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RED LITERARIA

Rompiendo lanzas a favor de la 
buena literatura

 
El oficio de escritor: cómo se hace una novela.
por Jesús Marchamalo
     Recuerda Luis Mateo Díez que iba conduciendo por una carretera y que a lo lejos algo llamó su atención en el arcén. Según se fue acercando, vio que se trataba de un coche que en apariencia no estaba ni aparcado ni accidentado. Lo llama «fogonazo» –curiosamente la misma palabra que emplea Antonio Muñoz Molina–, para referirse a ese momento en que el escritor consigue conectar con una historia. Al llegar a la altura del coche, desvió ligeramente la mirada, y descubrió algo que resultaría crucial: tenía las cuatro puertas abiertas. Ése fue el embrión de Las horas completas.
     Hay quien compara la creación literaria con una habitación oscura en la que el escritor se encierra para ver qué es capaz de vislumbrar con el haz de luz de su linterna. Y de hecho, muchos autores reconocen que sus historias casi nunca parten de una idea, sino de una imagen, de la observación de algo que consigue conmoverlos y despertar sus fantasmas. «Nunca me planteo escribir sobre algo en particular», afirma Gustavo Martín Garzo. «Las historias, en mi caso, surgen de algo que veo, una frase o un sueño que tiene que ver con el descubrimiento de un lugar. Por ejemplo, cuando hablo de El pequeño heredero, lo que me viene a la cabeza es un recuerdo de infancia: había una chica que trabajaba en casa, y un día paseando por el pueblo encontré dónde vivía, una casa muy pobre y triste, mal pintada, con desconchones. Estaba haciendo la cama, con la ventana abierta, y ocurrió que, durante un segundo, el reflejo blanco de las sábanas transformó la habitación en un lugar brillante y luminoso. De ahí nació la novela».
     De todo el proceso de creación literaria, la parte que probablemente más haga reflexionar a los escritores sea el momento y la manera en que surge la idea original, el tema. Para Muñoz Molina, las historias son fruto de un proceso involuntario que se prolonga durante meses o años: el escritor acumula una serie de experiencias en las que se va fijando inconscientemente, hasta que un día algo que sucede, una emoción, una noticia, el titular de un diario –el fogonazo– consigue hacerlas aflorar. «Una novela comienza en el instante en que se establece una conexión entre ideas aisladas, recogidas a lo largo del tiempo, y que justo hasta ese momento no tenían nada que ver entre sí».
Un origen fortuito.
     El origen de las ideas narrativas es a veces tan circunstancial que es difícil esquivar la sensación de que las novelas tienen algo de fortuito. En el caso de Enrique Vila-Matas, sus dos últimos libros son el resultado de otras tantas conferencias: «Cuando hace unos años me encargaron una conferencia sobre literatura y enfermedad, me pasé un tiempo preguntándome de qué enfermedad iba a hablar. Caí en la cuenta de que desde que publiqué Bartleby y compañía me había convertido en un escritor que no escribía. Decidí entonces trasladar mi problema a un hijo inventado, al que llamé Montano, convertido en un bartleby, y al que visita su padre, el narrador, que es un auténtico enfermo de literatura».
     También su próxima novela, París no se acaba nunca, que publicará a finales de octubre, tiene que ver con otra conferencia en la que el autor revisaba irónicamente sus años de aprendizaje literario en París. «Ahora estoy esperando que me encarguen la siguiente, para saber de qué va a tratar mi próximo libro», añade con una punta de ironía.
     Cuando finalmente aparece la idea, se abre un periodo de maduración que cada escritor vive de diferente manera. Fernando Marías cuenta que El niño de los coroneles nació de una sencilla frase, un diálogo que figuraría al final del libro: «No sé cómo te llamas, eres mi hija». «Hay una primera emoción, y a partir de ahí creo una estructura mientras hago la compra, en el baño, o dando un paseo. Me van brotando ideas con las que construyo el armazón inicial que después va cambiando y transformándose».
     La mayoría de los escritores comienzan a trabajar con una idea clara y un argumento más o menos estructurado. Hay quienes son partidarios de una planificación exhaustiva y quienes defienden la improvisación y la sorpresa como alicientes indispensables. «Cuando empiezo a escribir, tengo una idea de los paisajes por los que pienso introducirme», dice Javier Tomeo. «Aunque desconozco los senderos que voy a recorrer, o más bien los que van a recorrer mis entes de ficción». Según Ángela Vallvey, «lo ideal es contar con una buena base que cimiente la historia, pero que al tiempo permita plena libertad para que la construcción de la novela se adapte después a las posibilidades del terreno».
     Para Juan Manuel de Prada, lo primordial es la voz narradora y la creación de un clima que se traslade al lector a través de la escritura. «Yo documento mucho mis novelas, pero cuando me pongo a escribir únicamente tengo un punto de partida y un punto de llegada, con el resto no sé lo que va a pasar, no utilizo croquis, ni esquemas y las notas tienen más que ver con la documentación que con el desarrollo del libro». Luis Mateo convierte cada idea en un cuaderno. «Es un diario de navegación donde hay notas, muy sintéticas, y aportaciones a lo que puede ser el mundo de la novela, la trama, las situaciones, los personajes...»
     Luis Landero suele elaborar un plan en el que divide la historia en capítulos y escenas, aunque reconoce que siempre hay cosas que no funcionan, y soluciones con las que no había contado. Para él son decisivas las revelaciones, las intuiciones que, como un prodigio, hacen avanzar la narración. «Ocurre que se colapsa la lógica, y llega el rayo de la inspiración, normalmente precedido de una gran cantidad de trabajo estéril, al menos en apariencia. Sabes que buscas algo, que ni siquiera intuyes lo que es, te estancas, te desesperas, y de pronto lo ves claro. Yo a veces lo espero, confío en que va a ocurrir, y espero».

