El síntoma: en sus primeras
24 horas, Harry Potter y el príncipe mestizo, de J. K. Rowling,
sexto volumen de los siete que tienen por protagonista al joven aprendiz
de mago, vendió 9 millones de ejemplares, superando en 4 millones
al título precedente. De esos 9 millones, 6 millones 900 mil corresponden
a los Estados Unidos —el resto a Inglaterra—, y da un promedio de unos
250 mil ejemplares por hora, totalizando unos U$S 100 millones de ganancias
(más de lo recaudado por las dos películas más taquilleras
exhibidas en cientos de salas de ese país durante el fin de semana).
Parte de esas cifras se suman a los 576 millones de libras esterlinas (cerca
de mil millones de dólares) que Rowling había ganado hasta
febrero de 2004 en concepto de derechos por los más de 280 millones
de ejemplares vendidos y traducidos a 61 lenguas. No hay datos precisos,
pero es de suponer que un año y medio más tarde los números
han aumentado considerablemente para Rowling. Es la primera persona que
alcanza tal fortuna por la escritura y venta de sus libros.
La saga de Potter se compone hasta
ahora de Harry Potter y la piedra filosofal, Harry Potter y la cámara
secreta, Harry Potter y el prisionero de Azkaban, Harry Potter y el cáliz
de fuego, Harry Potter y la Orden del Fénix y Harry Potter
y el príncipe mestizo.
Salvo por el aspecto económico,
podría decirse que la cuestión no es del todo nueva. En la
historia de la literatura existen numerosos ejemplos de textos que han
despertado el fervor apasionado del público. Es sabido que Alemania,
a partir de 1774, año de la publicación de Die Leiden
des jungen Werther, fue sacudida por una ola de suicidios que pretendían
emular el gesto del personaje creado por Johann Wolfgang von Goethe; o
que los lectores estadounidenses del británico Charles Dickens iban
a hacer cola al puerto de Boston para leer la continuación de los
folletines de ese escritor, incluidos en la prensa recién llegada
de Londres; o que en 1880 el editor del Giornale dei Bambini, agobiado
por las cartas de protesta de sus lectores, obligó a Carlo Lorenzini
(Collodi) a que resucitara a Pinocchio en una segunda parte de su famosa
novela, luego de que el autor decidiera darle muerte a su personaje. Sin
embargo, lo que sorprende ahora es la dimensión del fenómeno
Harry Potter, que tiene lugar en un mundo globalizado y, por lo tanto,
paradójicamente más pequeño.
Así, termina revelando, por
el tipo de reacciones que suscita, datos concretos sobre el estado de la
cultura.
Incompatibilidades
Más allá de los vericuetos
de las distintas tramas, en las novelas de Harry Potter lo verdaderamente
importante parece ser la magia. A J. K. Rowling y a sus personajes no les
importa saber por qué pasan las cosas —al fin y al cabo, una preocupación
de la ciencia—, sino tener a mano la fórmula apropiada para lograr
el efecto deseado.
Hay quien sostiene que el pensamiento
mágico es la norma y el pensamiento científico, la excepción.
Si así fuera, la lista de las cosas regidas por la magia o el misterio
aumentaría considerablemente y bien podrían sumarse al vudú
haitiano, al tarot esotérico y a la poesía de Olga Orozco,
las llamadas "ciencias de la educación", las plataformas de los
partidos políticos, lo que los lacanianos piensan que es el pensamiento
de Lacan y las diferentes formas que asume la fe (incluida la fe en la
ciencia ya que la ciencia no es una cuestión de fe). Por supuesto,
corresponde aquí añadir las religiones en general. Es probable
que muchos sinceros practicantes de las disciplinas y credos mencionados
se sientan ofendidos por esta caracterización, aunque frente al
espejo les agrade verse a sí mismos como una suerte de intermediarios.
Es el caso de los religiosos, que prefieren imaginarse como depositarios
de alguna verdad revelada. Por eso es tan fácil volverse fanático.
Y en cuestiones de fanatismo —desde el cura Baseotto a los talibanes— ya
se sabe lo que es capaz de hacer la religión: tarde o temprano,
corre sangre simbólica o real. Luego de los herejes, a partir de
Santo Tomás que asoció a los magos con el diablo, la Inquisición
tomó nota. Según esa rica tradición, hoy le toca comparecer
a Harry Potter.
El primer ejemplo tiene por protagonistas
al protestantismo identificado con la derecha religiosa estadounidense.
