| Sobre las novelas Los palacios distantes, de
Abilio Estévez (Tusquets), El insaciable hombre araña,
de Pedro Juan Gutiérrez (Anagrama), Adiós a las almas,
de Jorge Alberto Aguiar Díaz (Letras Cubanas) y Espero la noche
para soñarte, Revolución, de Nivaria Tejera (Universal)
Había una vez una ciudad en ruinas, destruida
por los ciclones permanentes y por el paso del tiempo pero, sobre todo,
por la negligencia, el abandono, alguna venganza oculta de la Historia
o de los hombres que hacen la Historia. Algunos de ellos arrasan todo a
su paso, hombres viejos y viejas piedras, para poder figurar en los libros
como mitos bárbaros o libertadores. Siempre he pensado que el estado
de decrepitud en que se encontraba La Habana era debido a un deseo de venganza
de Fidel Castro y de algunos de sus barbudos contra aquella capital depravada,
sumergida en los placeres terrenales, el juego, la prostitución,
la corrupción, pero también sumamente culta, alejada de las
necesidades materiales básicas de aquellos guajiros que bajaron
de la Sierra hace ya pronto medio siglo, pretendiendo construir un mundo
tal vez mejor, pero con el ideal de un « hombre nuevo » alejado
del modelo de los hombres que somos, mezquinos y mortales. Es una evidencia
: la ciudad de antaño no existe más. Lo que queda es un amasijo
de ruinas y un recuerdo magnificado. Los libros que nos llegan de la isla
describen, de una manera u otra, esa Habana irreconocible incluso para
los que en ella viven, teniendo que soportar los derrumbes cotidianos de
edificios coloniales que albergaron sin duda anacrónicos palacios.
El primero, Los palacios distantes, es
casi una obra maestra. Abilio Estévez arrasa con todas las visiones
anteriores de La Habana, las de Alejo Carpentier o las de G. Cabrera Infante,
como para significar que todo eso no es más que un vago recuerdo
y que lo que queda es poca cosa, casi nada, algún diamante perdido
en medio del fango y de los escombros. En esta caricatura de ciudad, la
de ahora, nada de columnas para protegerse del sol, nada de cabarets nocturnos,
nada de paseantes despreocupados. La única alternativa es huir o
sobrevivir como se pueda, escondiéndose en algún recinto
al resguardo de las intemperies o del control del poder político.
Su principal protagonista es un vagabundo moderno, un beautiful loser
de
lo que fuera otrora el paraíso socialista. Una versión actual
del Caballero de París, clochard legendario de La Habana, encerrado
en su vejez en Mazorra, el Hospital psiquiátrico de La Habana, y
condenado a muerte por tristeza, por falta de libertad.
Abilio Estévez escribe: «Se ha llegado
a afirmar (se sabe cuánto de novelera tiene la imaginación
popular) que el cambio comenzó a notarse el día en que La
Habana permitió que encerraran en un asilo al más famoso
de sus vagabundos, el Caballero de París. Aquel día infausto,
La Habana anocheció a las cuatro de la tarde, y el adelantado crepúsculo
asombró a los habaneros. »
Recuerdo haber visto al Caballero de París
en Mazorra. Los médicos y enfermeras contaban con orgullo cómo
le habían lavado su pelo largo, sin darse cuenta de que así,
como a Sansón en otra época, le quitaban hasta su razón
de ser. La novela de Abilio Estévez es el retrato más espeluznante
de la muerte, bajo los ojos indiferentes de sus habitantes y de sus responsables,
de una ciudad. La Habana es la heroina involuntaria de este libro. Se va
derrumbando a cada palabra, y el lector no puede hacer absolutamente nada
para salvarla.