El hábito del esfuerzo.

    Hay un momento en que el trabajo del escritor adquiere un componente físico: hay que sentarse en un lugar, y escribir. Una actividad que suele propiciar determinados hábitos en absoluto ajenos al hecho creativo. Javier Tomeo, por ejemplo, escribe siempre por la mañana, justo cuando los pájaros de sus vecinas empiezan a cantar. «A medida que asciende el sol –afirma– mi capacidad de trabajo y mi entusiasmo productivo se debilitan sensiblemente». Menos exigente con los horarios es José Jiménez Lozano, que es capaz de escribir prácticamente a cualquier hora del día, sin apenas ninguna singularidad, ni de tiempo, ni de horario, ni de ninguna otra clase. Fernando Marías habla de dos estados de vida distintos: «O escribo novelas o no. Cuando escribo toda mi actividad acaba volcándose en la novela, y según se acerca la fecha de entrega estoy tan involucrado que tengo el ordenador encendido día y noche, para poder trabajar en cualquier momento».
     Para José María Guelbenzu, las únicas normas son escribir por las mañanas y todos los días, aunque sea una hora nada más, siempre en ordenador. Landero escribe a mano, con distintos colores, según los diversos estados del texto. «A veces cambio de papel al reescribir, y tonteo con las plumas y los colores para tener la sensación de que estoy avanzando. Sólo paso al ordenador la versión definitiva». A Ángela Vallvey su portátil le da una total libertad de movimientos: «Escribo en la mesa de la cocina, en el balcón, en la puerta de entrada, saco el tiempo de donde puedo, y escribo cuando puedo pero, sobre todo, cuando me apetece, que suele ser a menudo». Josefina Aldecoa, por el contrario, precisa de un lugar donde pueda disfrutar de aislamiento y soledad. «Trabajo de muchas maneras», explica. «A veces en la cama, otras sentada, siempre con cuadernos y lápices a mano, y normalmente a máquina, aunque después lo pase a ordenador». Para Aldecoa, es la novela la que se presenta al escritor por medio de observaciones, cosas que se repiten pero, sobre todo, por medio de los personajes. «Creo que los personajes son fundamentales en la medida en que son los que permiten indagar, a través de sus aventuras y relaciones, en la condición humana». Aldecoa necesita saber su edad, conocer cómo ha transcurrido su infancia, y sus datos biográficos más relevantes.
     Es curioso cómo, a pesar de la manera minuciosa con que se construyen, en muchos autores se repite la imposibilidad de verles la cara. «A los personajes me acerco a través de un presentimiento», señala Luis Mateo. «Cuando escribo los siento, son seres que me involucran totalmente, pero nunca un rostro real me ha sugerido un personaje, ni una pintura, o una fotografía. Nunca les veo la cara, puede haber algún rasgo de descripción, pero soy incapaz de verles la cara».
     Al igual que el título de la novela, los nombres de los protagonistas se eligen con especial cuidado. Javier Tomeo los busca sonoros, y no demasiado frecuentes. «El apellido se reduce siempre a una consonante, aunque últimamente estoy haciendo bastantes excepciones. También reduzco a una consonante la ciudad o el país en el que se mueven mis criaturas, así puedo situarlas al mismo tiempo en todas partes y en ninguna en particular. O al menos, eso es lo que pretendo».