En 1999, según señaló el New York Times, miembros
de diversas comunidades de Minnesota, Michigan, Nueva York, California
y Carolina del Sur solicitaron públicamente la exclusión
de los libros de Harry Potter de las aulas y bibliotecas escolares por
considerar que fomentan el interés en el ocultismo. Esas objeciones
fueron seriamente consideradas, lográndose así la consiguiente
prohibición. No es todo. En 2002 —según Raúl Caballero,
editor del diario La Estrella, de Texas—, el pastor Jack Brock, de la Iglesia
de la Comunidad Cristiana de Alamogordo, Nuevo México, sin haber
leído ninguno de los volúmenes de la saga, denunció
a Harry Potter en los siguientes términos: "Detrás de esa
carita de ángel se esconde el poder satánico de las tinieblas.
Harry Potter es el diablo y está destruyendo a la gente", y acto
seguido llamó a los buenos cristianos a quemar públicamente
los libros de Rowling, lo cual hicieron con toda diligencia.
Para quien piense que esas cosas
sólo ocurren en países cuyos habitantes carecen de una educación
adecuada —y basta con consultar los manuales de escuela primaria estadounidenses
para advertir que ése es el caso—, resultará interesante
saber que, a fines de 2002, se supo por la prensa que una lectora de la
aldea de Tarusa, a unos 100 km de Moscú, denunció ante la
Fiscalía de la capital a la editorial a cargo de la publicación
de los libros de Rowling por prédica de la brujería y por
atacar la moral ortodoxa. La Fiscalía decidió la creación
de una comisión especial, integrada por escritores, maestros de
escuela y representantes del clero ortodoxo para realizar un peritaje sobre
los libros. Mientras el proceso —que puede terminar con la censura de los
libros— sigue su curso, Mijail Dudko, portavoz oficial del patriarcado
ortodoxo, señaló que los libros de Harry Potter presentan
como buenos, elementos que en la tradición cristiana se consideran
fuerzas del mal.
Con todo, las noticias más
espectaculares proceden del corazón de la iglesia católica.
El 3 de enero de 2002, el padre Gabriele Amorth, exorcista oficial de la
diócesis de Roma y presidente de la Asociación Internacional
de Exorcistas (un club bastante exclusivo), declaró a la agencia
ANSA: "Detrás de Harry Potter se esconde la firma del rey de las
tinieblas", y para disipar toda duda, aclaró: "El demonio". No es
el punto de vista de un alucinado, sino una posición casi oficial.
La abona el contenido de la carta que el 7 de marzo de 2003, el prefecto
de la Doctrina de la Fe, máximo responsable de fijar la ortodoxia
de la iglesia, le envió a la escritora alemana Gabriele Kuby. Esta
había escrito un sesudo ensayo donde expresaba que Harry Potter
corrompe a los jóvenes y altera su sentido del bien y del mal, dañando
su relación con Dios ya desde la infancia. En la nota que lo acompañaba
preguntaba sobre la conveniencia de que los jóvenes lectores conocieran
la saga. El prefecto, entonces cardenal, le respondió textualmente:
"Harry Potter contiene sutiles seducciones que actúan inconscientemente,
distorsionando profundamente la fe cristiana en el alma antes de que ésta
pueda crecer adecuadamente". Esa carta fue hecha pública recientemente.
La firma Joseph Ratzinger, hoy Benedicto XVI.
Aunque los libros de Harry Potter
ya sufrieron distintas formas de censura, resulta interesante mencionar
que, al menos hasta hoy, ni judíos ni musulmanes (y mucho menos
budistas, taoístas, sintoístas, confucionistas e hinduistas,
para mencionar otras religiones mayoritarias) se han manifestado contra
el joven brujo de Hogwarts.
No puede decirse lo mismo de los
intelectuales.
Contraindicaciones
Con tanto ruido, los "opinólogos"
profesionales no se la iban a perder. El primero fue Harold Bloom, una
suerte de cruzado que, de tanto luchar contra lo políticamente correcto,
tiende a pensar que las taras que afectan a la sociedad estadounidense
son universales. El 7 de noviembre del 2000, Bloom publicó en el
Wall Street Journal un artículo destemplado contra Harry Potter
y la piedra filosofal, primera de las novelas de la saga. Allí,
el autor de La angustia de las influencias planteaba una serie de
problemas sobre los que quizás valga la pena volver. El primero
que menciona —y al cual de inmediato le resta toda relevancia— tiene que
ver con lo bien o mal escritos que están los libros de Harry Potter.