Por ella deambula un pobre hombre, un viejo homosexual,
ridículamente llamado Victorio, quien tiene que abandonar un cuartucho
situado en un antiguo palacio de La Habana, que va a ser destruido para
no volver a ser reconstruido jamás. No tiene adónde ir. Lo
único que le queda es dormir entre ruinas, observar e intentar recordar
que algún día no fue así, que en otros tiempos aquella
ciudad fue un esplendor. Le queda la memoria o, mejor dicho, lo que le
fue transmitido por los libros, por los mitos y leyendas engendrados en
La Habana. Victorio, en sus andanzas nocturnas, se encuentra con una jinetera
(prostituta cubana pero ¿hace falta explicar una denominación
que ya le ha dado la vuelta al mundo?) tan perdida como él. Ella
le da vida : el Victorio ya viejo, derrotado por el tiempo, se vuelve,
para ella y sólo para ella, Triunfo. Esa pareja improbable tiene
una visión de ensueño : un payaso, un anciano, practicando
ejercicios de equilibrista sobre los techos de la ciudad, que amenazan
con caerse. Uno de aquellos payasos parecidos a los de Federico Fellini,
que nunca mueren a pesar de que, mil veces, se ha anunciado su desaparición
definitiva, junto con la del circo. Un payaso que les abre las puertas
de un teatro fabuloso, salvado de la destrucción, revelándoles
a la vez los secretos del mundo y del pasado.
La anécdota es lo de menos en esta novela.
Abilio Estévez hubiera podido contentarse con describir las ruinas,
con poetizar la miseria material, moral y sexual. Ya esas pinceladas, que
a veces se transforman en brochazos de furia, eran suficientes para producir
la sensación de una pérdida irreparable. Hundirse en la realidad
es para el escritor, sin duda, un medio para no idealizar demasiado un
universo en que no queda nada más que la esperanza de una supervivencia
cotidiana.
Con Tuyo es el reino, una alegoría
sobre la revolución y el fin de un mundo anacrónico, Abilio
Estévez efectuaba hace poco su entrada en las letras cubanas. En
aquella novela demostraba una cultura descomunal, extrañamente adquirida
en una isla en que encontrar un libro extranjero no censurado puede ser
una verdadera hazaña. Pero su alegoría resultaba demasiado
límpida, simplificadora a fin de cuentas. Esta vez, con Los palacios
distantes, incursionando en la realidad, trascendiéndola, Abilio
consigue elaborar una escritura, casi una poética de la soledad
y de la demencia, de una belleza estremecedora, construyendo, a partir
de un montón de ruinas que parecen surgidas del fondo de alguna
Atlántida desaparecida, un porvenir perfectamente utópico,
fuera del alcance de sus personajes reducidos a simples sombras nocturnas,
como ratas surgidas de algún basurero abandonado allí por
las intemperies.
Pedro Juan Gutiérrez, por su parte, no
cree en la poesía de lo cotidiano. Nada más alejado de sus
preocupaciones. Él escribe en situación de urgencia, como
si no tuviera tiempo de pensar en otra cosa, antes de que todos los edificios
de La Habana acaben de caerse. Trilogía sucia de La Habana, El
rey de La Habana y Animal tropical eran manifiestos de lo que
se ha dado en llamar «realismo sucio», una especie de literatura
a lo Charles Bukowsky, en que el sexo, el ron y el desplome físico
y moral serían los ingredientes de base. Por eso hay sexo, ron y
desplome a cada página. Sin embargo, en El insaciable hombre
araña, hay algo más : tal vez la conciencia de que las
recetas del éxito editorial se agotan y que hay que mirar hacia
atrás con una visión crítica sobre sí mismo
y sobre su obra. En otros términos, Pedro Juan Gutiérrez
ajusta cuentas consigo mismo.
El novelista se pone en escena como escritor
de éxito particularmente desilusionado, contando las visitas que
le hacen algunas de sus admiradoras en busca de aventuras intelecto-sexuales.
Pero su realidad no corresponde a la imagen que brinda en sus libros. Y,
en verdad, se puede hacer una doble lectura de esos relatos : tomárselos
al pie de la letra, como una repetición hasta el hastío de
sus peripecias sexuales en una Habana de los bajos fondos, y entonces salir
de esa lectura con un asco indisimulable, o bien aceptar la mirada irónica,
a veces incluso cínica del autor sobre su propia obra, y pensar
por lo tanto que en él lo inmediatamente visible es lo de menos
y que, en una escena sexual con Gustav Mahler (o Sibelius, o Brahms, o
Haendel) como música de fondo, lo fundamental no son las piruetas
acrobáticas de la jinetera o de la amante de turno sino, tal vez,
Mahler, la música de fondo, el decorado y no la acción. En
suma, su escritura es un engaño. Pedro Juan nos dice, nos grita
casi, que no hay que dejarse llevar por la inmediatez, por las apariencias
de las historias que él narra, sino que hay que ir a buscar detrás
del telón, en las pequeñas pinceladas que produce como de
pasada, dejando entrever un profundo pesimismo, una desgana inmemorial.
