Hace
algunos meses leí en este mismo portal un artículo que me
impresionó. “Lobas de mar, o sea, hablando boberías”, escrito
por Nuncio Hernández Valle, enumeraba con lujo de detalles más
de 200 errores geográficos, históricos, gramaticales, y de
todo tipo que aparecían en la novela Lobas de mar, de Zoé
Valdes. Su autora había recibido la jugosa suma de 120.000 euros
por esa novela, tras ganar el Premio Fernando de Lara 2003, auspiciado
por la editorial Planeta.
El
listado de desatinos —pues no se trataba de leves errores, sino de una
garrafal acumulación de disparates— me dejó literalmente
anonadado. Hernández exponía, casi con mano de cirujano,
los descosidos de una novela que había obtenido uno de los premios
más remunerados del habla castellana y que nunca debió ser
publicada.
Para mi sorpresa, y supongo que para la de otros como yo, no había
transcurrido mucho tiempo cuando la prensa anunció que la misma
escritora había sido nuevamente galardonada con el III Premio de
Novela Ciudad de Torrevieja 2004 por su novela La eternidad del instante.
Ese premio acabó por convencerme de la veracidad del rumor —que
más bien es un secreto a voces— que asegura que muchos de los grandes
premios monetarios de la literatura no son reales. Se trata de tácticas
de mercadeo para promocionar a determinado autor que la editorial escoge
por razones más o menos esotéricas.
Quiero aclarar que soy cubano, de una generación algo más
joven que Valdés, y que salí de la isla hace seis años
por las mismas razones que ella. Leí La nada cotidiana, la
novela que le dio fama a su autora, cuando aún vivía en Cuba.
Pese a sus ripios, la defendí entre mis amigos, pues tenía
cierta frescura y modo de narrar que prometían una voz nueva. Sin
embargo, a medida que fueron cayendo en mis manos sus novelas posteriores,
tuve que tirar la toalla y darme por vencido en mis intentos por defender
lo indefendible.
El discurso literario de Zoé Valdés nunca llegó a
levantar el vuelo que prometía. Y no sólo eso, sino que ha
ido de mal en peor, evidentemente exacerbado por su afán de publicar
un libro cada año, y a veces cada pocos meses. Sin una base cultural
sólida, sin la sensibilidad ni el ojo requeridos, sin ese famoso
detector hemingwayano que debe tener todo autor para detectar la porquería
que escribe (Hemingway usó una palabra más fuerte), y con
el apuro de publicar a toda costa, ha ido dejando una obra esperpéntica
que no tiene salvación ni futuro.
Para ilustrar lo que a priori
podría parecer un dictamen
demasiado duro, voy a detenerme en la obra galardonada con el Premio Ciudad
de Torrevieja 2004: La eternidad del instante.
Problemas de contenido
En
La
eternidad del instante, los problemas de forma, contenido y estilo
se suceden y confunden entre sí. Unos producen los otros. Aunque
comprendo que los ejemplos de un grupo pudieran pertenecer también
a otro, he decidido dividirlos porque debía organizar este embrollo
de alguna manera.
Aunque se vista de seda...
Cuando
me dispuse a leer esta novela, creí que la trama reflejaría
la emigración china hacia Cuba. La autora había repetidos
en múltiples entrevistas que la historia estaba inspirada o basada
en la vida de su abuelo chino, el cual había dejado de hablar durante
muchos años y se comunicaba a través de mensajes escritos.
La propia Zoé Valdés aparece disfrazada de china en la solapa
del libro, con un kimono, las manos unidas modosamente en actitud de rezo
y
dos “rabos” pintados en los ojos, en una burda caricatura con la que ha
intentado parecerse a una china y hacer más vendible su novela,
“mostrando” que es un producto sacado de la realidad. Ya había hecho
algo parecido en otra novela anterior, en la que aparece disfrazada de
santera, con un trapo blanco amarrado a la cabeza y rodeada de girasoles,
en un quimérico esfuerzo por identificarse con Oshún, la
diosa afrocubana que simboliza la belleza y la sensualidad, con la cual
la autora no guarda el menor parecido.
Estas ridiculeces de burdo marketing
no son más que un adelanto
de lo que el lector encontrará en la novela. La emigración
china a Cuba provino casi en un ciento por ciento de Cantón, y en
un porcentaje pequeñísimo de zonas costeras muy cercanas,
como Macao y Hong Kong. Pero admitamos que hubo un solo chino que
llegó a Cuba proveniente de la “próspera y privilegiada aldea
de Yaan, en Sichuán” (135), situada en el mismo corazón del
país, a unas 800 millas (casi 1300 km) de la costa más cercana.
Démosle esa licencia.
Si la autora se ha decidido por una historia situada en un tiempo y lugar
tan específicos, lo menos que puede esperar uno es que se ajuste
a las costumbres y a los hechos elementales de ese escenario, independientemente
de la ficción creada. Sin embargo, no tuvo siquiera el cuidado de
averiguar los pormenores ambientales de esa región, ni sus costumbres.
Jineteras sin causa, diálogos artificiales,
y otras incongruencias socio-culturales.
Si
la autora intentó hacer alguna investigación histórica,
no tuvo la menor idea de cómo debía manejarla. Por ello,
en medio de diálogos cotidianos, copia casi textualmente (a juzgar
por el brusco cambio de estilo) datos imposibles en una conversación.
En las páginas 113-4, por ejemplo, se produce el siguiente diálogo
entre el protagonista Mo Ying y su madre, mientras ella cocina:
"—¿Has recordado al abuelo, verdad? —preguntó el hijo.
"Ella asintió.
"—Días antes de enfermar de gravedad, releía ansioso a uno
de los siete sabios de la Selva de Bambúes, el poeta Ruan Yi. Y
también a los antiguos Tao Yuanming, a Li Bo, a Su Dangpo, como
sabes le gustaba mucho la poesía del período comprendido
entre el trescientos sesenta y cinco y el mil ciento uno."
Todo este discurso académico y lleno de cifras, brota de manera
antinatural de boca de una mujer que cocina.
Tres ejemplos más de estas informaciones forzadas que destruyen
la naturalidad de cualquier narración son:
"también era experto en las cinco formas de canto: el Gaoqiang,
derivado del Yiyang qiang, ambos géneros específicamente
timbrados, después le seguía el Kunqiang, que es el sobreviviente
del Kunqu, estilo sofisticado originario de la costa, y el Huqin, desmembrado
de la ópera de Pekín, muy rítmico" (19);
"leía desde los tres años, escribió a partir de los
tres y medio. Su padre la había enseñado, instruyéndola
con los comentarios a Los poemas canónicos
o el Libro
de poemas, la más antigua antología de poesía china,
compuesta por trescientas cincuenta piezas líricas, compiladas en
la época del 770-476 antes de nuestra era" (27);
"y extendió un volumen donde aparecían hermosos paisajes
y poemas caligrafiados por el gran pintor Wang Wei, del período
comprendido entre el 699 y el 759 antes de Jesucristo" (207). [Sospecho
que la mención de Jesucristo muestra que copió los datos
de algún manual occidental].
