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Rompiendo lanzas a favor de la 
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En respuesta a un prólogo de Francisco López Sacha
por Rolando Morelli
    La editorial Letras Cubanas de La Habana ha publicado el título Isla tan dulce y otras historias, una compilación de cuentos y relatos de autores radicados fuera de Cuba, entre quienes me encuentro, a cargo del compilador Carlos Espinosa. Como no obra en mis manos un sólo ejemplar de esta antología —que los editores debieron habernos enviado a los colaboradores en la empresa, a manera de retribución— no podría pronunciarme aquí acerca del conjunto recogido por Espinosa, pero siento que debo hacerlo a propósito del prólogo (escrito por el señor Francisco López Sacha) del cual he tenido conocimiento gracias al envío del propio Espinosa. Si se trataba, como insiste en señalar el prologuista a lo largo de su trabajo, de hacer posible que se leyera en Cuba a un número —ni siquiera bastante abarcador, pero de cierto modo representativo— de narradores cubanos cuya obra se desconoce dentro de los confines geográficos isleños, dicho prólogo o bien estaba de más o bien resulta todo lo contrario de lo que dice proponerse. De lo que se trasluce, y de lo que se manifiesta por las claras, la intención del prólogo no es otra que la de intervenir y mediatizar, con arreglo a unos criterios ideológicos sesgados, los textos que luego se pondrán al alcance del lector. Pero sobre todo, se trata de presentar como evidencia de apertura e inclusión desde La Habana, lo que no es sino otra muestra de mala fe y manipulación ideológica.
     No es casual que luego de pasar revista a autores en quienes cree hallar o puede, en efecto, dar con el asidero ideológico que confirme sus premisas ideológicas, o bien le permita soslayar un enfrentamiento de esta naturaleza, esto es, Severo Sarduy, Lourdes Casal, Mayra Montero, Fausto Masó, Julio Miranda, Lourdes Tomás y José Antonio Arcocha, el prologuista parezca enfilar sus cañones para desestimar, si no desde el punto de vista artístico-literario, desde el ideológico, a los dos únicos autores que, según se desprende del prólogo, parecerían ofrecer una resistencia insoslayable a la asimilación y a la distorsión fácil. Estos dos relatos corresponden respectivamente, y en el orden en que son despachados, a Rolando D. H. Morelli, autor de estas notas, y a Luis Marcelino Gómez, a quienes ubica dentro y como únicos ejemplos de lo que el prólogo denomina “narraciones de marcado tono confesional”. Para acercarse a ambos relatos, el prologuista decide colocarlos dentro del contexto de otras narraciones semejantes por sus propuestas “vivenciales” o “confesionales” que, según dice, se escribieron en Cuba “desde mediados de los años 80 [cuando] comenzó a practicarse con mucha fuerza entre [los] narradores más jóvenes, en particular, en temas y asuntos referidos a circunstancias históricas y sociales que hasta entonces no tenían una tradición tan arraigada, o simplemente no habían sido tratadas con profundidad en la cuentística que les precedió”. Habría ya aquí mucho que decir en respuesta a tales afirmaciones, aparentemente anodinas y sin segundas intenciones. 
    En primer lugar, el cuento de Morelli que comenta, cuyo título es inequívocamente “Afuera”, es, según observa L.S., “una especie de crónica del desgarramiento que comienza en los tempranos años de su protagonista y se extiende hasta los sucesos del Mariel en 1980”.  Dicho cuento, es justo decir, fue escrito casi a raíz de tales sucesos, no a mediado de los ochenta, y forma parte de una larga tradición ya existente en el país antes de 1959, y de una actitud o disposición hacia la escritura entre nosotros que sí existió en todo momento... a la que incluso se impuso el nombre de “testimonio”, cuando el estado cubano creyó conveniente secuestrarla. 
