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RED LITERARIA

Rompiendo lanzas a favor de la 
buena literatura

 
El desfiladero de los malditos
por José Hugo Fernández
    Entre los más de once millones de seres que hoy viven en Cuba, se podrían contar con los dedos de una mano los que han leído la novela Boarding Home, una joya de la literatura cubana contemporánea. Su autor, el habanero Guillermo Rosales, murió en Miami, a los 47 años de edad, agriado, enloquecido, exiliado total, víctima del fallo con voluntad de penitencia eterna que durante cuatro décadas dictó el gobierno de la Isla contra todo el que intentara airear la mente y el espíritu allende los mares. 
    Claro que ni éste ni otros libros de Rosales fueron publicados en La Habana. Pero su caso no es una excepción. Sobrepasa la cifra de cien la lista de escritores cubanos nacidos o crecidos dentro de lo que llaman la etapa revolucionaria, y que hoy subsisten  desperdigados por el mundo, sin derecho a ser leídos por su público natural, y sin que se les permita, salvo a costa de arriesgar su independencia, la vuelta en busca de un reencuentro con las fuentes primigenias. Aquí se les llama malditos porque han sido marcados por el anatema de la excomunión. 
    En casi todo el continente americano y en numerosos países de Europa, además, en sitios tan impensados como Sudáfrica, Australia, Israel, o Hawai, es posible hallarlos, adscritos a diversas tendencias estéticas y filosóficas, con obras mayores y menores, con mejores o peores oportunidades de acceso a las editoriales y al reconocimiento público, con más y menos suerte, más y menos resignados a empollar como el cuclillo, en nido ajeno, pero ligados siempre por la misma nostalgia y el mismo julepe. Muchos ni siquiera se conocen entre sí. Sin embargo, confluyen en la huella de un pasado común que deviene presente en cada uno de sus textos. 
    Si se aprecia en su hondura la tragedia de estos escritores, tal vez podría resultar comprensible el hecho de que varios entre ellos muestren interés por los planes de reconciliación que ahora sustenta el Ministerio de Cultura de la Isla. Incluso puede parecer natural que más de uno haya pactado ya una suerte de intercambio tácito, mediante el cual se le facilita el acercamiento al público de aquí y aun la posibilidad de vuelta a casa, aunque sea de visita, a cambio de que acepte la invitación, es decir, que entre por el aro. 
    Cada cual con su cuero hace tambores. No más faltara. Y como no es bonito enfrentar la intolerancia desde la intolerancia, no procede un emplazamiento a quienes, haciendo uso de sus libérrimas ganas, acatan otra vez las reglas. 
    Lamentablemente tampoco es posible dejar de recordar que aquellos que le prenden la vela al santo son los mismos que le abrieron la llaga. Ni sería juicioso pasarle por encima a la cuestión sin desgranar dos o tres interrogantes que caen sobre su peso. 
    ¿Será que luego de transcurrido casi medio siglo continuamos viendo como cosa normal que el poder político, siempre el mismo, paute los destinos de la cultura en Cuba? ¿Es que existen diferencias esenciales entre la situación de 1961, cuando Dios dijo conmigo o contra mí, y el actual proyecto, que borra o incluye nombres, que autoriza o desautoriza obras, que perdona o salva, según le resulte conveniente a Dios? ¿Acaso no sería más sencillo que el gobierno demostrara sus buenas intenciones, si las tuviese, dejando de una vez la cultura y el arte en manos de sus auténticos hacedores, sin poses de perdonavidas, sin presiones de ningún tipo, sin condiciones impuestas a partir de simpatías o antipatías, y, sobre todo, abriendo las arcas, pero en serio, a la libre expresión, al pluralismo de ideas y al libre comportamiento individual?. 
    Si asombra constatar la impunidad conque durante tanto tiempo el poder político se ha mantenido alterando su misión, desbordando sus prerrogativas, al marcar los límites de influencia del arte y la cultura, al decidir qué se publica o qué se lee, y al condenar tanto al artista como al hombre común por lo que piensan o por el modo en que resuelven encausar su albedrío, más podría asombrar hoy la inocencia, o la desidia, de quienes le hacen el juego. 
    Ni siquiera resulta sensata la justificación de los que, al no haberse formado como escritores dentro de la Isla, por la edad y/o por determinadas circunstancias, no se consideran comprometidos con la historia. El arte y la literatura, que se nutren de las más diversas, relativas, misteriosas substancias de lo humano, no armonizan con la verdad  incontestable y rígida del totalitarismo. Y este principio ha sido tantas veces probado, que para suscribirlo nadie necesita sufrir en carne propia su lección. Mucho menos en el caso cubano, donde las víctimas son numerosas y están a ojos vista.
