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Rompiendo lanzas a favor de
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María Luisa Bombal rescatada en México 
por NotiCultura.com
     Editado por Librería Imagen y Norte/Sur de México, se ha publicado el libro Magos de América, del escritor chileno Waldemar Verdugo, que rescata su visión de escritores clásicos del siglo XX a quienes frecuentó: Jorge Luis Borges, Juan Rulfo y María Luisa Bombal, tres crónicas publicadas originalmente en la revista Vogue. 
     En la obra, que se puede encontrar en todas las librerías de México de la red CONACULTA, se muestra a estos autores en su dimensión genial sin dejar de ser muy humanos,  divertidos, cercanos y cálidos, muy alejados de la imagen que hasta ahora tenemos de estos creadores fundamentales como María Luisa Bombal, de quien escribe Waldemar:
     “En la literatura de Chile a María Luisa Bombal sólo se la compara con Gabriela Mistral, en la perfección de su trabajo. Logró Bombal una de las más altas expresiones de la escritura en lengua española, según pienso, encontrando en el resto de América sólo semejaza en la obra de Juan Rulfo.  Justamente, Bombal y Rulfo indicaron la ruta literaria más marcada del siglo XX: el llamado 'realismo mágico'.  A través de la fusión de lo que es con lo que no es --de lo real con la poesía-- se manifiesta su literatura en la esencia misteriosa del mundo, enseñada con expresión tersa, de ceñida transparencia, limpia del frondoso barroquismo de los novelistas anteriores.  La suya fue una nueva manera de escribir, con algo de surrealismo y a la vez senda de escape para los impulsos del subconsciente”.
     En la obra se rescata la visión de la propia escritora, que fue amiga del autor, acerca de sus obras fundamentales. Dice ella: "En la calle Corrientes de Buenos Aires, en la cocina de la casa de Pablo Neruda que vivía allá entonces, escribí La última niebla; era una cocina preciosa, blanquísima, con luz espléndida y una mesa muy cómoda.  Con Pablo nos peleábamos el sitio para escribir", solía recordar.  
     De esos días, decía que sólo le interesaba conocer el dominio del verbo para tomar de él un lado preciso que le sirviera para armar sus frases: "descartaba varias palabras, hasta encontrar aquella que contenía todos los requisitos. Con Pablo nos habíamos prometido nunca ser retóricos, es decir, que avanzaba dos páginas un día y al otro dudaba de una de ellas.  Era implacable con mi prosa entonces y siempre seguí así, porque se escribe para decir algo, y para decirlo con poesía.  Y no se puede escribir nada sin ritmo. Mi ritmo, pienso, lo aprendí de mis lecturas y de mi propia intuición.  Entonces yo admiraba a los mismos autores que admiro ahora: Knut Hamsun, Andersen, los nórdicos; quizás de ellos hay algo en mi primera novela, porque un escritor es también todos los escritores que ha leído. En aquella época yo sabía que tenía que ser lógica, y al mismo tiempo poética."
     De la segunda obra de la autora, leemos: "La amortajada recrea una de las preocupaciones existenciales que ha inspirado leyendas fabulosas: ¿es posible recordar después de la muerte?  ¿La vida es la continuidad de una muerte previa, inicial? Es ésta una antigua duda filosófica que ha impregnado a la literatura desde siempre, ya que, como se sabe, sólo a la imaginación le ha sido dado tejer sus redes para construir un posible y magnífico puente que una las riberas de la esencia y la existencia; entre lo que es y lo que es de verdad. Es La amortajada un relato del pensamiento de una mujer encerrada en su féretro, resignada al fin de las cosas humanas, un día en que... detrás de los ojos envueltos en largas pestañas de la protagonista, el lector descubre la presencia de vida más allá, postulando María Luisa Bombal que, naturalmente, una vez rasgado el velo no se desea recobrar lo ya ocurrido (al contrario de Marcel Proust, que soñaba recuperar el tiempo perdido)."
