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Rompiendo lanzas a favor de la buena literatura |
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Puestos a escoger los ingredientes básicos que toda novela taquillero-contemporánea debería incluir --para satisfacer a lectores urbanos y frenéticos--, el sexo, las drogas y el dinero no parecen una opción equivocada. Diablo Guardián, atemorizante mamotreto que le valió al mexicano Xavier Velasco el abultado Premio Alfaguara de Novela 2003, cumple --y muy sobradamente-- con tales requisitos. En efecto, el dinero (más que nada), el sexo (instrumental y despótico) y las ineludibles cocaína y marihuana son obsesiones determinantes en la desaforada existencia de Violetta, una adolescente mexicana que, tras cruzar la frontera con cien mil dólares --robados a su madre, también ladrona--, termina (o empieza) como prostituta indocumentada en hoteles elegantes de Nueva York. Hasta ahí todo bien, pero como la novela es el reino de la libertad, Velasco consigue aturdir al lector con el inmisericorde monólogo de la impulsiva chicuela, víctima de cafichazgos diversos y, a la vez, inescrupulosa a la hora de aprovechar las ingenuidades de los demás. A pesar de su repunte final, este mamotreto del mexicano Velasco obliga a una laboriosa masticación, exhibe una mareadora incontinencia y relativiza el supuesto prestigio del galardón que le fue concedido: el Premio Alfaguara de Novela 2003. Cargadas de detalles que desconocen la elipsis, la sutileza o el contraste, las andanzas de Violetta constituyen una avalancha narrativa sin modulación ni sorpresas, una suerte de feísmo falsamente barroco, argumentalmente obvio y con escasa gracia verbal, pese a la profusión de presuntas obscenidades y de mexicanismos tan exóticos como ?naco? y ?prángana? (y, cual perlas que nos llenan de orgullo, tres chilenismos de primera selección), más una enervante metralla de vocablos en inglés, acorde con el arribismo económico-cultural que suscita en los latinoamericanos el gran país del norte. Aunque ninguno de esos elementos puede ser una objeción en sí, ni un rasgo negativo en términos literarios, sí amerita gruñidos e induce al bostezo su espesa aglomeración, semejante a la de un chicle que irrita las articulaciones e impide juntar los dientes. ¿Todo mal, entonces, y el jurado de Alfaguara erró el tiro por una comprensible fatiga? Justo es matizar: el relato autorreferente de la atolondrada Violetta (que nunca despierta genuina simpatía) se alterna con otros capítulos, breves y algo más interesantes, que narran la huerfanizada adolescencia de un muchacho apodado Pig, que, luego de la muerte de su abuela, redacta impiadosas columnas en un periódico y acaricia la idea de convertirse en un ?pinche escritor de a de veras?. Pero de improviso es contratado por una agencia de publicidad --doloroso cliché--, donde, entre oscuros manejos de poder, la recepcionista (Violetta, por supuesto, que ha regresado de Nueva York) atiende a los clientes conspicuos, por presión y vocación, hasta las últimas consecuencias. Pig se prenda de ella, y justo es reconocer que en estos capítulos se anima la trama y el lector abre, literalmente, los ojos. A pesar del repunte final, Diablo Guardián obliga a una laboriosa masticación, exhibe una mareadora incontinencia y relativiza el supuesto prestigio del premio que le fue concedido. De una novela hipertrofiada suele decirse que ?le sobran cien páginas?. En este caso son al menos doscientas. |
| Publicado en Las Ultimas Noticias (Chile), 2003. |