     Esta forma, alentada incluso, al frente y en contrapartida a otras maneras expresivas, se alentó siempre y cuando se caracterizara por su tersura, o “compromiso” ideológico, (es decir, por una completa identificación) con el signo oficial. Resulta contradictorio, cuando menos, que López Sacha afirme lo que se cita con anterioridad, y posteriormente hable de un “retorno de ese material directo y vivencial” y proceda a nombrar “la narrativa de la violencia” de los años 60 dada por Jesús Díaz, Norberto Fuentes y Heras León. Aun si convenimos en que fueran estos tres nombres citados por L.S. los únicos que se adscribieran a “lo vivencial”, y los años 60 aquellos donde se manifestó tal inquietud en la escritura cubana, debemos preguntarnos ¿por qué se desvaneció así, de repente, tal tendencia? ¿Qué pasó durante todos esos años en que no hubo, al decir de López Sacha, ningún interés por expresar lo “vivencial”? ¿Sería acaso necesario distinguir entre “lo testimonial”, tan caro a la ideología del Partido, y lo “vivencial” o “confesional”, presuntamente ausente de nuestra literatura, a que ahora se refiere L.S.? 
     El prologuista se confunde o trata de confundir al lector. No sería festinado señalar en este punto que jóvenes como eran entonces Norberto Fuentes y Heras León, a pesar de su evidente identificación político-ideológica con el sistema político, no pudieron escapar al flagelo y castigo que recayó sobre ellos a causa de “desviaciones” respecto a la ortodoxia. Estas desviaciones se manifestaron y recogieron en forma de libros que llegaron, incluso, a ser premiados antes que una mano ubicua y omnisapiente los señalara entre los réprobos.  El castigo al que estos autores y muchos otros fueron sometidos incluyó el silenciamiento más absoluto. La promesa que, como escritor, fuera entonces Eduardo Heras León, no se repuso nunca de tal acometida. Cuando años después se “reincorporó” a la plantilla de los escribidores domésticos, lo hizo con un libro horrendo por muchos motivos: Acero, que recogía sus experiencias en un combinado metalúrgico. Por su parte, Norberto Fuentes no se apareció con otro libro hasta el detestable mamotreto sobre Hemingway, aupado por la mano del fabulista mayor, Gabriel García Márquez. Ya para entonces, conviene señalar, Fuentes había dejado de ser contestatario y revolucionario para hacerse útil con su pluma e incluso con su fama de otrora enfant terrible dentro de la Revolución, por cierto, inmerecida. 
      López Sacha crea, con sus palabras y con sus silencios, una cosmovisión contradictoria y jalonada de olvidos cómodos antes de ocuparse de los dos autores que no se avienen con facilidad a sus coordenadas. Una vez metidos en esta camisa de fuerza ideológico-artística que con toda impunidad les impone el prologuista a los cuentos de Morelli y Luis Marcelino Gómez, pasa a continuación a hacerles una vivisección que los convertirá en “piezas” o trofeos de caza capturados e inmovilizados entre las páginas de Isla tan dulce y otras historias. Respecto al cuento de Morelli, lamenta L.S. que “el clima de tensión se [produzca] desde una conciencia individual atribulada por el deseo de salir del país en el seno de una familia dividida —unos desean partir y otros no— sin que el paisaje exterior a los hechos determine el crecimiento y la intensidad del conflicto”.  Subrayo este reparo porque seguidamente se habla de la experiencia represiva a que es sometido el adolescente, aunque el prologuista una vez más se confunde cuando atribuye la rebeldía del personaje a su deseo de no marcharse de Cuba, cuando el texto de Morelli no hace otra cosa que insistir en la aspiración de escaparse, que es precisamente el origen del conflicto entre el muchacho y sus padres, así como también el hecho de que éstos se muestren satisfechos o resignados al curso de los acontecimientos políticos. La admiración por su tía —oveja negra de la familia, según la madre del protagonista— obedece