Vida y obra de un personaje.

     Muñoz Molina cuenta que, como las buenas historias, los personajes se encuentran, o más exactamente se aparecen, incluso antes que la propia historia. «Hay veces que llegan y se instalan en el solar de lo que será la novela, esperando pacientemente a que empiece la construcción. Me ha ocurrido más de una vez, tener un personaje, y no saber qué hacer con él; en ese caso, lo guardo, como el virtuoso del bricolaje hace con las tuercas y los tornillos confiando en que algún día le servirán». A veces nombre y personaje nacen al tiempo, como el Floro Bloom de El invierno en Lisboa; otras surge primero el nombre, Bribalbo, que después se asigna a un protagonista, y hay personajes, también, a los que cuesta nombrar. «Repasando mis novelas, encuentro que la mayor parte, sobre todo los masculinos, sólo tienen apellido: Minaya, Utrera, Medina, Maraña..., y hay algunos que incluso carecen por completo de nombre, tal vez por mantener parte de su personalidad en secreto, como ocurre en la vida real».
     La relación de los escritores con sus personajes suele acabar siendo tan intensa, que terminan convirtiéndose en una presencia real. «No me ha ocurrido tener que dejar una novela avanzada, pero sí tener que empezar de nuevo», confiesa Martín Garzo. «Sin embargo, me da pavor no saber cómo seguir, es una de mis grandes angustias, sobre todo cuando estás terminando, me angustia pensar que pueda morir y que la historia quede inacabada, no tanto porque sea una historia buena, sino por la orfandad en que quedarían los personajes, incapaces de llegar a ninguna parte. Incluso con la novela terminada tengo la sensación de que los personajes siguen vivos, que andan a mi alrededor, sobre todo los más queridos».
 

Extraña compañía.

     A Juan Manuel de Prada le sucede lo contrario, según va terminando la novela los personajes se convierten en extraños: «Se diría que me abandonan, y acaban provocándome cierto hastío, incluso repugnancia. Para mí, una novela tiene sentido como exploración, y lo que menos me interesa es la peripecia, de modo que cuando me acerco al final, y ya sé lo que les va a pasar, los personajes empiezan a aburrirme, mientras que llegan otros, los de la siguiente historia, que me interesan mucho más».
     La novela termina cuando el manuscrito llega a manos del editor, aunque tampoco éste sea un camino exento de problemas. Recuerda Guelbenzu el original que se dejó en el techo del coche, al repostar en una gasolinera; Luis Mateo, el que extravió en un viaje, y Vila-Matas el que le robaron de un coche, frente al Cock, un bar de Madrid. «Estaba en una maleta, y era una de las dos copias de Lejos de Veracruz. La otra acababa de entregársela a Jorge Herralde, pero me asaltó la idea rara pero posible de que también se hubiera perdido, eso me dejó sin dormir todo el fin de semana. El lunes llamé a la editorial y tras una feliz búsqueda me confirmaron que el manuscrito estaba allí». Desde entonces, toma todo tipo de precauciones, y aprovechando que trabaja en ordenador hace copias constantemente, hasta siete u ocho, de lo que escribe. ¡Ah!, y no ha vuelto al Cock.

 

Tomado de abc.cultural.