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RED LITERARIA

Rompiendo lanzas a favor de la 
buena literatura

 
La nueva novela latinoamericana
El brillo de su presencia 
por Javier Arévalo
    Vargas Llosa era Faulkner y Flaubert, algo en sus obras había de Sartre, claro, y García Márquez comenzó debiéndole lo real maravilloso a Kafka. Fuentes se trepaba a la tradición experimentalista y bebía de Joyce y de Woolf, y así todos.  Ellos nacieron en Latinoamérica y hace algunas décadas fueron el asombro del mundo: miren, dijeron desde el ombligo occidental, los sudacas también podían escribir novelas.
    ¿Qué celebramos con el boom? Desde esta distancia, la aparición de extraordinarios escritores, creo yo. Sería estupendo que ningún patriotismo, ni nacionalismo, oscureciera esta celebración. No quiero más a estos grandes autores porque hayan nacido en América, no se ganan más mi aprecio que Ruhsdi, que Isiguro, que Naipul, que Monsó, que Marsé, y que tantos otros dados a luz en otras coordenadas.
    Lo que celebro, si algo celebro, es la novela. La novela es la verdadera agasajada y los chicos del boom lo saben, se lo deben todo.
    Escribir novelas es una de buena costumbre que heredamos a la modernidad. Aunque sean malas, aunque el mercado ponga en las mesas de las librerías miles de títulos escritos a pedido y al gusto del cliente, siempre habrá novelistas alimentados por la verdadera tradición de la novela. Estos novelistas seguirán existiendo y sintiendo en sus conciencias la exigencia de hacer de la novela el curso por donde corre su sangre invisible, es decir, su veneno de libertad.
    El boom cumple años, también la Bardot y se ve bien vieja, pero sigue siendo Bardot y los escritores del boom continúan siendo esa tropa de talentosos escritores que sobrevivieron a las perversas sociedades latinoamericanas, siempre tan acostumbradas a exterminar a sus creadores.
    Celebremos entonces, además de la novela, su estricta supervivencia y su reproducción. Los hijos de la novela se multiplican, ahora, y espero, que cada vez importe menos que alguien escriba en Tokio o en Lima, en Santiago que en Flandes, en Roma que en Caracas. Lo que me importa es que el territorio se expanda, que la novela siga diciendo de nosotros, del planeta, de los humanos lo que dice para escozor de nuestras propias conciencias.
    Porque si la novela no incita, no perturba, no confronta la realidad desde su fantasía ansiada hasta la más panfletaria de las denuncias, no es novela.
    Hoy escribimos novelas con la misma convicción con que lo hicieron (y lo hacen) nuestros predecesores: si somos o no cultores del realismo urbano, del realismo mágico, del fast writing food, del realismo sucio, del existencialismo, del ismo que sea, importa poco, lo que importa es la novela.
    El tiempo de la novela no está marcado por fenómenos comerciales. Que la talentosa agente literaria Carmen Balcells, que el innegable maestro editor Barral, que las emergentes editoriales americanas desde México y Argentina hayan sido capaces de crear ese boom es algo que siempre nos ha llamado la atención. Con sorpresa, el ombligo del occidentalismo vio que los latinos reproducían una vieja tradición europea y, descubrían que en las capitales americanas los nativos comenzaban a cultivar el amor por ese género incómodo al poder, que por naturaleza confronta siempre a la realidad, incluso cuando quiere retratarla.
    La novela americana cuestionó el occidentalismo: si aquellos que no eran exactamente occidentales daban aire y vida renovada a una de las tradiciones más arraigadas de lo occidental, entonces lo occidental no tenía nada que ver con razas, sangres o territorios.
    La novela no nos incorporó al mundo occidental, sólo abrió otra latitud al territorio de la novela, a su historia, o, para no ser pretencioso, a su bitácora.
    ¿Se expandió nuevamente occidente con la expansión de la novela? La pregunta para mí es la siguiente: si Occidente es (o era) Europa y es (era) su hijo más temido, Estados Unidos, ¿qué éramos los indios que habitábamos las tierras americanas por debajo de la línea ecuatorial y un poquito por arriba, pero sólo hasta el río colorado?