precisamente a la vista larga y a la determinación de que aquélla da muestras, a pesar de toda la oposición y el ostracismo que enfrenta a su alrededor. El prologuista se confunde una vez más (o lee con sesgada intención el texto de Morelli) al afirmar que el chico “abandona los estudios para rehuir el Servicio Militar”, cuando lo que el relato declara es que, luego de presentarse a una citación militar y de ser enrolado en el ejército, pese a contar con un buen expediente académico —lo que en teoría debía librarlo de tal selección—, se le declara no apto, pero ya no se le permite reintegrarse a sus estudios sino que se le asigna a la fuerza laboral, en la cual se le ofrece trabajar como porquerizo. Por negarse a aceptar dicha ocupación, le es aplicada la ley contra la vagancia y es apresado. De la cárcel vienen a librarlo los inesperados acontecimientos de la Embajada del Perú y el subsiguiente éxodo por el puerto del Mariel, cuando una vez más acude en su ayuda —y en cumplimiento de una promesa largamente aguardada— la tía de los comienzos.  Si hay mucho de “absurdo” —que lo hay, indudablemente— en el cúmulo de desgracias que se precipita en avalancha sobre el personaje del adolescente, especialmente a partir del momento en que éste entra en edad militar, no hay en tales sucesos nada de “paradójico”, pues lo que el prologuista llama “el paisaje exterior” sí determina “el crecimiento y la intensidad del conflicto”. Otra cosa muy distinta sería “estar en el pueblo y no ver las casas” , como reza el dicho. No hay dudas de que, a juzgar por sus palabras, López Sacha no consigue ver “más allá de sus narices”—como dice otro acerto del genio popular. Para demostrarlo fehacientemente, permítaseme citar algunos segmentos del relato en cuestión. El cuento comienza así:
     Los viejos nunca hablaron de irse a ninguna parte, aunque parecía que todo el mundo se iría y nos quedaríamos sólo nosotros. Mi tía Emilita ya tenía arreglados los papeles para marcharse a España con su familia y nada más esperaba la salida de un momento a otro. Se mostraba confiada de que todo marcharía bien, jactándose un poco de su sentido común (…)
    —Este país es nada más que para la gente sin aspiraciones —solía decir (…) 
    ["Algo está pasando", Editorial Persona, Hawai, 1992]. 

     Ese “paisaje exterior” que López Sacha asegura echar de menos comienza a esbozarse ya desde las primeras líneas del relato. Asimismo, el conflicto que tiene lugar a lo largo del mismo está dado en esencia, por esa incapacidad para “el sentido común”, de que dan evidencia los padres del muchacho y que, en cambio, derrocha su tía. Pero no sólo de “sentido común” se trata:

     Yo abrigaba de algún modo la esperanza de que en algún momento la tía Emilita me sorprendiera dándome la noticia de que yo también podría irme con ellos, uno más entre mis primos, pero sabía en el fondo que eso no sería posible, que de repente ser primos era casi nada, no parecía tener el valor de siempre. No contaba para nada.
     El viejo, sin embargo, parecía no enterarse de aquello y mi madre tampoco parecía alarmada, por el contrario, le reprochaba a su hermana menor que pensara en irse tan lejos de la familia a un país extraño, como si la culpara a ella y no a lo que pasaba a nuestro alrededor de la desvalorización de la palabra primo.
     —Déjalos, —pontificaba— … que ya los veré volver muy pronto, con el rabo entre las piernas. Si es que los dejan.

      ¿Qué le sugiere al comentarista la desvalorización de la palabra 'primo', de que se lamenta el adolescente, de la cual éste alcanza una comprensión decisiva que parece escapárseles a sus padres? ¿Qué indicios aportan el “no parecía enterarse de aquello”, que el adolescente imputa a su padre, y el “mi madre tampoco parecía alarmada, por el contrario, le reprochaba a su hermana menor que pensara en irse tan lejos de la familia a un país extraño, como si la culpara a ella y no a lo que pasaba a nuestro alrededor…”? 