Porque él conoce esa Habana y esa Cuba
como nadie. Antes de narrar esa ciudad en ruinas, había sido periodista.
Ser periodista en Cuba, según su propia confesión, significa
sobre todo callar, eludir lo que no conviene mostrar, tragarse la realidad.
Significa seguramente (pero eso Pedro Juan Gutiérrez prefiere no
contarlo) mentir, embellecer la crudez de los hechos, de los paisajes,
para dar a ver sólo lo que le conviene al régimen, las metas
económicas que se sobrecumplen, la salud que funciona mejor que
en los países altamente desarrollados, la educación brindada
a todos sin excepción aunque, a veces, más que de educación,
se trate de un simple adoctrinamiento. Y todo eso ¿gracias a quién?
A los héroes, al héroe invencible, eterno, omnipresente,
cuyo nombre es preferible no mencionar. Pedro Juan saca ahora en sus libros
esos aspectos que durante años tuvo que callar, con una precisión
clínica, pero sin juzgar, dando a ver el espectáculo voluntariamente
ocultado por tanta autocensura.
«¿Aquí también matan
periodistas?», le pregunta al protagonista y narrador una turista
peruana, bastante ingenua, como todos los turistas. «No, aquí
los anestesian», contesta él, olvidando precisar que los que
se niegan a ser anestesiados son irremediablemente condenados al ostracismo,
a la cárcel o al exilio, como en el caso de los llamados «periodistas
independientes».
El retrato que de La Habana nos brinda el autor es espeluznante,
siniestro. Sin embargo, el autor asume cierta ambigüedad. Sus libros,
en efecto, dan a ver una visión del sexo como última posibilidad
de escape, mostrando que, después de todo, hay escapatorias peores,
que no es tan terrible si uno, detrás de los barrotes de la prisión,
puede entrever una salida. Pero el sexo versión Pedro Juan Gutiérrez
no es nada liberador. No es alegre, despreocupado, como en la imaginería
caribeña. Es más bien una mezcla de Sade y de Bataille, con
bastante dolor y mucha insatisfacción.
«Pensé en traer el látigo
y sonarle un par de cuerazos. Así reaccionan a veces. Algunas después
se deslechan solo de ver el látigo en mi mano.»
Las escenas de esa calaña abundan en estos
relatos, que empiezan con una violación, no en La Habana sino en
el Central Park de Nueva York. Pero el escritor parece cansado de la imagen
de sí mismo que vehiculan sus editores para vender más, dando
una visión de Cuba como la de paraíso terrenal, ya no con
el socialismo en su versión castrista, que esa idea ya pasó
a mejor vida, sino con el sexo fácil, tanto en mujeres como en hombres.
La cubierta del libro muestra a una negrita despreocupada que, casi por
inadvertencia, enseña un pezón a quien quiera verlo.
El insaciable hombre araña puede producir repulsión
pero también una curiosidad no del todo sana. ¿Qué
hay detrás de esa voluntad de describir un universo tan negro? ¿Una
voluntad de exorcisar la realidad cotidiana? ¿Una provocación
literaria? Pero ¿a eso se le puede llamar literatura? A veces, por
retazos, brota alguna luz en medio del estiércol, como una sinfonía
de Mahler que hermanaría a Eros con Tánatos, lejos de cualquier
fulgurancia poética, como si la poesía fuera sólo
un don de la belleza, desaparecida para siempre de esa Habana arrasada
por la destrucción.
¿Y si Madrid se pareciera a La Habana?
¿Y si Chueca, la Montera o Callao acabaran por ser, para los cubanos
exiliados, meros reflejos del Malecón? Un exiliado, a menudo, no
hace sino buscar el misterio de los orígenes al que ha tenido que
renunciar en cualquier rincón que recuerde la ciudad o el pueblo
natal. No sería nada extraño, por lo tanto, ver en la Cibeles
o en cualquier fuente de Europa una reminiscencia de la fuente de la India.
Además, en la Gran Vía, a altas horas de la noche y a pesar
del frío, son innumerables los exiliados cubanos que distribuyen
prospectos para atraer a los paseantes a algún bar top-less o a
alguna barra americana donde ofician chicas de todas nacionalidades, muchas
de ellas jineteras provenientes de la isla.