Así, luego de haber ubicado a Rowling, con alguna injusticia, en
la misma serie que a John Grisham, Tom Clancy, Michael Chrichton y Stephen
King por el solo trámite de que vende mucho, dice que su mala escritura
no constituye el problema principal.
Bloom, en su crítica, no define
qué es una buena escritura. Sin embargo, quienquiera haya leído
a algunos de los autores mencionados observará que no se trata de
escritores a quienes les importe estudiar en profundidad la psicología
de los personajes, desarrollar un estilo o desplegar una forma por encima
de cualquier otra preocupación. Los mencionados buscan apenas que
la trama se desarrolle sin interferencias, centrando sus esfuerzos en lo
que tiene que pasar a continuación para llegar al final pretendido.
Hay quien lo hace mejor y quien de tanto en tanto trastabilla. Valdría
entonces la pena considerar en qué medida logran ese cometido en
lugar de juzgarlos por no ser lo que está claro que no son. Tom
Clancy no es Henry James y Michael Chrichton no es Marcel Proust, y ninguno
de los dos ha manifestado deseos de ser otro que quienes respectivamente
son. En cambio, tal vez sea más pertinente imaginar al desprolijo
Stephen King como un continuador devaluado de Edgar Allan Poe, quien, al
igual que Guy de Maupassant o Roberto Arlt, fue un escritor estilísticamente
desmañado y formalmente ripioso a quien hoy juzgamos clásico.
Se dirá que Poe, a diferencia
de King, buscaba decir cosas más trascendentes. Se dirá también
que King, sobre todo cuando escribe corto, se equivoca menos que Poe. Muy
probablemente, pero no son ésas las cuestiones que Bloom está
juzgando en su crítica. Lo que a él en realidad le interesa
es el segundo problema que plantea, al que le atribuye mayor importancia:
los libros de Harry Potter carecen de imaginación. Sostiene que
su modelo fundamental es Los días de escuela de Tom Brown,
de Thomas Hughes, publicado en 1857. Según Bloom, el libro describe
de manera realista una escuela de Rugby, dirigida en ese entonces por Thomas
Arnold. Para el autor de Presagios del milenio, Rowling ha leído
ese volumen "mirando a través del espejo mágico de Tolkien".
Bloom vuelve a cometer el mismo error: juzgar, considerando aquello que
Rowling no quiso hacer porque resulta claro que la autora no quiso escribir
un libro realista. Luego, la imaginería de la que se nutrió
Tolkien es la misma de la que se nutrió buena parte del movimiento
romántico inglés, a saber:
1) las legendarias falsificaciones
del escocés James Macpherson, quien a mediados del siglo XVIII había
inventado al autor del apócrifo "ciclo de Ossian", verdaderos best-sellers
de la época;
2) las teorías de lo sublime
de Edmund Burke y su derivación hacia el estudio introspectivo de
sus propias emociones, privilegiando, por más inmediata, el miedo,
lo que serviría para que en Inglaterra se desencadenara la ola de
novelas de horror gótico y, posteriormente, el género de
terror —en las novelas de Ann Radcliffe y Matthew Lewis, y algo después
en Mary Shelley (autora de Frankestein, 1817) y Charles Robert Maturin—,
hasta la aparición, en el siglo XIX, de otros géneros conexos;
entre ellos, la novela de misterio y la policial;
3) las recopilaciones de "reliquias
literarias" de Thomas Percy,
4) los tratados sobre brujería
de Sir Walter Scott;
5) los escritos de Matthew Arnold
quien, desde su cátedra de poesía de la Universidad de Oxford,
exhortó a sus alumnos a seguir modelos que sirvieran para contrarrestar
la autosuficiencia victoriana que, según él, habían
llevado a la muerte espiritual de Inglaterra;
6) la obra literaria y gráfica
de William Morris y su interpretación por parte del teórico
Walter Pater;
7) la labor de los pintores prerrafaelistas,
quienes reaccionaron contra el arte victoriano, propugnando la adhesión
casi fotográfica a la realidad emocional, recurriendo temáticamente
a la historia legendaria y caballeresca de la Inglaterra cristiana, a Dante
y a los pintores del Renacimiento italiano, y la defensa de esas obras
por parte de John Ruskin; y esto sólo para empezar.