      No se trata aquí, únicamente, de la ruptura familiar vivida en Cuba como consecuencia directa del castrismo, sino de la experiencia en carne propia de tal ruptura por parte de un adolescente, lúcido más allá de sus años, pero el cual no cuenta, en razón de su misma edad, del poder de decisión sobre su propia vida que le permita acompañar a su tía, con cuyas aspiraciones el adolescente se identifica. Lo que viene después, y recae sobre este personaje, si bien resulta “absurdo” no es en modo alguno “paradójico”, sino la justa consecuencia de un estado de cosas precedentes, que el adolescente anticipa ante la indiferencia, la ceguera e incluso la complicidad de sus padres con el status quo. De ahí que, aún antes de entrar en edad militar, y luego de la partida de sus tíos y primos, el adolescente reflexione en voz alta:
 
     Por mi parte, en la medida en que las nociones del mundo exterior se expandían mediante breves, inexactas y esporádicas noticias sobre esos países desconocidos, cuyos nombres se aprendían en las clases de geografía, más compacto y reducido se me iba volviendo el mundo inmediato, como una chaqueta del invierno anterior que acaba por apretarnos demasiado. (…) Ahora yo tenía trece años y las infinitas plagas de la adolescencia, moscas pertinaces e incansables, zumbaban constantemente alrededor mío, se levantaban de mi cuerpo y yo tenía la impresión de que anunciaban esas muertes que yo iba muriendo: hacían evidentes a los otros esos cadáveres que yo era. Por un tiempo entonces, mi pasión por los lugares se concretó a los sellos. Coleccionaba sellos de países remotos donde no hubiera adolescencia y soñaba que afuera era un país inmenso y sin fronteras donde andarían la tía Emilita, el tío Julián y mi primo Jorge de un lugar a otro.
     Aquellos fueron años muy duros para todos, pero cada uno parecía empeñado en ocultarlo menos los jóvenes, que nos defendíamos de llevar melenas largas y de vestir de manera extravagante aduciendo que era la moda en todas partes, aunque en verdad hubiera en esta misma protesta de inocencia un contenido transparente. Cuando la policía lanzaba una redada contra los peludos y nos sacaba hasta del cine por el pelo, no nos valía de nada defendernos aduciendo que aquélla era la moda. 

     ¿Quiere López Sacha más “paisaje exterior”?  El trasfondo que se ofrece a ese drama en el que tantos cubanos podríamos reconocernos —obviamente no es el caso del prologuista— basta para proveer un contexto que esté muy lejos de ser una naturaleza muerta en manos del narrador. Pero un relato tampoco está llamado a ser una suma teológica (ni siquiera teleológica), ni mucho menos podría haber sido la intención de este autor producir una coartada ideológica a la medida de las aspiraciones del señor López Sacha cuando dice: "[Morelli] deja sin suficientes valoraciones las causas que producen el rencor y la infelicidad del protagonista, y a la vez las condiciona a su íntima convicción y a su manera de juzgar el país, soslayando, de paso, las condiciones de existencia de una revolución social durante todo ese período, y el conflicto provocado por sus enemigos para destruirla."
     López Sacha dice echar de menos un cuento —otro— donde el autor haga la apología del sistema que obviamente aplasta al adolescente, aduciendo para ello todo tipo de excusas que expliquen como “errores” los excesos e injusticias sistemáticamente cometidos por el castrismo. Es decir, para plantear el conflicto que avasalla al adolescente —ya que no para identificarse con el sino trágico del muchacho— se exige del narrador una supuesta imparcialidad que neutralice las evidencias aportadas por la experiencia del muchacho, enfrentándoles y oponiéndoles otras de contenido puramente ideológico que avalen las “razones” de la Revolución para proceder de determinada manera bajo determinadas presiones presuntamente atribuidas a sus enemigos.  De ahí que el prologuista, a pesar de haber visto que en el relato de Morelli “se resuelve artísticamente la caracterización, el paso del tiempo y el conflicto familiar” no pueda sentirse satisfecho, ya que “[el relato] no puede, en cambio, acceder a significaciones más profundas dentro del contexto que lo singulariza”.  ¿Cuáles serían esas “significaciones más profundas” a las que el cuento de Morelli podría “acceder”, de cumplir con las exigencias que López Sacha le impone? 