    Basta con alzar la frente para identificar a muchos escritores de ahora mismo que han conocido la cárcel sólo porque sus ideas no coinciden con las del gobierno. Rafael Bordao, Néstor Díaz de Villegas, Leandro Eduardo Campa o Armando de Armas, configuran apenas caracteres aislados dentro del extenso mapa. Y están los que por igual motivo perdieron sus empleos, fueron acosados o pasaron hambre. Ramón Fernández-Larrea, voz preeminente de la poesía cubana contemporánea, bien podría representar a esa legión de los convertidos en parias por decreto estatal. En tanto, el destacado narrador Carlos Victoria representa a los cientos, miles, de estudiantes que han sido expulsados de las universidades. Los ejemplos cunden. Desde los más atronadores e infames, como el de Arenas, hasta los menos comentados pero no menos tristes, como el de Raúl Hernández Novás o Ángel Escobar, poetas grandes, impulsados al suicidio por la opresión del cuerpo y del espíritu. Desde los más vergonzosos, como el de la poetisa María Elena Cruz, golpeada por la muchedumbre y enviada a prisión, hasta los más absurdos, como el del poeta Alberto Rodríguez Tosca, quien perdió su trabajo por cuestionar en un programa de radio el status privilegiado de Silvio Rodríguez. 
    Por otro lado, el régimen ha hecho oídos sordos, empecinadamente, ante las obras de autores que se reconocen en el exterior como figuras de la literatura cubana de estos días. Desde aquellos cuyos nombres ya constituyen cita de rigor, como el propio Carlos Victoria o Eliseo Alberto Diego, hasta otros no tan mentados, pero de similar importancia, como el poeta, dramaturgo y narrador José Abreu Felippe; desde Zoé Valdés, cuya fama y soporte promocional sobrepasan el alcance de su talento, hasta Daína Chaviano, ganadora del prestigioso premio internacional Azorín, con una serie de novelas que se alinean entre lo más original que ha creado el exilio en los últimos años y con una prolija obra anterior de ciencia-ficción que la sitúa como la primera autora del género en la Isla. El lector de aquí se ve imposibilitado no sólo de valorar por sí mismo el real mérito de estos escritores, sino de recibir la más leve información sobre su trabajo y su existencia. La política decide a la vez por el artista y por su destinatario. 
    Un cuadro no menos patético puede ser apreciado cuando se desmenuza el paisaje interior de la Isla. Se ha hablado bastante sobre los escritores de adentro que con mayor o menor grado de inocencia le adornan el cetro al régimen, pretendiendo enfocar críticamente su entorno a partir de la recreación de caracteres, situaciones, anécdotas, casos aislados, mas sin ahondar nunca en las esencias del sistema que los engendra. También se menciona con frecuencia a los favorecidos con el llamado exilio de terciopelo, así como a la recua de quienes viven abiertamente al amparo del poder, escribiendo poco, porque las energías se les van en declaraciones sumisas, paseos y homenajes. Sin embargo, casi nada se ha dicho, o en cualquier caso no lo suficiente, acerca del incalculable número de manuscritos que hierven a fuego lento, a la espera de días mejores, anunciados por la Providencia desde hace mucho tiempo, pero que al parecer se acercan llevando por delante el lema de los comerciantes tacaños: hoy no fío, mañana sí. 
     Alguna vez será conocida en sus reveladoras dimensiones la historia de estos autores cubanos que aislados y a contracorriente, se han dedicado simplemente a hacer lo suyo, escribir, con la complicidad del tiempo, con la rumia paciente y enriquecedora como herramientas, y sobre todo, con la libertad total de aquel que nada debe, a nadie teme, y con nada ni nadie está comprometido, porque trabaja para la gaveta. Al menos de momento. 
    Entre lo mejor de esta tendencia, que no será poco, lo bueno que están dando a conocer ciertas figuras ya consagradas del exilio, y lo que pueda salvarse de esa narrativa de la enunciación, útil y hasta importante a veces, dadas las circunstancias, incluso con éxito editorial, pero con sus días contados, como las olorosas guayabas de septiembre, entre todo ello quedará conformado un corpus literario sui generis, que a más de otras lindezas, va a servir para demostrarles tanto a Dios y al Diablo como a su comparsa, que en el arte y la literatura, igual que en la vida, a la fuerza ni los zapatos entran. 
    Mientras, que continúen jugando a dividir para ganar. Después de todo, ni a los que hoy practican el olvido como deporte favorito debe costarles gran esfuerzo distinguir  quiénes son propiamente los malditos y hacia dónde conduce su desfiladero. 

 

José Hugo Fernández. Escritor y periodista free-lance. Licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas, en la Universidad de La Habana. Este trabajo había sido escrito por encargo del portal Encuentro en la Red