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LITERARIA Rompiendo lanzas a favor de la buena literatura |
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| El personaje de la Malinche, Doña
Marina, la intérprete de Hernán Cortés, uno de los
puntos clave para la conquista de México, ha sido siempre controvertido
y motivo de grandes discusiones. Por un lado el término ''malinchismo''
acuñado como expresión de rechazo a lo autóctono,
traición a los suyos, amor a lo extranjero, etc., por otro lado,
la semilla de una leyenda: La Llorona.
Laura Esquivel acaba de lanzar una novela que lleva como título el nombre de este dual y misterioso personaje histórico. Sin embargo, a pesar de la bibliografía que aparece al final, esta narración tiene tan poco de novela como de historia. Ya se sabe que toda obra de arte es una ilusión; pero precisamente el mérito de la obra es que la ilusión juegue con la realidad desvaneciendo los límites entre la verdad y lo verosímil. El tema de la conquista de México, con Malinche o sin ella, es de proporciones épicas, un vasto panorama natural en el que chocan dos culturas, férreas voluntades y nace una nueva raza, una nueva cultura. El tema no puede ser más fascinante, más seductor, numerosos escritores en varios idiomas se han atrevido a inspirarse en esa espeluznante y hermosa saga. Algunos han logrado libros maravillosos como El Dios de la Lluvia llora sobre México, de Laszlo Passuth o El corazón de piedra verde, de Salvador de Madariaga, autor de una definitiva biografía de Hernán Cortés que lamentablemente Esquivel no menciona en su bibliografía. La novela histórica no es fácil de cultivar, porque si bien tiene la ventaja de que la trama ya está básicamente armada, precisamente por eso en ella no encontrará el lector un crimen a resolver ni un final inesperado, por lo que el autor debe exhibir más oficio, mejor estilo, mayor seducción y profundidad que en una novela donde la sorpresa del argumento ejerce su atractivo. El estilo de Esquivel no está a la altura del tema ni del personaje. La Malinche de esta narración queda reducida a una especie de muchachuela enamorada y sentimental con delirios místicos. Es decir, totalmente anacrónica y difícil de creer. En cuanto al estilo, salvo algunas páginas salvables, es una extraña mezcla de Corín Tellado con Paolo Coehlo. La voz narrativa que a veces --y con acierto-- se acerca al mundo de los personajes, por momentos sorprende al salirse con expresiones que rompen la magia, la ilusión, la verosimilitud: ''Curiosamente'', ''por experiencia propia'' ''enfermedades venéreas''. Se ve que la novela no fue editada con el debido cuidado, hay palabras repetidas constantemente (unas 15 veces aparece ''tiempo'' en la página 115, ''sentía'', ''sentido'', etc. en la 122). En cuanto al contenido, da la impresión de que Esquivel más que reproducir las creencias y la vida de los aztecas en el tiempo de la conquista quisiera forzar su historia hacia un moderno contenido metafísico. El personaje de la abuela, en lugar de a Netzahualcoyotl recuerda a Krishnamurti: ''Ver lo invisible es complicado, pero debes saber que aquel [sin acento en el libro] por quien se vive, está en el aire que respiramos...''. Tampoco su intento de sincretismo Malinalli-Virgen de Guadalupe es una idea feliz: ''En su sueño se vio como parte de una mente femenina unificada...'' (?!). Hay comas de más y de menos, acentos de más y de menos; pero el mayor error en ese sentido está en la página 126, donde una oración se disuelve de subordinada en subordinada, de modificadora en modificadora, sin llegar a su predicado: ''el día en que, a manera de represalia por la muerte de cuatro españoles a manos de Quauhpopocatzin, el señor de Coyoacán, que quiso demostrar que los extranjeros no eran dioses, que morían como cualquiera de ellos, pero con menos honor''. ¿Cuál fue la represalia por esas muertes, quién la tomó? La autora se olvida de lo que iba a decir, el editor no lo ve, y la siguiente oración pasa a hablar de flechas y macanas. En cuanto a la verosimilitud histórica, no sólo la protagonista se muestra demasiado madura y conocedora de la historia europea (pg. 179), sino que hay un tremendo desliz en la página 108. Sorprende que Esquivel, que se supone una experta culinaria, a juzgar por su novela Como agua para chocolate, ponga a la niña Malinalli a comer, preparados en la ''cocina comunitaria'' chapulines (saltamontes) rociados con jugo de limón. Las semillas de limón fueron traídas por Colón en su segundo viaje (1493-96), y éstas fueron plantadas en Las Antillas. Pasarían unos cuántos años para que la fruta llegara a México. La Malinche se calcula que nació en 1505. Cortés invade en 1519, aún si hubiera traído limones consigo, pasarían décadas para que la abundancia de esta fruta permitiera que fuera incorporada a la culinaria autóctona, donde habría de figurar --mucho después de haber muerto Malinalli-- en riquísimas recetas. Un descuido tan garrafal pone en tela de juicio el rigor de la novela. Se puede perdonar que Esquivel no quisiera entrar en los aspectos bélicos, en la gran épica de las batallas con aztecas, totonacas, chichimecas, ni el gran enfrentamiento con el temible Pánfilo de Narváez --quien por su exterminio de los nativos de Cuba, había dado nombre a la provincia de Matanzas--; pero no se entiende la mínima presencia de Jerónimo de Aguilar, el otro intérprete de Cortés. Este personaje histórico sobreviviente de un naufragio y de la esclavitud bajo los mayas, hablaba la lengua de éstos y fue muy decisivo en la conquista de esa región mexicana. Además, antes de que la Malinche aprendiera el español, ella traducía del náhuatl al maya y luego era Aguilar el que traducía a Cortés lo dicho en maya por ésta. Casi suprimido por Esquivel --quizá para que no hiciera sombra a su Malinalli--, es Aguilar el que narra la conquista de México en las falsas memorias de El futuro fue ayer, interesante novela de Torcuato Luca de Tena. Tampoco tiene justa presencia la mujer de Cortés. En fin, todo antagonismo, toda situación dramática que pudiera enriquecer la trama, es desaprovechada a favor de disquisiciones sentimentales y metafísicas. Muy poco de historia y casi nada de novela. Claro que toda novela es una ilusión, pero cuando no está bien escrita --no importa cuán grande y bello sea el tema-- causa una profunda desilusión.
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| Daniel Fernández es periodista y escritor. El presente artículo fue publicado en El Nuevo Herald. |