Llámenlo aberración o como
se les antoje, pero en ocasiones una mala crítica puede hacernos
leer un libro para comprobar si en realidad tiene todos los defectos que
se le achacan. Fue precisamente eso, una valoración negativa aparecida
en Críticas (edición de enero-febrero del 2005), lo que despertó
mi curiosidad por Mi amado Mister B., primera novela del argentino
Luis Corbacho. No es usual que esa revista estadounidense publique notas
tan cáusticas como la que dedicó a dicha obra. Así
que quise comprobar si las objeciones apuntadas por el reseñista
Carlos Rodríguez Martorell (falta de inventiva, reiteraciones, pobreza
en los diálogos, etc.) eran justificadas o no.
Lo eran.
Gato por liebre
Hay amores que matan, asegura un refrán.
Y otros que, al ser novelados, resultan igualmente mortíferos para
cualquier lector de mediana inteligencia. Tal es el caso de esta primera
novela de Corbacho. Si el libro no recreara los amoríos de su creador
con el novelista peruano Jaime Bayly, seguramente nunca hubiera llegado
a una imprenta. Por si a algún distraído llegara a escapársele
la similitud entre el Mister B. del título (peruano, bisexual, padre
de dos hijas, novelista y exitoso conductor de programas de televisión)
y el autor de No se lo digas a nadie, la nota de contraportada se
encarga de subrayarla. Estamos, pues, ante un producto semiconfesional,
que parece tener como principal target a los admiradores de Bayly.
Aunque la editorial que publicó
Mi
amado Mister B. (la sucursal de Planeta en Santiago de Chile) intente
hacernos creer en la nota de solapa que se trata de “una obra ágil,
atractiva, rápida y certera, donde los diálogos, la evolución,
la psicología y la conducta de los personajes son manejados con
soltura y precisión”, basta con leer las páginas iniciales
para darse cuenta de que nos están tratando de vender un gato muy
flaco como si se tratase de una suculenta liebre. En su debut como novelista,
Corbacho, colaborador de las ediciones en español de revistas como
Vogue
o Maxim, acumula páginas y páginas de una prosa que
podría ser pasable en una nota destinada a una publicación
light,
pero como literatura artística resulta penosa.
Las penas de un orto
¿Cuál es el tema de esta suerte
de novelita rosa? Los amores del joven periodista porteño Martín
Alcorta y un escritor peruano de éxito 15 años mayor que
él. (Como si no fueran suficientes los libros en los que Bayly ha
repetido una y otra vez las muy parecidas aventuras bisexuales de un personaje
idéntico en circunstancias casi iguales, Corbacho vuelve a torturarnos
con otra variación de lo mismo). El deseo de un joven clase media
de insertarse en un mundo fashion y snob es apenas un desvaído
telón de fondo que, en manos más expertas y neuronas más
imaginativas, podría haber dado para mucho más. Pero, para
ello, los personajes hubieran tenido que ser más atractivos y consistentes,
y no los esbozos caricaturescos que se mueven erráticamente de un
capítulo a otro.
En cuanto a los conflictos, en una primera
etapa parecen circunscribirse a lo doloroso que puede resultar el sexo
anal (el texto está saturado de frases como “no podía creer
que este peruano famosito me estuviese lubricando el culo para rompérmelo”,
“mi culo estaba cerrado como un candado y me moría de dolor cada
vez que alguien intentaba abrirlo”, “No me rompiste el orto, pero sí
el corazón”); y más adelante se abren a otras problemáticas
(el “me quiere, no me quiere” de una relación sentimental un tanto
incoherente y las dificultades del joven gay en el seno de su familia que
no está al tanto de su orientación sexual), desarrolladas
sin mayor relieve ni originalidad. Para empeorar el panorama, los diálogos,
lejos de ayudar a caracterizar a los personajes o de darle peso a la trama,
adolecen de ser demasiado previsibles, redundantes y faltos de ingenio.
Dime con quién te acuestas y te diré cómo
escribes.
Cuando se toma como paradigma a un autor
de imaginación y recursos composicionales tan limitados como Bayly,
no es mucho lo que puede esperarse de un epígono. Corbacho intenta,
sin lograrlo, ser desfachatado y escandalizar con sus alocadas observaciones.
Pero en los tiempos de Queer as Folk, su irreverencia gay es bastante
timorata. La pobreza del estilo, las exasperantes repeticiones y las digresiones
que sirven de relleno son los peores enemigos de este discípulo
de Bayly. Quien pretenda llegar hasta el final de las 270 páginas
de Mi amado Mister B. tendrá que armarse de paciencia. Veamos
algunos pocos, pero reveladores, ejemplos del vuelo y la creatividad de
la prosa.
En la página 14, se nos habla del
“riguroso traje oscuro”de Felipe Brown y sus “anteojitos de intelectual”,
y en la 22, Corbacho da pruebas de su fértil imaginación
o de su mala memoria al recordarnos, una vez más, “su riguroso traje
oscuro, esos anteojos, ese peinado”. ¿No hubiera podido ser más
riguroso con su estilo y sustituir, al menos, el adjetivo riguroso? Pero,
paciencia, que el traje de Brown reaparece en la página 46 cuando
el narrador dice: “Me calenté muchísimo al verlo con ese
traje oscuro impecable”. Bueno, el chico iba mejorando: repitió
lo de oscuro, pero cambió el riguroso por impecable.