    La verdad es que me resulta bastante bizantino discutir sobre la expansión de Occidente. El mundo es nuestro universo y de él formamos parte todas las culturas. Pero para cada cultura (diría, para cada incultura) los bárbaros siempre existen y están más allá. Cuzco, como Roma, son el ombligo del mundo, pero esa regla antropomorfa no nos sirve ya. Hay una cultura mundo, con peculiaridades, singularidades regionales, como es obvio, ni siquiera mi vecino y yo somos estrictamente iguales, pero hay muchas cosas en común a todas las culturas que habitan este planeta: sólo hay que darse una vuelta por el mundo para comprobarlo.
    El arte difumina fronteras (odiosas), y la novela revienta cualquier intento de definir a una sociedad por rasgos privativos o por señas exclusivas.
    Es cierto que en las novelas los autores describen personajes, dicen de sus pelos, de su piel, del color de sus ojos, representan territorios, bares, distritos, casas, fingen voces, pero la sustancia que da vida a cada acto es la imaginación del lector que reinventa cada gesto del héroe, cada lágrima de la heroína, cada olor en el castillo y estoy seguro de que cada uno de nosotros tiene a su Ana Karenina, a su Lolita, a su Sancho Panza.
    No he leído a Kanzeburo Oe para saber como es Tokio, ni Pilar Adón me ha mostrado la mejor forma de comunicarme con los españoles, ni siquiera podría reconocer un paisaje de los que Irving me ha descrito con tanto cariño en esas sus novelas que tanto quiero, ni me interesa si un autor ha ganado o no premios, menos si nacieron en la esquina de mi casa o en un país cercano al mío. Mi único cariño, amor, pasión es la novela. ¿Hay una nueva generación produciéndolas? Obviamente, siempre nace alguien, es una vieja costumbre entre nosotros los humanos el reproducirnos y multiplicarnos.
    Una de las preguntas que se resiste a responder un joven escritor que adoró a casi todos los autores del boom es ¿somos mejores o peores que quienes nos precedieron? ¿Nuestros libros están o no a su altura? La respuesta, obviamente, no debe salir de mis dedos tecleadores.
    De lo único que estoy seguro es que ellos, como nosotros, compartimos un género que nos permitió dejar constancia de nuestro paso por el planeta. El arte ha de ser grito, controlado, manipulado, pero grito. La novela es un grito muy audible, y es capaz de convocar, y de reunir.
    Pero algo debo admitir: mi intuición es que nuestras novelas no tienen hoy la fuerza, la magia, el espíritu que tuvieron las novelas de los muchachones del boom. ¿Es un problema de calidad, de mercado, de públicos, de mentalidad?
    A lo mejor es cierto que las utopías que los animaban a ellos ahora ya no nos encienden el alma y esa actitud religiosa con que se creaba entonces ha dejado paso a una especie de nihilismo esperanzado. Creamos, sabiendo que nada cambiaremos, que la batalla está perdida, que la existencia es absurda, que el progreso es una fantasía, pero creamos y eso es como refutar el nihilismo, pero igual no se mueve. Por eso la esperanza y por eso el nihilismo. Ya no esperamos el futuro,  agotamos un presente sabiendo que a nadie le debemos explicaciones, salvo, como dice Kundera a Cervantes, porque está muerto y es imposible dárselas, me imagino.
Javier Arévalo (Lima, Perú, 1965), es uno de los miembros más destacados de la brillante hornada de nuevos escritores peruanos que surgió a inicio de los años noventa en ese país, y compañero de generación de autores como Jaime Baily, Fernando Iwasaki, Iván Thais o Ronaldo Menéndez. Su producción narrativa es muy amplia: ha publicado dos libros de relatos: Una trampa para el comandante (Lima, Mashabajo editores, 1989), y Previo al silencio (Lima, Signo Tres, 1995), así como las novelas: Nocturno de ron y gatos (Lima, Peisa, 1994), Instrucciones para atrapar a un ángel (Lima, Signo Tres, 1995), y  Vértigo bajo la luna llena (Lima, Alfaguara, 1997). El beso de la flama (2001) es su primera novela publicada en España con la editorial Opera Prima. El presente artículo fue tomado de Literaturas.com.