Por si fuera poco, Valdés piensa que puede compensar su ignorancia
con la descripción de objetos, como tazas o tejidos, a los que invariablemente
adjudica bordes dorados o plateados, siguiendo un cliché que termina
siendo insultante para la inteligencia del lector: sorbió el
té el poeta Meng Ting en la taza fileteada en dorado (13); la
mujer cosía con hilos preciosos de oro y plata las cubiertas de
los libros (19); iba envuelta en una seda roja bordada en hilos
de oro (25); se sirvió té en una taza de porcelana
dorada (32); era un chal de algodón blanco bordado en hilos
plateados (37); sirvió té en dos tazas fileteadas
de chispitas de diamantes (50); un chal de hilo blanco fileteado
en plata (160); un vestido y un pantalón blanco bordados
en plateado (183).
Lamentablemente, las tacitas fileteadas en dorado y las telas de hilos
plateados no son suficientes para crear un auténtico ambiente chino.
Mucho menos si después los propios chinos andan en su país
con un “jabuco” (85) encima ["Jabuco" es un cubanismo que significa bolso,
y que sólo se usa en la isla caribeña].
La
adulteración de la atmósfera oriental llega al colmo cuando
se introducen elementos de la cultura francesa. Estos elementos nunca se
integran a la trama y rompen el ambiente que la autora busca sin conseguir.
Suena realmente fuera de lugar este comentario en boca de un personaje
chino: "Sólo aspiro a envejecer con el deseo de volver a vivir
y honrar a mi hija, la única mujer de mi vida, con una vez digna
de su inteligencia y de la mía. ¿Habrán leído
a Li Yu? Su equivalente occidental es Moliere" (31). ¿A santo
de qué tiene un chino que comparar a un dramaturgo clásico
de su cultura con Moliere? Igual resulta este ejemplo:
"los botones
de las flores de lino y de cáñamo a punto de brotar daban
la impresión de toques puntillistas en un paisaje de Georges Seurat"
(43). ¿Por qué no se menciona mejor a uno de los innumerables
y exquisitos pintores chinos?
También existen numerosas incongruencias sociales. El contacto entre
dos novios antes de la boda era considerado en China de mal augurio y peligroso.
Esta "socialización" entre dos prometidos era impensable. Sin embargo,
cuando el señor Xuang va a ofrecer la mano de su hija, propone a
los padres de su posible yerno —contra toda costumbre— que su hija virgen
se
vea a solas con el desconocido joven en otra habitación. Por
si fuera poco, ella permite que el muchacho la bese en la nuca: un comportamiento
inadmisible.
Mientras los jóvenes hacen de las suyas, los padres se divierten.
“El
señor Xuang, por su parte, se declaró autor heredero del
taoísmo y acto seguido desenrolló un fajo de versos y
leyó
nueve páginas dedicadas al talento histriónico
de Li Ying” (38).
Otra
situación absurda se produce en la página 181, cuando una
joven le dice al muchacho con que hubiera podido casarse:
—Yo no me casaré nunca, prefiero ser concubina o cortesana, como
Hong-fu, quien en el año seiscientos se escapó con el general
Li Jing, o como Zhung Wenjuin, quien se casó en contra de la voluntad
de sus padres con el poeta Sima Ziangru, eso ocurrió entre los años
ciento setenta y nueve y ciento diecisiete. Hoy, desde que te vi, supe
que serías mi primer amor.
Además de la ostensible falsedad del diálogo cargado de cifras,
en una conversación entre dos jóvenes, resulta bastante absurdo
que una joven casadera prefiera el concubinato o la prostitución
a otro tipo de vida. En la trama no existe razón alguna que lo justifique:
se ha criado en un buen hogar, con padres que la adoran y que llegan al
extremo (también inadmisible en esa cultura) de irse a dormir y
dejarla a solas con el joven. Para colmo de imposibilidades, esa noche
la hija ofrece su virginidad al muchacho y cuando el padre se entera, porque
ella misma se lo cuenta, el viejo llama al joven y le dice que él
y su esposa están al tanto de todo lo ocurrido y que quiere “agradecer
el cariño y el respeto con que te has dirigido a ella” (198). Añade
otras muchas idioteces, pero debo abreviar. El lector interesado puede
ir a la novela.
Se hacía grandote, se hacía chiquito...:
desatinos psicológicos e imposibilidades físicas.
No
hay un solo personaje en esta novela que actúe de manera coherente,
de acuerdo con su edad, sexo, posición social o educación.
Los comportamientos y acciones siguen caminos erráticos e inexplicables,
como es el caso de una niña de 4 años que se escapa de su
casa y llega a una encrucijada. “El sendero la condujo a una faja de
agua irregular que fue transformándoseen
riachuelo, y el riachuelo en el vertiginoso Yang-tse-Kiang” (97). A
juzgar por la redacción, la niña parece caminar centenares
de millas en un instante, que la llevan del nacimiento del riachuelo hasta
el curso ancho de uno de los ríos más caudalosos del mundo.
La inverosimilitud no termina ahí. Esta niña prodigio tiene
un vocabulario que ya quisieran muchos adultos. Cuando la pequeña
(¿deberíamos llamarla
Supergirl?) se pone a conversar
con el río, le dice: “Enséñame, río, tú
podrás iniciarme en el aprendizaje de flotar
[...]
Mi padre tuvo que irse muy lejos, a buscar trabajo. No
poseo
muchos recuerdos de él, pero puedo escuchar
su canto. Tío Bu Tah trajo un aparato
que guarda su voz adentro, y cuando mamá le da vueltas a una manigueta,
su canto sale de un caracol inmenso.
Me emociona la voz de mi padre cuando
interpretaba
poemas viejos”(98). Un poco más adelante, en un
diálogo con un perro, esta criatura de 4 años dice: “Pero
si me vuelvo sorda, no podría
escuchar
jamás las voces de mis seres queridos, ni la música.
Ni los sonidos agradables de la vida...”
(101).
En general, no hay consistencia en el retrato de los personajes. En la
página 131, el maestro alaba las cualidades de Mo Ying ante su madre,
entre ellas, “su carácter extravertido”(sic).
