, pero estremecedora, del espíritu de una época y
de las angustias de una generación. Son testimonios de que el mundo
había estallado en fragmentos y de que cualquier intento de huir,
y no de enfrentar esa catástrofe, sólo podía terminar
en tragedia o en una inútil inmolación a un dios silencioso
y ausente.
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