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Rompiendo lanzas a favor de la buena literatura |
| Esta moda no es nueva: se remonta,
por lo menos, a los años 50, y su origen está en el siglo
XI, cuando el poema Beowulf, la primera gran obra de la literatura
inglesa, fue escrito en anglosajón (inglés antiguo) a partir
de una o más versiones orales ya existentes. Éste era un
texto favorito de J.R.R. Tolkien (1892-1973), un oscuro profesor de Oxford,
lingüista y estudioso de la literatura medieval.
En el primer tercio dsiglo XX, para distraerse, Tolkien se dio en inventar lenguas imaginarias basadas en los idiomas europeos que enseñaba. Mezclándolas con el inglés, Tolkien las empleó para escribir historias, al modo del Beowulf y de las sagas escandinavas, sobre una "tierra feérica": un mundo imaginario como el de los cuentos de hadas. Esta "Tierra Media" --así la llamó su creador-- se volvió, con los años, un escenario increíblemente detallado que Tolkien usó para reunir personajes tradicionales de la literatura europea --elfos, orcos, enanos-- con otros de su propia invención; sobre todo, con los hobbits, una caricatura de los ingleses de provincias, estrechos de miras pero capaces de grandes sacrificios. Hasta su muerte, Tolkien procuró resumir su Tierra Media en El Silmarillion, una saga modelada sobre la Biblia que creía su obra maestra y nunca concluyó. No sabríamos de él si no hubiera comenzado, también, una obra "colateral": una historia que creció con los años hasta volverse una larga novela (más de mil páginas) titulada El señor de los anillos. El libro, tras décadas de penosa redacción, se publicó, dividido en tres partes, entre 1954 y 1955. Aunque casi todos los críticos lo desdeñan, es uno de los dos o tres más populares del último siglo. Su historia de la lucha del bien contra el mal en un mundo mágico que se extingue, y en el que vence al fin el empeño de la gente común, fue "un relámpago en un cielo claro" (como dijo C. S. Lewis): una defensa de la imaginación en una época que creía haberla desterrado como forma de conocimiento. Esto, sin embargo, ha pasado inadvertido para la casi totalidad de los lectores y los editores, que aprecian en las obras de Tolkien los escenarios coloridos, la resonancia de los nombres inventados (Gandalf, Bilbo Baggins, Aragorn) y, sobre todo, la antimodernidad de todo el entramado de la Tierra Media, desde su condena al maquinismo o su creencia en el poder del individuo --que aquí, a diferencia de los antihéroes de la gran literatura del siglo XX, es capaz de vencer sus circunstancias-- hasta su aparente defensa (Tolkien, católico devoto, jamás pensó hacerla) del paganismo de la antigua Europa. Estos elementos, los más rentables, son los que han perdurado en la cultura popular: en libros, películas, cómics, juegos "e rol" y de video --el diluvio, en fin, de productos del subgénero de "espada y brujería", que agrupa a miles de artistas y franquicias que han plagiado a Tolkien desde hace medio siglo. Gracias a ellos, lo mejor del libro --su lógica interna, su audacia extraordinaria, su imaginación espléndida-- es ya difícil de percibir sin esfuerzo. En el peor de los casos, la moda existe y se mantiene. Lo mismo puede suceder con la versión fílmica de Harry Potter y la piedra filosofal, de Joanne K. Rowling, quien puede llegar a ser la más importante heredera de Tolkien en la tradición fantástica de la lengua inglesa. Pero con su serie sobre Potter, un niño aparentemente común que es llamado para educarse, lentamente, en los secretos de la magia, Rowling no sólo ha conseguido un sorprendente bestseller juvenil; además, ha destilado y actualizado un tema central, aunque poco visible, de El señor de los anillos: la historia clásica del héroe, cuyas raíces están (desde luego) en la literatura medieval, y que ha sido empleada en toda suerte de historias populares. Harry Potter es otra encarnación de ese "héroe de mil caras" que se ve llamado a la aventura y va descubriendo, poco a poco, un mundo mucho más grande, que revela igualmente a quienes siguen sus andanzas; sin embargo, al contrario de Frodo (el protagonista de Tolkien), que parte a la aventura para salvar a su gente y preservar su modo de vida, Harry es un elegido que vive maltratos y privaciones en el mundo "real" y no siente ningún afecto por él: el héroe como alienado que consigue escapar de una existencia aplastante, al modo del Neo de The Matrix. No es de extrañar que tantas personas se identifiquen con él: la mayor parte de la población mundial comparte las angustias que lo atormentan, al menos, durante la primera parte de la primera novela, Harry Potter y la piedra filosofal, en la que tanto trabajo le cuesta superar las artimañas de los muggles (humanos normales y profundamente detestables). Además, la Escuela de Magia y Hechicería de Hogwarts, sus personajes y tramas y referencias, no son menos cultos que los de Tolkien, pero están a medio camino entre la modernidad del siglo XX y la magia atemporal de la Tierra Media: pueden parecer más originales al lector o espectador desprevenido, y no le exigen la enorme suspensión de la incredulidad que implica, siempre, sumergirse en un mundo enteramente nuevo, como el que propone Tolkien. La película, claro, tiene el problema de haber sido dirigida por Chris Columbus, prototipo del cineasta competente y sin estilo del studio system de Hollywood. Poco del sabor de Rowling le ha sobrevivido; lo único peor hubiera sido la versión endulzada y americanizada que Steven Spielberg se había propuesto hacer.
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| Alberto Chimal (México). Una primera versión de este texto se publicó en el suplemento "El Angel", del diario Reforma, 2001. |