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Rompiendo lanzas a favor de la 
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Rimbaud y Bukowski: malditos genios
por David Guzmán
      Ni beatrices, ni dulcineas, ni diosas del Parnaso: la literatura del submundo y la rebelión se ha escrito sin más musas que el ajenjo, la nicotina y una biografía huracanada. Separados por más de seis décadas, Arthur Rimbaud (Charleville, 1854 - Marsella, 1891) y Charles Bukowski (Andernach, Alemania, 1920 - San Pedro, California, 1994) encarnan, con distintos procedimientos, la imagen decadente del creador maldito, del outsider que pugna por sobrevivir en el mundo y en la página. Rimbaud, de cuyo nacimiento se cumplieron 150 años, clausuró su vida literaria con sólo 20, tras reinventar la poesía y escandalizar a sus coetáneos; a tan tierna edad, Bukowski --muerto hace una década, a los 73-- apenas esbozaba sus primeros versos. Ambos conocieron por igual el hastío, la miseria y aun la cárcel. Y junto a una obra singularísima, los dos legaron al arte una forma de vivir y de beber.
      La bohemia parisina del XIX y la agitada California de los 60 fueron el marco de inspiración de dos rebeldes que "trazaron caminos inversos", como sugiere David Roas, profesor de Literatura Comparada de la UAB: "Bukowski, en primer lugar, vive, y sólo después se pone a escribir; Rimbaud empieza con la literatura y luego se pasa a la vida". Difícil separar, en cualquier caso, la experiencia humana de la ficcional en dos proyectos que tienden a integrarlas. Con todo, Roas recuerda que la obra del joven poeta "debe más a una reflexión estética que vivencial, y probablemente --aventura-- hubiera escrito versos más crudos en África, enfermo y con una sola pierna".
      A los 18 años, los versos de Rimbaud ya habían habitado Una temporada en el infierno (Visor/Proa); Bukowski, en cambio, habría de pasar en el averno bastante más: el éxito de Escritos de un viejo indecente (Anagrama/Pòrtic) le llegó con medio siglo. De las torturas al escándalo, del alcohol a la misantropía, he aquí un viaje por cinco de los círculos infernales que jalonan dos obras malditas. 
      Si Henry Chinaski, el antihéroe protagonista de Bukowski, no fuese a la vez su alter ego, las experiencias que narra en La senda del perdedor (1982) provocarían menos escalofríos; pero el padre tiránico que obliga a su hijo borracho a ingerir los propios vómitos remite, sí, al verdadero Henry Bukowski. Que la relación con su progenitor fue siempre tormentosa lo prueba la orgía que el escritor organizó en 1958 para celebrar su fallecimiento. Atrás quedaban años de palizas, algún navajazo y, según cuenta en Hank (Anagrama) su amigo y biógrafo Neeli Cherkovski, una infancia sin juguetes.
      No fue ése, sin embargo, el episodio más traumático del Bukowski adolescente: a los 13 años, quien habría de convertirse con el tiempo en una pústula enquistada en la moral yanqui desarrolló una grave enfermedad que le cubrió el rostro de forúnculos. La crueldad de los compañeros de instituto fue más dolorosa que el tratamiento. Tímido y solitario, Hank abandonó el hogar a los 20 años para emprender su particular trashumancia en los suburbios. Iniciaba así una nueva vida, y estaba dispuesto a bebérsela a chorros.
      En Rimbaud, la figura paterna tuvo menos influencia (desapareció cuando tenía 6 años) que la materna: la colérica Vitalie Cuif sometía a los pequeños Arthur y Frédéric a castigos regulares, desde encierros en el cuarto a privación de comida y bofetadas. Pero el hijo menor se reveló pronto un genio: aún preadolescente, recibía en el instituto decenas de premios ante la admiración de sus maestros. Uno de ellos, George Izambard, se convirtió también en mentor y consejero literario, prestándole lecturas que su madre proscribía.
      En 1870, cuando la asfixia doméstica era ya insoportable, Rimbaud inauguraba su carrera de enfant terrible: se fugó a París sin un solo franco y, al ser detenido sin documentación, pagó su primera insolencia: una semana en la prisión de Mazas. Aun así, poco después, tras la preceptiva paliza materna, huyó de nuevo atraído por los disturbios de la Comuna. Tras la caída, el poeta incipiente escribiría en La orgía parisina o París se repuebla: "Los paseos que una noche colmaron los Bárbaros, el sol / los ha limpiado con sus ardientes pulmones". 
      Antes de conocer a Paul Verlaine, Rimbaud ya le había enviado los versos --sobre traseros y pederastia-- que le abrieron las puertas del París literario a finales de 1871. Era el inicio de una relación entre dos genios malditos, escandalosa pero fecunda: en el poema Vagabundos, Rimbaud evocaría sus correrías: "Y errábamos, alimentados del vino de las cavernas y la galleta del camino, urgido yo por encontrar el sitio y la fórmula". Provocadores congénitos, los amantes llegarían a escribir juntos el Soneto del agujero del culo. Londres, y después Bruselas, fue el final de ese amor-odio: borracho, Verlaine disparó al poeta y fue acusado de intento de asesinato.
      La de Bukowski fue una perversión distinta: desde su primera experiencia, a los 24 años, con una prostituta, su trayectoria sexual (y la de sus personajes) preocuparon incluso al FBI, dados los violadores de niñas, la delincuencia y la misoginia de sus relatos. Tras muchos fracasos, quien halló la paz junto a Linda Lee a los 60 años confesaría a su amigo Sean Penn: "A veces pinto una mala imagen de las mujeres, pero incluso yo salgo peor parado". 