     Leyendo la presentación a los cuentos, he vuelto a recordar las palabras con que, en la Revista Verde Olivo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias o en las páginas de El Caimán Barbudo, se fustigó muchos años atrás a escritores entonces jóvenes, indudablemente revolucionarios aunque no ortodoxos, como eran Fuentes o Heras León, para no hablar aquí de Padilla, individualista y enfrentado al canon, cuyo caso habría que tratar aparte. 
     Si se relee esa pieza de censura inquisitorial escrita por un tal Roberto Díaz bajo el título de “Otra mención a los pasos”, que determinó el destino de Heras León, se encontrará una coincidencia desconcertante, por lo mimética, con los reparos que a Morelli y a Luis Marcelino Gómez le depara la reseña de López Sacha. De este otro autor, dirá el prologuista de Isla tan dulce…  que “un punto de vista similar [al de Morelli] pervive en [su] cuento, con la diferencia de que su personaje narrador es ya un adulto y participa en una experiencia de colaboración médica en África”. López Sacha pone en duda una de las premisas ideológicas del narrador, quien teme sufrir represalias si se niega a cumplir con la misión internacionalista que se le encarga. Dice el autor del prólogo: “Lo confesional (…) hace que a lo largo del relato el protagonista se pregunte por supuestas represalias en caso de no aceptar la misión o por un viaje de fuga por el norte de África para hacer escalas en países democráticos [subrayado de López Sacha], colocando con ello una tensión semántica adicional que nos remite de hecho a la retórica de la Guerra Fría. Estas pinceladas retrospectivas y prospectivas no restan, sin embargo, veracidad e intensidad a la historia, y salvo estas incidencias de enfoque, el relato se mueve con total conocimiento del medio y alcanza un final conmovedor”. 
     Cabe preguntarse quién hace gala de un lenguaje propio de la Guerra Fría en las páginas de Isla tan dulce y otras historias, después de leído lo anterior. Es obvio que la época de guerra fría ha terminado, con la derrota —por implosión— del llamado mundo socialista. En Cuba —como pasa siempre desde hace ya demasiado tiempo— y por decisión unánime de uno solo, aunque también se dé cabida a los López Sacha de toda índole, se llega tarde y mal a los acontecimientos verdaderamente significativos para la humanidad. No es pues, de extrañar, que aún tenga lugar a estas alturas una retórica inmovilista y sesgada. Allí el llamado socialismo y la llamada revolución también han pasado a mejor o peor vida, pero algunos no se enteran o no se dan por enterados, en tanto que otros —los burócratas, fundamentalmente— se empeñan todavía en el inútil e interminable papeleo que, a su ver, requiere el cambio. De ello son evidencia las palabras de López Sacha, con su lectura mediatizada y mediatizadora, de los textos que conforman Isla tan dulce y otras historias. ¿Por qué insistir hasta el empalago en la dulzura de esa isla que indudablemente tiene también sus dosis innegables de amargura? ¿Y por qué no habría de figurar como legítimo —sin valladares ni anteojeras de ninguna clase— el factor amargo en su constitución? ¡Un poco menos de edulcorante, y estaremos aproximándonos a una isla más real!

 

Rolando Morelli.  Nació en 1953, en Horsens, Dinamarca. A los seis años viajó a Cuba con sus padres. Creció en Camagüey, donde vivió hasta 1980, cuando salió del país como parte del éxodo por el puerto del Mariel. En Estados Unidos terminó sus estudios superiores, doctorándose en la Universidad de Temple, Philadelphia, ciudad donde ha residido casi de modo permanente desde su llegada a los Estados Unidos. Actualmente es profesor en el Departamento de Lenguas y Literaturas Extranjeras de la Universidad de La Salle. Ha impartido clases en varias universidades norteamericanas, como Tulane, en Nueva Orleáns, y Warton Bussiness School, de la Universidad de Pennsylvania. Tiene publicados, entre otros, Algo está pasando (cuentos, Hawaii), que aparecerá nuevamente en edición bilingüe; Varios personajes en busca de Pinocho (teatro para niños, Cuba) y Leve para el viento (poesía, Paraguay). Su obra ha sido recogida en varias antologías.