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LITERARIA

Rompiendo lanzas a favor de
la buena literatura

 
Drácula sale de su cripta 
por Andrés Gómez Bravo
      Cuando Elizabeth Kostova era una niña, se llamaba Elizabeth Johnson. Su papá, el profesor David Johnson, la llevó a ella y a su madre de viaje por Europa del Este. Y mientras recorrían Bulgaria, Hungría y Rumania, comenzó a contarle cuentos de terror. Escalofriantes historias sobre Drácula y los vampiros. Cada vez que el profesor Johnson le contaba uno de esos relatos --en los que mezclaba al personaje de Bram Stoker con las sombrías imágenes de Bela Lugosi y Christopher Lee peinados a la gomina--, Elizabeth se preguntaba: "¿Qué pasaría si Drácula estuviera escuchando todo esto?".
     Pasaron los años, Elizabeth se graduó en Yale, viajó a Bulgaria en plan de estudios y conoció a Georgi Kostova, con quien se casó. Un día, mientras paseaban, tuvo una visión emocionante: vio a un papá contándole historias de vampiros a su hija. Y, claro, sintió que un pedazo de su infancia se repetía. Y la pregunta viajó desde su memoria como un destello espontáneo: "¿Qué pasaría si...?".
     De la pregunta a la imaginación hubo un corto trecho. Pero de la idea al libro terminado el recorrido fue largo: durante 10 años, Elizabeth Kostova trabajó obsesivamente con esa pregunta en la cabeza. Investigó, viajó, consultó libros antiguos y dio forma a La historiadora, su primera novela, en la que Drácula es una sombra escurridiza y aterradora.
     Lo que pasó después es una de esas extrañas historias que el mercado norteamericano produce cada cierto tiempo: su manuscrito fue objeto de una animada puja editorial, siendo adquirido por el sello Little, Brown & Co. en dos millones de dólares. Una cifra sideral para cualquiera e inédita para una escritora debutante. Y era sólo el comienzo: antes de que el libro saliera a la venta, los estudios Sony le pagaron otros dos millones por los derechos de adaptación al cine. 
     Cuando por fin La historiadora entró a las tiendas, en junio, su destino estaba claro: se convirtió en un best seller fulminante. Vendió más copias en su primer día que El Código Da Vinci, de Dan Brown, y desde entonces no se ha movido del ranking de los más vendidos de The New York Times.
      Ha sido el libro del verano en Estados Unidos y fue contratado a 28 idiomas, entre ellos el español. Con la etiqueta Umbriel, La historiadora arribará a las estanterías chilenas en octubre.

El misterio y el miedo.

     La primera tirada de La historiadora en Estados Unidos fue de 815 mil copias y hoy va por la quinta edición. Apoyada por una agresiva campaña publicitaria y de marketing, la novela es considerada --y vendida-- como la sucesora de El Código Da Vinci.
     Y en ello hay algo de cierto: Kostova utiliza la intringa y el suspenso, recurre a libros perdidos, mensajes cifrados y mueve a sus personajes por sitios tan diversos como Holanda, Turquía y Europa Central. Y juega --como Brown-- en los planos de la ficción y la realidad.
     La historia arranca en 1972, en Amsterdam, cuando una chica de 16 años descubre una extraña carta en la biblioteca de su padre, Paul, diplomático norteamericano. La misiva está dirigida a "mi querido y desafortunado sucesor".
     Interrogado por su hija, Paul accede a contarle un secreto que ha sido su obsesión: hace 20 años participó en la búsqueda de Bartholomew Rossi, su maestro en la universidad, quien desapareció luego de confiarle su convicción de que Drácula estaba vivo.
     A través de documentos, cartas y diarios, Paul narra sus recorridos con Helena, una historiadora rumana, por viejas bibliotecas de Estambul, por monasterios de Rumania y perdidas aldeas de Bulgaria. Y confiesa que mientras más se acercaba a los pasos que el profesor Rossi había dado, más se aproximaba también a un misterio instalado en el corazón de Transilvania.
El mito se cruza así con la historia de Vlad Tepes, llamado El Empalador y conocido como El Conde Drácula: cruento gobernante de Valaquia, que contuvo a las tropas romanas y que solía empalizar a sus enemigos. Tipo sangriento, que causa tanto temor como admiración entre los rumanos.

Tumba sin cuerpo.

     El relato de Elizabeth Kostova abarca de 1930 a 1970 y cruza la aventura del profesor Rossi con la de Paul y los hallazgos de su hija. Con permanentes referencias a la Edad Media, la II Guerra y los regímenes comunistas, la escritora se sirve de un dato para darle verosimilitud a su ficción: el misterio en torno a la tumba de Vlad Tepes.
     "Nadie sabe qué pasó con su cuerpo después de su muerte", dice. "Es una interrogante que ha sido investigada por arqueólogos e historiadores durante siglos, por eso la tomé como el punto de partida de mi especulación". 
     Aunque se muestra escéptica respecto de los fenómenos sobrenaturales, Elizabeth admite que cree en otra cosa: "Creo en el poder del mito en nuestras siquis". Un poder que se enciende con preguntas del tipo "¿Y si fuera cierto?".