     Para María Luisa la muerte forma parte de la vida, siendo único el tiempo lineal asaltado por los quiebres soberbios de la conciencia. En la obra, las frases musicales forman una trama lírica en el fondo de la muerta, que, raramente, está  siendo azotada por una tempestad interior, aunque todo el ambiente es apacible, a media voz, transcurre dentro de ese silencio que posee el cuerpo muerto. Nunca un estallido disonante perturba las evocaciones; la amortajada recuerda sin prisa, ve como si no viera. Es cierto que el recuerdo de sus amores la inunda sobresaltada, como algo de súbito percibido, pero no más. Piensa la mujer en el féretro: "Deben tener alma los que la sienten dentro de sí bullir y reclamar.  Tal vez sean los hombres como las plantas; no todas están llamadas a retoñar y las hay en las arenas que viven sin sed de agua porque carecen de hambrientas raíces".
     Esta es toda la trama: una mujer en su catafalco que se asoma a la vida a través de la muerte, eso es todo; sin embargo, se concibe un soberbio análisis sociológico en su descripción de sutiles y complejas emociones. 
     Transcurre el fascinante relato durante el velatorio y el entierro de la mujer, quien asiste, con lúcido distanciamiento, al cortejo de personas que van inclinándose sobre el ataúd. Sus pensamientos los sabemos a lo largo de un soliloquio que devela hondos y alucinados paisajes de un alma y sus secretas pasiones. La amortajada sabe lo que cruza al interior de quienes ahora se asoman al borde del féretro, descubriendo tristeza y piedad hacia ella, pero también oscuros y egoístas sentimientos. 
     Esta reconstrucción de la existencia de la heroína, ya roto el hilo que la ataba a lo contingente, ve desde su perspectiva lo que fue y no pudo ser; experimenta la realidad como la gran ficción de la que un día formó parte. La historia transcurre, por tanto, en una doble proyección: la de la visión sicológica y la que expresa aquello que desborda cualquier palabra, de lo que se halla más allá del lenguaje. Es una realidad bordada con los hilos del ensueño, tejiendo uno de los retratos femeninos más ricos que conocemos, pleno de misterios, cuajado de insinuaciones. 
     La amortajada va sumando los dramáticos hechos con la clarividencia que le permite saber lo que en vida nunca supo de quienes la rodearon, haciendo hincapié la Bombal en la diferencia de posibilidades alrededor del amor que experimentan los sexos, rodeando la atmósfera interna del suceso de continuo hálito secreto, esencialmente femenino. No sabemos  nunca qué ha sucedido antes ni atisbamos lo que sucederá, sólo es el instante supremo en breves pinceladas que definen el hechizo de un alma enamorada. Ese estado de la mente se manifiesta con mínimo de palabras, entregada la vida entera solo en una alusión. 
      El de la Bombal es el arte de la sugerencia en esta extraña perspectiva desde la cual está narrada la obra, en que trata con cierta graciosa familiaridad a la muerte enfrentada como parte de la vida: la protagonista está inocentemente ubicada entre ambos reinos, como si cada palabra para designar lo vivo y lo muerto pudiera ser la misma. La fuerza musical del texto arranca de alguien que habla consigo mismo, sin preámbulo, francamente, unida imagen y palabra castellana en su más alto verbo: "Ningún gesto mío consiguió provocar lo que mi muerte logra al fin.  Ya vez, la muerte es también un acto de vida", susurra la amortajada en el instante en que su hija, ayer lejana, hoy llora y se abraza a su cuello, intentando alcanzarla o detenerla, acabar esa penosa inmersión en que "descendía lenta, lenta, esquivando flores de hueso".
     ¿Cómo veía esta obra su creadora? Decía Bombal que la atmósfera de La amortajada, como la que vive en toda su obra, es aquella misma atmósfera de su infancia, allá en los fundos del sur de Chile: "De ahí sale una como impregnada de sombra y poesía para toda la vida.  Chile es un país mágico. El sur tiene algo de wagneriano, aunque sea acusada de retrógrada; el sur chileno cala definitivamente en quien lo ve alguna vez; tiene la fuerza del misterio. La amortajada es un relato retrospectivo. Es la historia de una muerta feliz, quien, desde su estado singular ve todo con mayor equilibrio. Serenamente piensa a partir del momento en que deja la vida y la amortajan...no está ya descontenta de lo que vivió ni inquieta ante lo que vendrá.  Ha perdido el miedo a la muerte. Porque... lo juro. No tentó a la amortajada el menor deseo de incorporarse. Sola, podría, al fin, descansar."