Yo no sé si Jorge Alberto Aguiar Díaz
(JAAD) estuvo alguna vez en Madrid o si lo imaginó todo desde su
isla natal. Después de todo, Kafka no estuvo nunca en Estados Unidos.
Eso no le impidió escribir su América. JAAD no se refiere
a Kafka sino a Hemingway. Su colección de relatos Adiós
a las almas es evidentemente un guiño irónico al aventurero
americano, quien conoció tan bien España como Cuba. Su primer
cuento se sitúa, pues, en los bajos fondos de Madrid, que podrían
ser también los de La Habana. Aquí, los exiliados también
son chulos y sus chicas antiguas jineteras, lo que demuestra que ya esos
personajes se han convertido en meros arquetipos. En resumen, que no hay
literatura cubana si no aparecen en ella unas cuantas jineteras.
Sin embargo, aquí también habría
que hacer abstracción de las meras apariencias. Detrás de
los tópicos está la violencia verbal de este joven escritor,
que usa las palabras como gritos de odio hacia el mundo que le toca vivir.
Lo sexual en sus relatos no es más que un pretexto para existir
o para afirmar que existe.
Al publicar sus relatos, JAAD ha dado el paso
que lo condenaba al silencio en la isla. Ha vencido el miedo. Hoy día,
curiosamente, no hay una gran diferencia entre lo poco que se puede publicar
dentro y lo que se edita fuera. Se elude la política más
inmediata, sobre todo la figura del Líder, pero se deja ver el hastío,
la imposibilidad de seguir así por mucho tiempo más, una
eternidad, si se quiere evitar que La Habana y la isla entera acaben por
hundirse de verdad. Los libros de las ruinas, que no son ruinas circulares,
cumplen una función de exorcismo. A través de la descripción
pormenorizada del desastre visual, tienden a abstraerse de la realidad
que los envuelve como una constante. Ahí radica la poesía:
en la imposibilidad de entrever el final, un cambio repentino que haga
resurgir La Habana de sus cenizas y, junto con ella, la vida, en una reconciliación
tardía pero inevitable.
Con esos libros, se puede medir la distancia
recorrida desde hace algunos años. Por haber publicado algunos de
sus libros en el exterior, Reinaldo Arenas fue sometido al ostracismo más
feroz, a la censura, a los campos de trabajo, a la cárcel. Hoy día,
tanto los que publican dentro de la isla como los que lo hacen fuera están
sometidos más que nada a su propia autocensura. Y sus propios mecanismos
de control se vuelven cada día más flojos. Todos necesitan
decir lo más posible, a veces con palabras en desorden, y siempre
con el miedo de que esa tímida apertura se vuelva a obstruir, por
un cambio repentino de política o por los caprichos del Comandante
en Jefe, lo que viene a ser lo mismo.
Jorge Alberto Aguiar Díaz no hace sino
establecer las primicias de una rebeldía. Por decir lo que dice,
sabe que arriesga el destierro, tal vez en ese Madrid imaginado en el relato
que abre su libro, tal vez en otra ciudad de exilio, ahí donde le
toque, poco importa. Lo esencial es que ya ha conquistado su libertad de
palabra, a golpes, describiendo una realidad que no es la de una isla paradisíaca
sino más bien la de un infierno en la tierra. El descenso a los
bajos fondos de Madrid o de La Habana es una suerte de iniciación
de donde, como por encanto, brotan el amor y la poesía. Poca cosa,
en verdad, para soportar lo cotidiano. Un mero respiro en una escritura
que se ahoga, como si quisiera decirlo todo antes de que la condenen a
un irremediable silencio.
«Verso o nos condenan juntos / o nos salvamos los dos»,
escribía José Martí en sus Versos sencillos.
La poesía, para JAAD, es el único
antídoto a la ciudad que se hunde, a cada paso que va dando. En
el último relato, «Paloma», coloca en el mismo plano
sus dos visiones, la de la realidad y del sueño, las que provoca
La Habana, desde cualquier lugar de que se mire, desde dentro o desde fuera:
«Y te escribí un poema. Bajé las escaleras. Pensé
que se iba a desplomar el edificio. Esquina de Cuba y Desamparados. Una
esquina más. Una esquina cualquiera del mundo. »
Nivaria Tejera lleva casi cuarenta años
sin ver La Habana. No le hace falta. Desde el día en que tomó
la decisión de abandonar Cuba para refugiarse en Europa, ella sabía
que la isla sólo le iba a aparecer en sueños o en pesadillas.