En la página 41, se nos dice que
“Felipe se encargó de obviar el tema y a la hora de pagar lo hizo
con la mayor elegancia y discreción”. Lo cual no es óbice
para que, en la página 77, en otra escena, el autor escriba que
Felipe “pagó con total discreción y trató de obviar
el tema”.
En la página 25 se nos informa que
Josefina, la hermana mayor del protagonista, es abogada. Pero en la 66,
o a Corbacho se le olvidó lo que había escrito o pensó
que a nosotros podría habérsenos olvidado, pues vuelve a
la carga: “Jose, la más grande, acaba de llegar del estudio (es
abogada)”.
En Mi amado Mister B. abundan, así
mismo, las frases confusas o pésimamente redactadas. Una perla:
“Al ingresar por la puerta giratoria veo a Horacio Peña, el encargado
de prensa de la editorial que pactó nuestro reportaje con este escritorcillo,
que para ser sincero, sus libros y sus confesiones bisexuales me dan lo
mismo”. Obviamente, la frase que comienza con el segundo "que" debió
incluir un "cuyos" y tener otra construcción. Pero los editores
de Planeta Chile no se percataron del error, como tampoco se tomaron la
molestia de sugerirle al autor que eliminara cursilerías como “siempre
lleva ropas ajustadas y diminutas que dejan al descubierto su finísima
capa de piel blanca” (¿!) o enderezara frases ininteligibles como
“Mariana no deja de lamer con ademanes fálicos su quinto chupetín
del día”. (En teoría, el adjetivo fálico debería
estar relacionado con el chupetín que lame Mariana y no con los
ademanes).
De reiteraciones de principiante como éstas
(e incluso peores) está plagada la novela. En un ejercicio de un
curso de escritura para novatos, esos errores podrían tolerarse.
Pero, ¿en una novela de Planeta? ¿A dónde vamos a
llegar? Al parecer, a pesar de tratarse de un texto de un autor novel,
nadie en la editorial consideró necesario hacerle una rigurosa corrección
de estilo. Y buena falta que le hace.
Otro de los lastres del libro es su profusión
de alusiones a marcas, que llega a resultar pueril y abrumadora. En la
página 22, Martín se engalana para su cita con Brown: “Llevaba
puesto mi jean preferido (el de Gap, ese viene con un washed system
que
da el efecto de desgastado en la zona de las piernas), una polera bordó
oscuro de manga larga recién compradita en Zara y mis Nike color
arena”, sin olvidar la mención a “mis calzones nuevos de Caro Uomo,
blancos y ajustados”. En la 54, Martín nos detalla su “remerita
ajustada azul marino con escote en “V” de Zara, un pantalón celeste
claro bien holgado de la misma marca, y mis zapatillas Adidas blancas con
las tres tiras azules”. En la 69: “me puse en los brazos y en el cuello
una crema perfumada de Banana Republic que me robé en una de las
producciones de la revis. Abrí el cajón, elegí un
calzón negro y ajustado de Calvin Klein. Revisé el placard:
me puse la remera de manga larga roja y azul de Bensimon y el pantalón
de corderoy color camel de Zara. (…) Para los pies tenía tres opciones
combinables: las zapatillas rojas de Adidas, las azules de gamuza de Nike
o las de cuero marroncitas de Zara. (…) Para terminar, me eché litros
del último perfume de Givenchy”. Sin comentarios.
¿Qué he hecho yo para que Planeta me haga esto?
Lo que más desconcierta e irrita
al concluir la lectura de esta novela “a la manera de Bayly” no es la falta
de madurez y de pericia técnica de su autor. (Al fin y al cabo,
no todo el mundo puede ser Raymond Radiguet y escribir una maravilla como
El
diablo en el cuerpo a los 20 años). Más que el facilismo
y la falta de originalidad, lo que resulta un insulto para el lector es
que un sello editorial de esta categoría apueste a una obra tan
deficiente guiándose por propósitos que nada tienen que ver
con la calidad literaria y sí, mucho, con el sensacionalismo, la
frivolidad y el “morbo”. Intenten hacer dinero, de acuerdo, pero con productos
que tengan, al menos, un mínimo de calidad literaria. La plata que
se invirtió en imprimir, distribuir y promover este libro tan poco
satisfactorio bien hubiera podido dedicarla Planeta Chile a sacar a la
luz a algún talento joven con mayores méritos.
En un capítulo de su novela, Luis
Corbacho escribe, refiriéndose a un profesor de gimnasia que conoce
el protagonista en una discoteca gay: “Hablando era un desastre: su vocabulario,
muy limitado; sus temas, predecibles, y su onda… ¿quién se
había robado su onda?”.
Curiosamente, esa podría ser también
una excelente descripción de Mi amado Mister B.
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