Y en la página siguiente, continuando con sus elogios, dice que
“su carácter reservado es una
de sus mejores cartas de presentación” (132). Más adelante,
en la página 133, el maestro dice “jamás
pierde la cabeza” y dos líneas más abajo: “reacciona
y después reflexiona”. ¿En
qué quedamos? ¿Es reflexivo o impulsivo? ¿Es extrovertido
o introvertido?
Otro disparate ocurre cuando el personaje de Mo Ying, que ya es un anciano
de cien años, ha dejado de hablar y se comunica escribiendo. En
el capítulo 33, en medio de una partida de dominó, se dice
que uno de los asistentes confunde fechas o sucesos, a lo cual el anciano
responde con la siguiente parrafada que “anotaba en un cartoncito”:
“Parece
mentira que hayas olvidado semejante suceso, la estancia del escritor Eça
de Queiróz en La Habana, como embajador de Portugal. A él
le debemos mucho: gracias a su gestión se conoció la realidad
apabullante de los contratados, fue el único que se atrevió
a denunciar la situación horrorosa a que se hallaban sometidos los
asiáticos en este país. Toda la esclavitud es onerosa, pero
con los chinos se ensañaron, figúrense, no eran mejores que
los negros en el corte de caña. Y eso que, entre 1848 y 1874 fueron
vendidos en La Habana nada más y nada menos que la pavorosa cifra
de ciento veinticuatro mil seiscientos setenta y tres chinos. Sin contar
los clandestinos, en total, podrían ser unos ciento cincuenta mil.
La protesta del escritor lusitano trajo como consecuencia el tratado de
1877 entre España y China, que no resolvió mucho, ya que
eliminó la contratación legal”(312).
Como diría mi tío, agárrate de la brocha que me llevo
la escalera.
Si resulta absurdo que un chino de cien años, enfrascado en un juego
de dominó, se ponga a escribir tamaña disertación
histórica en un “cartoncito”, peor aún resulta que cite cifras
tan precisas del número de esclavos chinos vendidos, como si se
tratara de un personaje autista. Por si fuera poco, la autora comete
una pifia de calibre cuando el anciano le recrimina al otro que haya olvidado
la estancia del escritor portugués, como si ambos hubieran vivido
el suceso. Queiroz inició su gestión diplomática en
la isla en 1872 y se retiró poco después. Parece que a Valdés
se le olvidó que su personaje no llegó a La Habana hasta
la década de 1920. Pero no podemos pedirle más a quien publica
novelas de 400 páginas con pocos meses de diferencia, como si se
tratara de salchichas.
Otro caso de "autismo" se produce en la página 53. Después
que un personaje emplea casi dos páginas en contarle a otro cómo
crió a su hija:
Un inmenso y perturbador silencio abochornó la tarde, interrumpido
por el señor Ying.
—¿Se da cuenta? ¡Aproximadamente
cuatrocientas seis palabras acaba de emplear usted en contarnos
esa triste anécdota! Ha conseguido echarme a perder el día.
¿Cómo puede alguien contar al vuelo, en medio de un discurso,
el número de palabras que ha empleado su interlocutor? Y ya que
va a mencionar una cifra tan específica, ¿por qué
calificarla diciendo que se trata de “aproximadamente” 406 palabras? Todo
resulta absurdo, de principio a fin.
Situaciones y diálogos grotescos.
Otros
antes que yo han señalado el grado de ridiculez que pueden alcanzar
ciertas escenas en las novelas de esta autora. En La eternidad del instante
hay un buen récord de ellas, pero sólo citaré algunas.
En la página 45, Mei y Li Ying hacen el amor:
La penetró suavemente, Mei suspiró en un quejido hondo.
—Yo soy el Yin y tú, el Yang. Sol y luna, luz y sombra, la montaña
y el río. Las raíces del cielo y de la tierra. Todo y nada.
El hombre tarareó por lo bajo y, entusiasmado, se
puso a entonar una ópera(45).
Otra escena digna de ser citada: "Xue Ying huyó al patio, casi
corría, daba pequeños y cómicos saltitos, entre sus
dientes mordía la punta de la blusa, así experimentaba su
contento". (75).
También cuando nace un bebé:
La señora Ying daba saltitos sobre las puntas de sus diminutos pies,
palmoteaba de alegría como si bailara embrujada, imbuida por cantos
tribales.
—¡La vida será para él un inmenso tesoro! —comentó
a grito pelado [...]
—Audaz, encantador, lúdico, abierto... ¡Aventurero! —exclamó
el señor Xuang.
—Demasiado irritable por momentos —señaló como defecto el
señor Ying.
—Lógico, marido mío, será fácilmente emotivo,
vibrante en sus acciones. Sin embargo, elocuente hasta una cierta edad
[...] Vigilará atentamente sus palabras, planificará exhaustivamente
los extensos períodos de silencio (51-2).
Al margen de la tonta imagen de una anciana que salta y palmotea como un
personaje de comics mientras chilla sandeces, me gustaría
saber cómo es posible que un par de abuelos pueda deducir tantas
cosas, con sólo escuchar los berridos de un recién nacido.
También quisiera que alguien me tradujera al español la frase:
“planificará exhaustivamente los extensos períodos de silencio”.
Contradicciones en la trama.
El
resultado de trabajar a toda carrera y con un desorden absoluto, con tal
de añadir un título más a su currículum, ha
sido fatal para Valdés. En la página 125, Mo Ying es un médico
masajista que trabaja en su oficio en medio de una nube de vapor y que
incluso es llamado para resucitar a un hombre que no respira y al cual
finalmente salva. Cinco páginas después, sin que se haya
producido ningún cambio en sus condiciones de vida, Mo Ying piensa
que “aguardar agazapado toda una noche para a la mañana siguiente
ser el primero en una larga cola y así conseguir ser contratado
en tareas pobremente remuneradas” no es una acción que represente
“un apoyo consistente para los suyos” (130). ¿En qué
quedamos? ¿No era un médico que trabajaba en una sauna? ¿Por
qué ahora parece en una cola de desempleados que buscan trabajo?
Cuando Li Ying es asaltado, alguien deja su cuerpo inconsciente en la bodega
de un barco. Finalmente lo encuentran, pero nadie sabe quién es.
Entonces llaman a un médico francés que viaja a bordo para
que lo atienda:
El
médico registró entre los cabellos enmarañados y ensangrentados
del desconocido, comprobó que de un tirón de pelo le habían
dejado una tonsura, desde la cual se había delineado hacia la frente
una supurante cicatriz.
