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Reseña sobre el libro Mi país inventado,
de Isabel Allende
En el reality show de la literatura chilena, Isabel Allende resulta, una vez más, amenazada por talento. Después de escribir, a lo largo de veinte años, seis novelas de cuestionable calidad y a menudo más cercanas a los tópicos del folletín que a la narrativa de primera línea --empezando por La casa de los espíritus, que le dio inesperada fama y fortuna--, y tras publicar La ciudad de las bestias --relato para púberes pleno de clichés edificantes--, nuestra simpática escritora intenta ahora ajustar cuentas con el Chile que dejó. En efecto, Mi país inventado es una sentida crónica autobiográfica que abarca desde la infancia de la autora hasta su actual “californización”, pasando por sus tiempos de ingeniosa reportera --cuando “civilizaba” a los hombres desde la revista “Paula”--, el golpe de Estado, el exilio y el divorcio en Caracas, y su fulminante enamoramiento de Willie Gordon, un corpulento norteamericano que se casó con ella y la ancló en San Francisco. Todo ese cóctel es complementado con mil y una disquisiciones sobre lo que significa ser chileno --aquí y en la Quebrada del Ají--, más un sinfín de anécdotas existenciales y familiares. Es cierto que Isabel Allende habla de un Chile “inventado”, pero, en lugar de encontrarnos con una intuición poética sobre el país, nos topamos con un texto que suena más bien a folleto de divulgación para extranjeros curiosos. Si en Mi país inventado Isabel Allende pretendía recrear Chile desde una visión personal, cautivadora y profunda, ese noble propósito se va, como quien dice, a las pailas, pues la cualidad confesional del libro es boicoteada por el mismo tono hiperbólico de sus narraciones más difundidas. El problema no reside en escribir una crónica autobiográfica como si fuese ficción, sino en la calidad de esa escritura: tono, lenguaje, organización de los materiales, punto de vista del narrador. Al hecho de que el tono “novelesco” relativiza aquí la verosimilitud de los sucesos evocados por la autora (se puede ser literariamente “verosímil” sin ser “realista”), se agrega la inconsolable constatación de que su prosa, proclive a los recursos del realismo mágico (su adjetivación, sintaxis y fraseo han sido comparados, de abajo hacia arriba, con García Márquez), no alcanza una factura literaria convincente. Se trata, es cierto, de un Chile “inventado”, pero, en lugar de encontrarnos con una intuición poética sobre el país pasado y presente, nos topamos con un texto que suena más bien a folleto de divulgación para extranjeros curiosos. Se diría que la autora padece la simplificadora manía de describir rasgos y personajes de la sociedad chilena con pintorescos trazos de brocha gorda, flor de caricatura antropológica: a la insólita afirmación de que no existe familia en Chile que no tenga un animal como mascota, se agrega, por ejemplo, una idealizada generalización sobre las capacidades sentimentales de la mujer chilena. O sea, “todos” los chilenos somos así o asá, según el cliché de turno (que a veces contradice a otro esgrimido unas páginas antes).Teñido por una recurrente cursilería, ojalá involuntaria, “Mi país inventado” es obra de una observadora intrépida cuyos atisbos de humor merecían mejor suerte. Como sea, el lector no se explica por qué la novelista no se querella de una vez contra las musas, pues esta bomba de lugares comunes es capaz de erizarle los pelos al más profesional de los faquires. |
| Tomado de El Mercurio, Chile. |