      Marcado por las erupciones del rostro, la imagen de Hank se confundió durante años con la del homeless mugriento y pobre. Durante los 10 años que consagró a beber y deambular por EEUU, en trabajos mal pagados y pensiones peor lavadas, creó el personaje greñudo y borrachuzo que lo convertiría, a su pesar, en icono del underground. Pero conviene señalar, como matiza Roas, que "más allá del mito de escritor baboso, la literatura de Bukowski ofrece una visión desesperanzada del mundo, compleja y meditada".
      Entre el bombín y la camisa blanca que le embutía los domingos su madre y el iracundo vagabundo con piojos de París median dos años en que Rimbaud forjó su deliberada rebeldía física y moral. En el poema Adiós, de 1873, trazó el autorretrato de aquella época: "Me vuelvo a ver, la piel roída por el barro y la peste, los cabellos y las axilas llenos de gusanos, y con gusanos aún más gordos en el corazón".
      En las Cartas del vidente, de 1871, el joven Rimbaud definió su proyecto estético, basado en el dérèglement de tous les sens, el desarreglo de todos los sentidos: a través de los placeres, las virtudes, la experiencia, el poeta verá. Y vaya si vio. Herencia de su admirado Baudelaire, el artista adolescente conoció los paraísos artificiales junto a Verlaine, en Montparnasse, en forma de alucinógenos, hachís y ajenjo. En los antros de la bohemia parisina, Rimbaud amplió horizontes líricos y perceptivos, que le condujeron a unas Iluminaciones --su segundo poemario en prosa y última gran obra-- en las que el poeta muda su credo y sentencia: "Tenemos fe en el veneno".
El verso aparece en Mañana de embriaguez y, no en vano, eran los desayunos el momento preferido para el delirio etílico: nuevos universos se abrían entonces como preámbulo a la "alquimia del verbo" que siempre persiguió Rimbaud, en poemas escritos en noches tambaleantes: "Me gustaba el desierto, los vergeles calcinados, los tenderetes marchitos, las bebidas entibiadas".
      Más de medio siglo después, en las noches de Los Ángeles, Bukowski emprendía su descenso de 10 años al submundo de mendigos, putas y tugurios. Visitó la cárcel, el hospital (úlceras de estómago) y convivió tan de cerca con el vino y el bourbon que atesoró material para cientos de relatos y varias novelas. Siendo ya un autor célebre, en su periplo europeo de 1978 --descrito en Shakespeare nunca lo hizo (Anagrama)-- incorporó también el alcohol en televisión: ante 50 millones de franceses, en el prestigioso Apostrophes de Bernard Pivot, Hank vació tres botellas de vino, injurió al presentador y manoseó a una invitada antes de ser expulsado. Porque el brebaje de borrachos irredentos, ludópatas y pornógrafos recorren a la vez los libros y las páginas de su propia vida, bañadas, entre otros líquidos, por la treintena de cervezas que situaba junto a la máquina de escribir. El alcohol era, a su juicio, casi inocuo: "Es destructivo para la mayoría de la gente, pero yo soy un caso aparte. Hago todo mi trabajo creativo cuando estoy borracho". A tenor de su trayectoria, fue casi un milagro que Bukowski alcanzara los 73. Tras haber padecido, eso sí, tuberculosis, leucemia, cataratas y neumonía.
      El Charles Bukowski que aparece en los archivos de Edgar Hoover, director del FBI en los 60, tiene poco que ver con el escritor que nunca perseguía la polémica, si bien su propia obra la motivó demasiadas veces. Hank rehuyó siempre la gloria, y le interesaron más la cerveza y sus mujeres que la fama o el compromiso; jamás quiso hacer bandera de la contracultura de la que sin embargo fue adalid. "¿Cómo puede una persona que no está interesada en casi nada escribir sobre algo?" --se interroga en las páginas de Shakespeare...-- "Bueno, yo lo hago. Escribo sobre todo el resto: un perro perdido caminando calle abajo, una mujer que asesina a su marido; los pensamientos de un violador mientras le pega un bocado a una hamburguesa; la vida en la fábrica, la vida en las calles y las habitaciones de los pobres y los mutilados y los locos ...".
      Universos incómodos y nada complacientes, con frecuencia inspirados en episodios perso-
nales. A ese respecto, el teórico David Roas advierte de una paradoja: "Tal vez se pueda escribir como Bukowski sin haber vivido sus experiencias, pero es seguro que él no escribiría así de no haber vivido de ese modo". Embriagado, el autor de Hijo de Satanás descubrió unas palabras de Jean-Paul Sartre que suscribiría ya siempre: "El infierno son los demás". Con todo, en su último viaje a Europa, tras una vida sin más fe que la lectura y el alcohol, el viejo indecente visitó varias catedrales. En medio del éxtasis (etílico), Bukowski dijo entonces comprender que "un gran Dios le habría "ayudado en medio de tanta porquería y terror y dolor".
      Tampoco ningún dios socorrió al joven Rimbaud, obsceno, anticlerical, misántropo y aquejado del "atroz escepticismo" que describe en las Iluminaciones. El "poeta de la rebelión", como lo definió Albert Camus, cayó sobre París como un ciclón en 1871, cuando Verlaine lo presentó en sociedad. Genial pero insolente, capaz de eyacular en el vaso de leche de su amigo Cabaner, Rimbaud asistió a varias de las cenas en los grandes círculos intelectuales. En la última (marzo de 1872), contraatacó a un insulto ("pequeño sapo") del fotógrafo Carjat con un cuchillada, en la que fue su despedida de la bohemia parisina. La última gran rebeldía del enfant terrible sería su autoexilio africano, donde perdió una pierna y, sobre todo, se deshizo del pasado maldito que tantas veces llegó a maldecir. 
 
David Guzmán. El presente artículo ha sido tomado de El Periódico, de Cataluña.