—De un desgarrón le privaron de una gruesa trenza o de un rabo de
mula. Tenía los cabellos muy abundantes y largos, muy sedosos. Sí,
no cabe duda es un hombre de buena familia. (138-39)
¿De dónde saca el médico,
con sólo observar
la herida del cuero cabelludo, que el hombre había tenido un
pelo muy largo y que era un hombre de buena familia?
Después encuentran que lleva una trenza oculta entre sus ropas.
El médico la huele y dictamina:
—Pelo
de mujer perfumado con galán de noche, gardenia, azucenas blancas.
De una mujer culta y hermosa (139).
Supongamos
que este médico tiene el olfato de Sherlock Holmes y puede distinguir
de sopetón todos estos aromas. Pero ¿cómo logra adivinar,
oliendo un trozo de trenza, que su dueña es culta o que tiene hermosas
facciones?
Lo peor ocurre en la página 205, cuando un sujeto a quien conoce
el hijo de Li Ying, le confiesa “Corté la trenza de tu padre
y la envolví en un chal blanco”. Antes se nos había dicho
que la trenza le había sido arrancada, dejándole una supurante
cicatriz. Una vez más, ¿en qué quedamos?
Disparates ecológicos:
el caso de los animales prodigio o la influencia nefasta
de Hollywood.
En
la página 70, Mo Ying se ha ido a vivir con su maestro a los alrededores
de la montaña Leshan que, al menos en mi planisferio, está
situada bien al centro de China, en una zona bastante fría. El niño
que deambula por el bosque, “juraba que los galápagos sonreían”.
Hay un ligero problema con esta escena: en China no hay galápagos,
como no sea que vaya a verlos a un zoológico. Las tortugas galápagos
son animales de agua salada que habitan en las Islas Galápagos y
en la costa occidental de Ecuador, bien cerca de mares cálidos,
y no en medio de las montañas frías de China, situadas a
cientos de kilómetros del océano.
Hallamos otras dos perlas en este parrafito. ¿Recuerdan a la pequeña
Supergirl
de 4 años que se había escapado de su casa y recorría
en breves instantes centenares de millas, siguiendo el curso del Yang-tsé?
Pues en su periplo por el río, la niña se encuentra con un
perro que parece émulo de Rin-Tin-Tin (el can hollywoodense de los
años 50) y que le enseña a flotar y a nadar, tomándola
de la mano y haciéndola apoyarse sobre su lomo para luego soltarla
poco a poco. No puedo transcribir toda la escenita por razones de espacio,
pero si quieren reírse (o indignarse, porque imagino que no todos
los lectores tienen mi sentido del humor), búsquenla en las páginas
98-100.
Mientras la niña-prodigio bucea, descubre un raro animal entre unas
rocas. El texto nos dice que “acababa de conocer al manatí, pero
aún no sabía nombrarlo” (101). Lamento tener que informar
que no existen manatíes en el río Yang-tsé. Ni siquiera
los hay en China. ¿Será que la autora confundió al
manatí con el dugongo, que es primo lejano del manatí? Es
posible. Pero se trata de especies distintas, con muchos detalles en su
morfología y habitat que las diferencian. Y aunque la autora se
hubiera referido al dugongo asiático, tampoco habría sido
factible el encuentro porque el hábitat de esas criaturas es el
agua salada. La especie Dugong dugon habita en las zonas costeras
y bajas del océano Indo-Pacífico, por lo que jamás
se le hallará en los ríos interiores de un continente. Así
es que no hay modo de salvar la escena.
Abusando de la paciencia del lector, me permito mostrarle una última
joya. En la página 130, leemos:
“Su mente quedó en blanco
ante la majestuosidad de la ceiba, el árbol sagrado de Cuba que
atraviesa el mundo con sus raíces y renace en China. Cerró
los ojos, aspiró el perfume floral.”
Qusiera hacer una aclaración sobre el árbol sagrado de Cuba.
La Ceiba pentandra, que es la especie cubana a que se refiere la
autora, no existe en Asia. Pero démosle la consabida licencia y
pensemos que la ceiba cubana apareció allí de manera más
o menos fantástica. De cualquier manera, el olor de sus flores deja
mucho que desear. Las flores de la especie cubana tienen un olor bastante
desagradable que incluso algunos manuales califican de apestoso, si se
me perdona la expresión. Así es que de perfume, nada.
Esclavos cubanos en la época del Foxtrot:
desatinos históricos y científicos.
Algunos
de los mayores desaciertos de la autora se producen cada vez que intenta
nombrar o describir escenas relacionadas con la medicina o las ciencias.
Ya en su artículo sobre
Lobas de mar, por ejemplo, Nuncio
Hernández señalaba que un personaje del año 1690 mencionaba
la palabra virus en una época en que nadie tenía la
menor idea de su existencia.
En La eternidad del instante, los errores de esta índole
continúan. Permítanme citar un fragmento algo extenso:
Meng
Ting enseñó a su discípulo a adivinar, o mejor, a
descubrir la enfermedad observando un buen rato la lengua y el tinte en
la mácula de los ojos del paciente, también lo entrenó
en el arte y la precisión científica de cómo curar
a los enfermos sólo manipulándoles el pulso con el pulgar
y el índice.
Mo Ying bebió en el conocimiento de su maestro y se hizo experto
en el secreto de las plantas, de los minerales, de las piedras. En pocos
meses logró convertirse en el mejor cómplice de la naturaleza,
y mutuamente se aconsejaban en los métodos que debían ser
utilizados para alargar la vida de un moribundo. El joven aprendiz aseguraba
que podía mantener un diálogo enriquecedor con las yerbas,
los animales, los ríos, los caracoles...
También devino un gran conocedor de su propio cuerpo, de sí
mismo. Controlaba su pensamiento como nadie, podía estirar la piel
y el esqueleto, sucumbir ante el traquear de sus huesos y acariciar una
estrella (69-70).
Vayamos por partes, porque la acumulación de disparates aquí
supera cualquier posible récord de la propia autora. Este maestro
debe ser el peor médico chino de la historia. En primer lugar, la
mácula se encuentra en el fondo del ojo, muy cerca del nervio óptico.
Por tanto, resulta imposible verla en un paciente, a menos que le perforemos
un ojo. Lo que los médicos pueden examinar en un paciente, sin dañarlo,
es el iris, que presenta variaciones de color y pigmentación. O,
en todo caso, la esclerótica, que es la región más
clara y ligeramente azulada, que rodea el iris.