No vio su evolución material. No vio la destrucción, tan
sólo el desastre moral que precedió, mucho tiempo antes,
el derrumbe físico de un espacio que no era Sodoma ni Gomorra, más
bien un laboratorio experimental de un nuevo orden moral regido por consignas
cada día más incomprensibles. Nivaria dejó de entenderlas,
de estar de acuerdo con lo absurdo de esas palabras colocadas sin ningún
orden natural o racional.
El título de su libro es un monumento
al absurdo: Espero la noche para soñarte, Revolución.
¿Qué
sueño es ése sino el de las palabras pronunciadas entonces,
cuando la palabra «revolución» estaba en todos los labios,
como una esperanza de redención para algunos, la certidumbre de
un Leviatán para otros? A veces, la esperanza y la amenaza iban
juntas, hasta el punto en que era imposible distinguir entre el Bien y
el Mal, entre un porvenir mejor y un presente de espanto. Lo que recuerda
la escritora exiliada no son los edificios ni las calles de la isla, sino
las sentencias revolucionarias, lo más inasible, lo que no se puede
materializar sino con la escritura. Su libro es, pues, un monumento a lo
que se ha perdido, no la vida, no la creación, sólo las dudas,
el miedo, que se abren paso en la cabeza durante las noches interminables.
El libro es una gigantesca interrogación.
Se organiza en círculos concéntricos que no logran nunca
alcanzar el centro, el momento exacto en que se empezó a determinar
el destino. Su isla no es una isla concreta sino su traducción en
palabras. El libro de la escritora exiliada cumple esa función :
no recrear un universo desaparecido sino su interpretación, gracias
a una mirada a la vez de adentro y de afuera. Nivaria Tejera ha sido doblemente
exiliada.
Nacida en Cienfuegos, Cuba, ella salió
muy pequeña para Canarias con sus padres. Allí les sorprendió
la guerra civil. Su padre, republicano, estuvo preso largos años,
con la amenaza permanente de ser ejecutado. La primera novela de Nivaria,
El
barranco, cuenta con ojos de niña y una escritura doble, a la
vez de niña y de mujer, las fantasmagorías que ella construye
alrededor de las amenazas que se ciernen sobre el padre. Al regresar a
Cuba, la escritora sabía que el exilio no es un estado pasajero
sino un modo de vida, que un exiliado puede tener que salir en cualquier
momento para cualquier lugar. Huele la amenaza antes que los demás.
Ella supo muy pronto que la Cuba revolucionaria, castrista, iba a ser su
segunda España franquista, que ella tendría que seguir, inexorablemente,
las huellas familiares, como si estuviera condenada a un destierro inscrito
en sus genes desde su nacimiento.
Su experiencia le permite saltar de lo particular
a una reflexión general sobre el exilio, la culpa y el poder. Nivaria
Tejera entiende en seguida que esa revolución no es más que
un baño de sangre, una venganza incomprensible, patológica.
Escribe: «Inaceptable esa justicia arbitraria,
ya que fusilar es ostentar el poder, prolongarlo por su único instrumento
psicológico: el terror, terror que deviene poder a la primera muerte.
Sí, la muerte como consigna del SUPREMO PODER que ella establece.
»
Espero la noche para soñarte, Revolución
es el recuento de una experiencia poética en el infierno de las
ilusiones, siempre seguidas por el miedo, el terror, el sacrificio consentido
de los demás. Es un libro en que la isla física está
ausente. Mucho antes de las descripciones actuales, ella sabía que
las huellas arquitectónicas estaban condenadas a desaparecer por
obra y gracia del tiempo o de la Historia. No se trata de una novela sino
de una escritura a mitad de camino entre el susurro y el grito, entre la
pesadilla y el análisis de esa pesadilla, entre la reflexión
y el llanto. Tiene un carácter salmódico, como una liturgia
para uso exclusivo de las generaciones venideras, un ejercicio esencial
de la memoria. Como una advertencia al futuro o la certidumbre de que,
desde el principio, todo podía ser peor. Y lo fue. Y el exilio se
hizo interminable. Y La Habana se volvió cada vez más lejana.
De todas formas, para todos (menos los turistas), para sus habitantes actuales
como para sus exiliados, es sólo ruinas. Reales o mentales: ¿qué
más da?
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