Así, resultará
fácil comprobar que muchas ficciones escritas en inglés tienen
como origen la imaginería mencionada con las consiguientes variaciones
y agregados (en el caso de Rowling, Dickens, Lewis Caroll y James Barrie,
por ejemplo). El asunto, en todo caso, es ver cuáles son las proporciones
que le corresponde a cada libro porque, es claro que las novelas de Tolkien
—cuyo culto es muy anterior a la saga cinematográfica— abrevan en
estas fuentes en una medida distinta que las novelas de Rowling.
Pero a Rowling no sólo la
criticó la academia. También los progresistas se mostraron
conservadores a la hora de opinar. José Saramago, sin haberla leído,
opinó para el diario Folha de Sao Paulo que la serie era similar
a la de Tolkien. En una y otra denunció una "especie de falso medievalismo,
con castillos misteriosos y brujas", y uno quisiera saber en qué
medida no pocos libros existentes —empezando por El castillo de Otranto,
de Horace Walpole, y siguiendo por Ivanhoe, de Sir Walter Scott—
no están llenos de "falso medievalismo, con castillos misteriosos
y brujas", incurriendo en el mismo pastiche.
Luego, Saramago justificó
el éxito en la necesidad de la gente de relacionarse con lo sobrenatural,
a lo que el peruano Daniel Salvo, en el artículo que recoge esas
informaciones, señala: "Es curioso, además de absurdo, que
un escritor reste méritos a un libro y a sus lectores por la 'necesidad'
que el libro satisface y que los lectores, según Saramago, poseen".
Entonces, en lugar de criticar lo que Harry Potter satisface en la gente,
sería interesante tratar de averiguar por qué la gente necesita
eso. ¿Acaso porque a una época de aparentes certezas la sigue
una de absoluta incertidumbre? Si es así, Harry Potter no sería
el síntoma de un nuevo virus, sino más bien la cepa actual
de una tendencia que viene repitiéndose de época en época,
con puntual persistencia. Así como el positivismo necesitó
las novelas de Jules Verne o de H.G. Wells, la posmodernidad, necesita
las de Harry Potter. Y así como Verne y Wells no nos ofrecieron
otra cosa que entretenimiento, no es claro por qué habría
que pedirle algo más a Rowling.
Diagnóstico
Lo que los libros de Harry Potter
suscitan desconcierta. Sin duda es mucho para una historia que, al fin
y al cabo, apenas es literatura. A este respecto, Elvio Gandolfo comenta
dos aspectos centrales que se suelen pasar por alto. Respecto del primero,
sostiene que "no se trata (o al menos no se trata solamente) de que Harry
Potter 'inicie a la lectura' a los adolescentes, como si se tratara del
doloroso rito de una secta secreta". Luego añade que "Rowling no
tropieza con el hoy omnipresente tono New Age de mucha fantasía,
y sobre todo no escribe 'para niños'. Ni Caperucita Roja,
ni Cenicienta, ni los libros de Alicia, de Carroll, ni La sirenita
o La reina de las nieves de Andersen, ni los Libros de Narnia
de C. S. Lewis, ni El señor de los anillos fueron escritos
con esa autocensura movediza de lo que es bueno o no 'para niños',
desde el punto de vista de los padres, y los directores o directoras de
colegio y de colecciones 'infantiles' (...). Fueron escritos como buenos
relatos con una relación compleja y cambiante con la realidad".
Cada época tiene sus libros.
Hoy, cuando las noticias llegan puntualmente a cada casa, con su carga
de estupidez y de maldad, en el momento mismo en que la familia almuerza
o cena, reunida alrededor del televisor, parece algo difícil que
los chicos y adolescentes se interesen por muchos de los libros que constituyeron
el solaz de otras generaciones. Hoy es el turno de Harry Potter y de los
libros que componen La materia oscura, de Phillip Pullman. Y no
se discute aquí si Emilio Salgari o H. P. Lovecraft son mejores
escritores que J. K. Rowling, quien apuntando casi al mismo público,
logró más plena y ampliamente su cometido. Interesa, sí,
sostener que, al menos a título personal, uno quisiera seguir pensado
que los libros que Jack London publicó para el público juvenil
aventajan a los de Rowling porque, como Poe, el autor de Colmillo blanco
o El llamado de la selva apuntaba a ideas más trascendentes
y no simplemente a entretener. Quizás, desde un presente tan confuso
como el actual, ver a un chico con un libro de ochocientas páginas
en la mano sea un primer paso para llegar a eso.
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