Por otra parte, la medicina china cuenta con métodos alternativos
que hoy son bien conocidos en Occidente, pero ninguno de ellos cura manipulando
el pulso con los dedos. Sospechamos que la autora ha confundido las cosas,
y pensó que la digitopuntura consistía en la manipulación
del pulso.
No quisiera detenerme mucho en la caricaturesca expresión “diálogo
enriquecedor con las yerbas, los animales,” etc.; ni en la absurda imagen
de un muchacho que “podía estirar la piel y el esqueleto”. Podríamos
pensar que, dada su constante confusión de culturas, la autora pudiera
estar refiriéndose al yoga de los hindúes por aquello de
“estirar el esqueleto” (una descripción bastante desafortunada,
por cierto), pero no conocemos de ninguna disciplina que busque estirar
la piel.
Por último Valdés menciona que, entre los conocimientos adquiridos,
el joven podía “sucumbir ante el traquear de sus huesos”. No tenemos
la menor idea de lo que ha querido decir con esto.
Otro encontronazo con la ciencia ocurre más adelante, en la página
185, donde dice que “Paulina padecía de esquizofrenia, paranoia
y psicosis o doble personalidad” (185). Por lo visto, Valdés tampoco
tiene la menor idea de lo que es una psicosis, ya que la equipara con la
“doble personalidad”. Menos aún sabe cómo funcionan las enfermedades
mentales, puesto que adjudica a la misma persona todas las mencionadas.
Un elemento fundamental de la cultura china son sus creencias filosóficas.
La autora relaciona actitudes occidentales, o que pertenecen a otras culturas,
con la vida cotidiana de personajes budistas. En un párrafo que
se hace eco de las reflexiones de uno de ellos, se da “gracias a Dios”
(29) cuando ningún budista haría una invocación así.
Los budistas nunca dan gracias a Dios, ni le ruegan a Dios, ni cosa que
se le parezca. El budismo no es una religión en el sentido occidental
del término, y tampoco menciona a Dios alguno en quien se deba creer.
Así es que esa frase pertenece a una cultura diferente.
A mitad de novela, la autora parece a punto de enmendar el desatino cuando
dice: “Mo Ying vio los cielos abiertos, aunque ésa no haya sido
la frase exacta que sobrevoló su mente, dado que su religión
no era la católica y que el budismo es más creencia que religión”
(244). Pero el enmiendo queda a medias. Valdés desconoce o maneja
mal el significado de muchas palabras (como veremos luego en detalle) y
es incapaz de expresarse con coherencia. Toda religión es
una creencia. Decir que "el budismo es más creencia que religión"
no tiene el menor sentido. Suponemos que quiso decir “el budismo es más
filosofía que religión”, pero vaya usted a saber.
Más adelante el anciano, que vive en Cuba, entra a escondidas en
una iglesia para ver a su nieta. La familia lo descubre, y él, que
se siente “molesto por haber llamado la atención,
sólo
pedía a Dios el poder de evaporarse, de hacerse invisible”.
No es que el anciano se haya vuelto cristiano, sino que la autora vuelve
a olvidar (o a ignorar) este detalle.
La Historia tampoco es uno de los puntos fuertes de Valdés. Antes
bien, debería huir de la novela histórica (o con pretenciones
históricas) como si se tratara del mismísimo demonio. Esta
autora suele confundir tiempos y culturas. En La eternidad del instante
encontramos
que un maestro y su discípulo, quienes se ha retirado a la soledad
de una montaña en el centro de China, dibujan “jeroglíficos
en extensos papiros” (69). Amén de que confunde la escritura china
con la del Antiguo Egipto, hay que recordar que los chinos fueron los inventores
del papel que hoy usamos. Muestras del mismo se han encontrado en tumbas
que datan del segundo siglo antes de Cristo. En cualquier caso, un cronista
chino ya describía el método moderno de hacer papel en el
año 105 de nuestra era. Así es que los personajes de Valdés
no tenían necesidad de escribir en papiros, especialmente en fecha
tan reciente como 1914.
En
la página 205-6, un pescador informa a Mo Ying, quien se dirige
a Cuba en busca de su padre: “Encargué a un enganchador, de los
que trafican con los campesinos y los venden luego como esclavos, que se
ocupara de tu padre en cuanto éste se recuperara. En Cuba se necesitan
braceros y los terratenientes ya no quieren más esclavitud negra,
quieren blanquear, en este caso amarillear, la población. No, no
te inquietes, me aseguré de que no lo revendieran como esclavo”.
El problema de esta escena es que ocurre en la década de 1920, cuando
ya hacía muchos años que no había esclavitud en la
isla, ni china, ni negra, ni de ningún otro tipo.
Por último mencionaremos que en la página 81 se dice: “En
Shanghai los hombres de negocios veneraban unos edificios que para él
resultaban portentosos y horribles; los llamaban rascacielos" (81).
Pero la escena ocurre en 1919, cuando no existían rascacielos en
Shanghai. Los primeros comenzaron a construirse en la década de
1930.
Problemas de forma
Lo
menos que uno podría pedir a cualquier escritor es que maneje su
idioma con cierta coherencia. No estoy hablando siquiera de estilo, de
vuelo imaginativo, y de todas esas pericias que los verdaderos escritores
convierten en arte. Me refiero, sencillamente, al uso más elemental
de la lengua. Con La eternidad del instante, Zoé Valdés
ratifica que ni siquiera sabe manipular las herramientas más simples
con las que se construye el edificio de nuestro idioma.
Verbos de horror y misterio.
En
el terreno verbal, es evidente que a menudo Valdés ignora lo que
significan o no se toma el trabajo de abrir un diccionario para averiguar
si los está usando bien. Muchas veces emplea un verbo en lugar de
otro, o lo inventa, como si estuviera tan apurada por terminar el libro
que no pudiera detenerse a pensar un instante en lo que está escribiendo.
Estos son algunos ejemplos:
salivó
sus
palabras (139); la pequeña
enlazó
el cuello del anciano (160). [No es que haya querido ahorcar al infeliz
abuelo; sólo quiso abrazarlo]; hizo un esfuerzo mental e intentó
arbolar
un
círculo, después un triángulo (141); su verdadero
sufrimiento constituía en la pérdida
de su esposa (149); el anciano desentumeció las piernas, dio unos
pasitos por el lugar reguindado del brazoa
Gina (155) [El verbo “reguindar” es un barbarismo. Pero si fuera a usarlo,
sería “reguindado del brazo
de Gina”, o “reguindado al brazo de
Gina”. En ningún caso, como aparece); así consiguió
liberarle la cabeza atrabancada entre los
barrotes mohosos (160) [Atrabancar significa: pasar, salir apresuradamente;
llenar. Atrabancar, como sinónimo del verbo trabar o atascar, es
barbarismo que sólo usan en Cuba personas muy incultas]; los ojos
humedecidos voltearon sus pupilas (219); sus
ojos empañados vidriaban (219).
Un aparte merece el verbo “comunicar”. En la página 38, se lee:
“¿Y si jugáramos al mahjong? —invitó el señor
Xuang—. Sin dinero, claro. Cuestión de entretenernos, mientras ellos
intentan comunicar.”
La frase suena trunca, porque el verbo “comunicar” se queda sin su estructura
sintáctica complementaria. Lo correcto debió ser “comunicarse”,
pues se está refiriendo a dos jóvenes solteros que se encuentran
a solas en una habitación contigua. Uno no "comunica" a secas, a
menos que se trate de comunicar un estado de ánimo, un mensaje o
una señal. Entre dos sujetos, la sintaxis del verbo requiere un
complemento. Este mismo problema se repite varias veces: “presiento que
se halla a salvo, pero le es imposible comunicar
con nosotros” (115); “no padece ningún problema que le impida comunicar
a través del habla” (239-40); “Lola y yo comunicamos
sin que nadie tenga que mediar” (276); “desde entonces comunicó
con todo el mundo” (284).
Adjetivos, adverbios y partículas extrañas.
En este acápite, los errores van de los barbarismos a los galicismos,
pasando por los vulgarismos, e incluso llegando al vocablo inexistente.
Muchas veces, sólo es posible enterarse de lo que la autora quiso
decir por el contexto. Algunos ejemplos: probablemente sólo los
artesanos y los intelectuales no se den demasiada
cuenta todavía (63) [uno se da cuenta o no se da cuenta de
algo; “darse demasiada cuenta” es un barbarismo absurdo); besó la
piel perfumada a la canela (73); ¿por
qué llevas pañuelo a la cabeza,
querida esposa? (79); se ajetreó
apresurado
(125) [Le sobra ese “se” porque no se refiere a sí mismo, sino a
algo que está haciendo];
de otro lado,
no teme colocarse al borde del abismo (132) [en vez de “por otro lado”];
carraspeó acentuado (150); en eso lo
sacudió un espantoso llanto de un
niño (158); la mujer desapareció intrincada
en la maleza (170); pespunteó la tierra con los dedos apelluncados
de sus minúsculos pies (197) [la palabra subrayada no existe. Tal
vez quiso decir apeñuscado, del verbo apeñuscar: apiñar,
agrupar, amontonar].
Puntuación arbitraria
En La eternidad del instante, apenas existe una página donde
no haya signos de puntuación mal usados. Sólo señalaremos
tres de estos ejemplos, que pueden hallarse con sólo abrir el libro
al azar. Las comas faltan o están usadas en lugar de los puntos.
Y los puntos aparecen interrumpiendo una oración o una idea de manera
arbitraria:
Pero
era inevitable; la mujer lo comentó en voz alta con su marido, la
vida es así, cuando un hijo se enamora los padres se ponen muy nerviosos.
(23)
una
mesa redonda, sobre la que había un portasable con un magnífico
sable antiguo, barnizado en negro y rojo, con un cordón dorado también
dos taburetes cuyos fondos y respaldares estaban forrados en piel de chivo...
(148)
El
cuarto donde vivía Maximiliano colindaba con un ojo de patio. Situado
en el sótano. Encima había un edificio de seis pisos, un
apartamento por piso. (148)
Construcción confusa o extraña
A
veces las lagunas idiomáticas provocan imágenes tan retorcidas
que su sentido se vuelve totalmente delirante. Quien no sabe usar las partículas
más elementales del lenguaje, tarde o temprano termina por expresarse
en un verdadero galimatías, como ocurre en los siguientes ejemplos:
colocó
la mente en la posición del cuerpo (20); la voz de Mei atravesó
los tejidos, los músculos. Instalada en las entrañas del
señor Xuang, multiplicó su potencia e hizo eco en el pulmón
izquierdo del hombre (34); los jóvenes se hallaban sentados
frente a frente, las pupilas húmedas del uno fijas en el otro, el
entorno devino invisible por entero, borrados los muebles, las paredes,
el techo, desaparecido todo lo que estaba detrás de todo eso
(39); aquel día el anciano cumplía cien años postrado
en un camastro desvencijado (147) [a juzgar por lo que sigue, no es
que el anciano lleve cien años en esa cama, sino que cumplía
cien años mientras estaba en su lecho];
aquella noche Lola se
negó a cenar con la boca apretada (162) [supongo que quiso decir:
Aquella noche, con la boca apretada, Lola se negó a cenar]; a
tal punto consiguió dulcificar a mi madre que ella se puso blanda
y penetrante (181); al mismo tiempo ofrendaban unos violines en
honor de Cachita, la Virgen de la Caridad del Cobre (179) [imagino
que quiso decir que los asistentes ofrecían unas melodías
tocadas con violín, en honor a la virgen, porque a ésta no
se le ofrendan violines ni ningún tipo de instrumento musical].
Delirium tremens o la incoherencia ya pasa de
castaño oscuro.
Si el lector creyó que hasta aquí llegaba el disparate, se
equivoca. Los cubanos tenemos un término para describir los ejemplos
que mostraré a continuación: redacción “macarrónica”.
No sé si el adjetivo se usará en otros países. Decimos
macarrónico para referirnos a alguien que escribe sin ton ni son,
en una longaniza de palabras inconexas o cuyo significado se vuelve ininteligible.
He aquí algunas muestras:
--> excitaba
las terminaciones de sus nervios por encima de su desnudez (43).
--> aunque
los monjes ya no podían comprar sus obras, les enviaban consumidores
extranjeros que se interesaban en el incomprensible, aunque incomparable
para ellos, fabuloso trazo chino y en el tejido original, no en el fabricado
por las industrias inglesas, europeas y americanas (62) [Además
del rompecabezas que representa la frase, es absurdo enumerar las industrias
inglesas como una categoría aparte de las europeas, como si Inglaterra
no estuviera en Europa].
-->colocaba
la punta de la lengua en el paladar y de ahí la deslizaba hacia
la cavidad situada encima del corazón (71).
--> respetaba
el silencio, el resto era puro galimatías de soberbias (71).
--> Li
Ying argumentaba que, en caso de que se viera doblegado ante el pensamiento
y la cultura extranjera, antes de hacerlo en su propio país, lo
cual resultaba sumamente vejatorio y doloroso para él y para muchos
que pensaban como él pero que no se atrevían a expresarlo,
prefería descubrir por sí mismo otras culturas, las auténticas
y no las pasadas por agua, traficadas y filtradas por el afán consumista,
netamente comercial, de la importación (78).
--> había
firmado un papel, una especie de contrato, que contenía frases demasiado
enrevesadas para su escaso conocimiento de la jerga técnica de un
cierto y sospechoso sindicalismo, francmasonería o mafia (83).
--> expresará
claramente sus deseos, aunque no se siente seducido en absoluto por lo
material. Es, por excelencia, un abarcador de presentimientos (133)
--> no
concebía la idea de que su cuerpo, y menos su mente, abordaran la
última fatiga (147).
Le ruego al lector que tome aire y trate de no marearse mucho, porque la
cosa no termina aquí. Dentro de la incoherencia, el caso de las
oraciones sin verbo es uno de los peores. La idea que comienza no llega
a ninguna parte, y el lector se queda literalmente colgado del aire.
En la página 67, dice: “Después de varias semanas de aciago
viaje, lluvia, lodo, noches de mucho vapor o, por el contrario, algunas
demasiado frías. Finalmente encontraron un ancho claro en medio
de un bosque bastante llano...” Como se ve, la frase que inicia el
párrafo jamás llega a convertirse en oración. Nunca
sabemos qué quiso decir.
Más tarde, en la página 78, se lee: “En una ruta a la
inversa a la gloriosa y exitosa ruta de la seda, denominada así
a finales del siglo XIX por el geógrafo alemán Ferdinand
von Richtoffen. En busca de una especie de seda negra y líquida,
a la que los viajeros, cada vez más numerosos y ambiciosos de un
rico porvenir, llamaron petróleo.” Y ahí termina todo.
Ambas oraciones quedan incompletas, sin los correspondientes verbos y sintagmas
verbales que nos hubieran permitido saber adónde se dirigían
ambas.
Otros casos de redacción elemental.
Un
cirujano debe estar al día de los últimos adelantos en la
medicina. También debe repasar constantemente sus conocimientos,
so pena de olvidar ciertas cosas y terminar matando a un paciente. Lo mismo
ocurre con el lenguaje. La autora de un texto como La eternidad del
instante puede convertirse en una verdadera asesina en serie cuando
olvida los elementos esenciales de su uso.
Reglas
de ortografía: En la página 313, leemos: “la partida
de dominó terminaba como la fiesta del güatao”. La autora
olvida que El Guatao debe escribirse con mayúscula, porque es un
pueblo cercano a La Habana donde se produjo aquella fiesta memorable para
todo nativo de la isla y que terminó a puñetazo limpio. Peor
aun, olvidó que la sílaba “gua” no lleva diéresis
en nuestra lengua.
Galicismos:
Los galicismos en la sintaxis campean: ya no era más él
(20) [Corrección: ya no era él];
algún día
no existirá más todo este tesoro [Corrección:
algún día ya no existirá este tesoro]; cuando usted
no esté más
(241) [Corrección: cuando usted ya
no esté].
Concordancia:
La concordancia sujeto/verbo es un instrumento elemental del lenguaje.
Ahí van un par de perlas:
La pareja
aplaudió entusiasmada,
agradecidos
por encima de todo de que un poeta de su talla... (38) [ en vez de
agradecida];
los
días y las noches siguientes fueron todas
idénticas (139) [en vez de todos
idénticos];
cuando
alguien
cruzaba el umbral evitaban todas las enfermedades
que amenazaban con brotar en el cuerpo (179) [en vez de evitaba].
Problemas de estilo
Todo escritor posee un elemento estilístico que lo distingue de
otro. La originalidad, la elegancia o la fuerza con que logra dibujar las
imágenes son parte ineludible de su oficio. Usar lugares comunes,
muletillas repetitivas o descripciones pedestres son vicios estilísticos
imperdonables en cualquier autor que se respete, pero Valdés parece
haber hecho una recopilación de lo peor en este sentido.
I- Clichés a
lo Corín Tellado
Las novelitas rosas (como las telenovelas) están llenas de lugares
comunes y frases ridículas. Los ejemplos de esta clase abundan en
la novela: la marmórea blancura de la nieve (27); exhaló
un delicado suspiro (37); hombro ambarino (45); graciosa
mesita (52); graciosa oreja (80);
ambos rieron a mandíbula
batiente (120);
los pulposos y encarnados labios (197).
En los diálogos también hallamos perlas como: No le guardo
rencor a nuestro padre, te equivocas, pero su partida me ha provocado un
desgarramiento cuya herida no cerrará jamás (93). O esta
otra: preguntó sin titubeos, imbuido por el veneno de la sospecha
que su hermana había inoculado en él
(116).
II- Muletillas
Y llegamos a los famosos “o sea” que ya Nuncio Hernández había
señalado en su famoso artículo “Lobas de mar, o sea, hablando
boberías”. En La eternidad del instante la autora insiste
en usarlos nuevamente a destajo. Y aunque esos “o sea” deben ir custodiados
por comas delante y atrás, la autora siempre olvida colocar
la segunda:
en el papel de dan,
o sea
de mujer (17);
el padre de Li Ying, o sea
su abuelo
(62);
no le parecía justo pedir dinero a algún
enfermo pobre, ni a las prostitutas, menos a los ancianos pobres, o
sea que se dedicó a curar gratis (106); de seguro
lo hubiéramos encontrado de todos modos, pero por la peste, o
sea muerto y bien podrido (138); la mujer acababa de
descubrir que el marido la traicionaba,
o sea
que desperdiciaba dinero en la manutención de la querida
(157);
los
hijos de la negra Domitila Milagros de la Caridad, iniciaban un escandaloso
bembé en honor de Changó,
o sea
de Santa Bárbara (179); los tarreaban como locos, o sea les
ponían los cuernos (215); creo que has pillado a la persona
indicada, la que te salvará el pellejo.
O
sea, yo (216); Rosario Piedad Magnolia Primitiva de la
Rencarnación Sarmientos de Fong, la madrestra, o
sea la esposa de Mario Fong (285); los casó su
amigo,
o sea su hijo (296).
Otra muletilla bastante común es “justo”. Algunos ejemplos: aunque
se hallaba todavía a considerable distancia de la cocina,justo
en el saloncito circular (113); Mei Ying se volteó, la mirada
interrogante,
justo
cuando el hijo
(113); y ella, o él, se dicen justo
lo que ambos necesitaban escuchar (116); hacían una sola
comida diaria, justo a las once de
la mañana (199); se cayó justo
de un banquito (213); para que el chino se desplomara justo
en el fondo (253); compren justo
las necesarias
(269);
uno en la mejilla, justo
al lado de la aleta derecha
(272);
dijo que ahí se hallaba
el escondite de todas sus riquezas, justodonde
antes estaba situado el pesebre (300).
III- Uso infantil de
los signos de exclamación
El uso indiscriminado de la exclamación asemeja cualquier texto
a esas composiciones que solíamos escribir cuando éramos
niños y que terminaban en frases como: ¡Qué feliz pasé
mis vacaciones! Parece que la autora --que no pudo terminar nunca una carrera
universitaria, quizás por mal aprovechamiento académico desde
la primaria-- se quedó en esa primera fase de las composiciones
infantiles. No voy a aburrir al lector con muchos ejemplos. Sólo
mostraré la perla de cultivo que aparece en la página 33:
—¡Oh,
hija, tengo una excelente noticia que darte! ¡El gran Li Ying desea
conocerte! ¡Anoche te vio y se quedó prendado de ti! ¡Su
padre ha estado informándose sobre nosotros! ¡Su padre, un
editor, un gran poeta! Figúrate, son una familia de muy buena posición.
¡Poseen un teatro! ¡Es una modesta pagoda, donada por los monjes,
convertida en teatro! ¡Pero pagoda al fin y al cabo! ¡Viven
de las rentas del abuelo paterno, de los bordados de la madre y los libros
editados por el padre se venden muy bien! ¡Pueden darse el lujo de
sentarse a escuchar poesía! ¡Tendré un yerno honorable!
Sin
comentarios.
IV- Repeticiones.
La repetición de palabras dentro de una misma oración o en
sus cercanías inmediatas es uno de los elementos que distingue a
un escritor profesional de otro aficionado. Con un pequeñísimo
esfuerzo, con una revisión muy somera, se hubieran podido evitar
tantos duplicados. Aquí van tres ejemplos:
a partir de
esos minutos, podía despreocuparse un
poco
de su pequeña, aunque no del todo:
—Nunca se desentiende
uno del todo de los hijos —susurró
(34).
la grave resonancia
huía hacia la noche y resonaba(135).
—¿Por
qué no hablas en chino? —Oyó
preguntar al capitán del barco.
—Por la sencilla
razón de que no sé una palabra de chino
—respondió el médico incómodo.
—Un médico
debería conocer el chino...
—criticó el capitán—. En fin, tenemos muchos chinos
en el barco...
(142)
V- De cómo la
pobreza de recursos es capaz de provocar una epilepsia colectiva.
En la narrativa de Valdés, la falta de recursos se traduce en la
repetición de las mismas imágenes. Una de sus preferidas
se relaciona --vaya usted a saber por qué razón-- con los
ojos en blanco. Los protagonistas --no importa si están furiosos,
asustados, haciendo el amor o fumando-- siempre se quedan con los ojos
en blanco o "revirados", para usar el elegante verbo de la autora. La infeliz
imagen produce la sensación de que estamos leyendo una novela sobre
epilépticos: su esposa le reviró los ojos en señal
de desaprobación (39); con los ojos virados en blanco, gimió
en un orgasmo duradero (47); esperó asustada de escuchar
alguna noticia desagradable, los ojos virados en blanco
(115); el
anciano suspiró hondo y viró los ojos en blanco, descontento
(152);
inquirió
con los ojos volteados en blanco (189);
chupaba la pipa con los
ojos entrecerrados, virados en blanco (195);
prefería quedarse
más tiempo con el anciano, leer sus historias, observarlo fumar
con los ojos virados en blanco (261); Bárbara Buttler resopló
y reviró los ojos en blanco (265); vidriaba el blanco de los ojos
(267);
sus
ojos virados en blanco, escudriñaban de reojo el cielo (330).
Un caso de conciencia
Quiero
cerrar mi breve exposición (y digo breve, porque es sólo
la tercera parte de lo que he encontrado en el texto) con una reflexión
personal. Es imposible esperar que una novela de casi 400 páginas,
que al parecer fue escrita y revisada en el espacio de pocos meses, pueda
convertirse en buena literatura, especialmente si su autora posee tamañas
lagunas culturales y lingüísticas. No importa cuán buena
agencia la cobije o le consiga los premios más cotizados del habla
española; no importa que los intereses mercantiles de ciertas editoriales
le permitan publicar una piltrafa literaria tras otra. Lo que ha quedado
para la historia es suficiente para que pueda pronosticarse que sus obras
terminarán en el olvido.
La razón por la que esta autora ha conseguido cierto éxito
de ventas es sabida: el uso de un vocabulario soez y vulgar (que también
existe en La eternidad del instante,
aunque no me haya referido
a él), y el regodeo de escenas casi escatológicas que pueden
despertar el morbo en cierto tipo de lectores. Pasada la primera impresión,
y en vista de que las ventas han ido bajando de novela en novela, la actividad
política ha resultado un método más seguro para ganarse
un espacio en la prensa.
Reconozco y alabo los esfuerzos de quienes condenan las injusticias que
sufren mis compatriotas, pero no caeré en el error de confundir
la gimnasia con la magnesia. Un activista político es una cosa,
y un escritor es otra. No creo que la promoción de un autor tenga
que depender de la prensa que consigue gracias a entrevistas donde ataca
determinado sistema político.
Aunque no me agrada mucho exponer los desaciertos artísticos de
alguien cuyas ideas políticas comparto, creo que como lector y como
cubano cometería un crimen si defendiera, como literatura digna
de mi país, la obra de un autor que resulta un bochorno para la
cultura de una tierra que ha dado plumas como José Martí,
Alejo Carpentier, Eliseo Diego o Reinaldo Arenas.
Algunos seres humanos cometen el error de confundir ideas con personajes,
y personajes con países. Cuba no son sus gobernantes. De igual manera,
criticar a un autor no significa que estemos atacando ciertas ideas políticas.
Creo que esta confusión ha llevado a algunos coterráneos
a una posición algo esquizofrénica. Estamos tan deseosos
de escuchar que la prensa internacional se haga eco de nuestras ideas que
no nos atrevemos a criticar los desaciertos literarios de quien logra llegar
a esa prensa, por temor a que nos califiquen de malos patriotas o algo
por el estilo. He oído a más de un cubano hablar horrores
de los libros de Valdés en privado, y luego callar discretamente
o evadir responder lo que piensa de ellos en público.
Personalmente me parece que pasar por alto ciertos delitos de lesa literatura,
sólo por el hecho de que quien los comete es un cubano cuyas ideas
políticas coinciden más o menos con las nuestras, es un grave
error. Creo que la cubanía no debe defenderse sólo con el
corazón, sino también con la inteligencia.
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