Quiso escribir un libro de cotilleos
de la alta sociedad tan sublime como “A sangre fría” y no fue capaz.
En vísperas del estreno de la película “Truman Capote”, que
apunta a los Oscar, su amigo Dotson Rader reconstruye aquellos días
de 1977 en los que un Capote sin inspiración y alcoholizado se sumió
en un proceso de autodestrucción.
En noviembre de 1977 se perdió
el manuscrito de una novela inédita de Truman Capote, Answered
prayers (Plegarias respondidas). Su publicación había
despertado la mayor expectación en la historia de la literatura
norteamericana. Iba a ser editada por Random House y se esperaba que superara
las ventas de A sangre fría, relato novelado de un crimen
real que Capote sacó a la luz en 1965, y del que se habían
vendido cinco millones de ejemplares. La historia del asesinato de los
Clutter hizo millonario a Capote, le había reportado los elogios
del mundillo literario y le transformó en una celebridad. Para hacerse
con Answered Prayers, Random House se había avenido a pagarle
un adelanto de un millón de dólares en concepto de derechos
de autor, una suma sin precedentes por una obra literaria. De hecho, era
tan enorme que buena parte de esa cantidad se le pagó en acciones.
Sin embargo, la novela no estaba terminada y
no había más que un único original de lo que hasta
entonces llevaba escrito. Ya hubo en su momento ciertas dudas (y las sigue
habiendo) de que Answered Prayers no hubiera llegado a tener nunca
más de tres capítulos, ni que hubiera pasado de ser una colección
de apuntes sueltos, fragmentos en prosa que Capote no había sido
capaz de ensamblar. Se pretendía que el libro expusiera, sin tapujos,
el mundo rutilante en que se movían Capote y sus amigos. La publicación
anticipada de los tres capítulos mencionados en la revista Esquire
en 1975 y 1976 causó un gran escándalo y consiguió
que Capote se granjeara las antipatías de muchas personas de su
entorno.
Fanfarronada.
En juego había un montón de dinero.
Durante más de una década, Truman, el escritor más
famoso de Estados Unidos, se había dedicado a jactarse en público
de que Answered Prayers era su "obra maestra..., la novela que Proust
habría escrito de haber vivido en Nueva York". Con toda la desvergüenza
del mundo, como si fuera un charlatán de feria, Capote promocionaba
un libro que estaba sin acabar. No estaba dispuesto a callarse. Entonces
resultó que el manuscrito se había perdido. Así era
Truman, según parece.
Aunque éramos amigos, nunca antes me había
contado en qué circunstancias había perdido el bien más
deseado del país desde el punto de vista literario. Pero lo hizo
en 1977, un día que estábamos comiendo en el restaurante
Quo Vadis de Nueva York. En cuanto me vio, exclamó con aquella vocecilla
atiplada y ceceante, como la de un niño: "¡Desaparecido! ¡Chico,
me han birlado mi manuscrito! ¡Me lo han robado! ¡Dios todopoderoso,
es una jodienda de desastre!". Acto seguido se dejó caer de manera
teatral en el banco de terciopelo rojo, arrebujándose delicadamente
a mi lado. Tenía un aspecto que daba auténtica congoja. Le
di un beso. "¡Tienes una pinta espantosa!", le dije. Con su cara
redonda, abotargada, enrojecida por el sofocón, iba vestido con
una chaqueta de lino de color crema muy arrugada, unos pantalones beige
llenos de manchas y un jersey de cachemira de color granate bajo el cual
llevaba, cosa extraña, dos camisas oxford blancas. Alrededor de
los hombros se había echado una larga bufanda. Hice como que no
me había dado cuenta de lo desastrado de su vestimenta, del hecho
de que sus manitas sonrosadas temblaban de mala manera o de que sudaba
copiosamente. Experimenté pena por Truman, y también un ligero
sentimiento de culpa. Su vida se había convertido en un infierno
a raíz de la publicación de aquellos extractos en la revista
Esquire. Yo le había ayudado a cerrar la venta.
Seis semanas antes de nuestro almuerzo en Quo
Vadis, Truman había viajado de California a Nueva York, de la noche
a la mañana, para recibir tratamiento contra su alcoholismo y su
adicción a las drogas. Fue admitido como paciente interno en Smithers,
una clínica del Upper East Side que le había sido recomendada
por John Cheever, un amigo suyo, homosexual y alcohólico, que había
recibido tratamiento allí. Capote, enganchado al Valium y a la bebida,
pasó cuatro semanas de rehabilitación. Una vez que hubo salido
de allí, se refería con amargura a aquel sitio, como si fuera
una cárcel, como "la Isla del Diablo de la desintoxicación".
A decir verdad, ningún tratamiento le iba a servir jamás
de nada. Años después, le visité en el hospital Doctor’s,
en Manhattan. Estaba ingresado para seguir otra cura contra el alcohol.
Nada más entrar en su habitación me ofreció un martini.
En Quo Vadis nos sentamos en la barra, junto
al ventanal desde el que se dominaba el lado este de la calle 63. Desde
nuestra mesa veíamos a los que entraban o salían del restaurante.
"Necesito tomarme un buen pelotazo", dijo."Pensé que lo habías
dejado", repliqué.
Ojalá lo hubiera hecho. Era un bebedor
a su pesar, autocompasivo, depresivo, lúgubre. Me llamaba por teléfono
de noche a cualquier hora, borracho perdido, y no paraba de hablar, entre
balbuceos incoherentes, atormentado por la soledad, diciendo que quería
morirse. Exclamaba citas de las que luego se olvidaba, volvía a
contar anécdotas graciosas que acababa de mencionar, bebía
vodka directamente de la botella, perdía el conocimiento y caía
redondo en mi sofá, a veces orinándose encima."¿Dejado
el alcohol?", se echó a reír. "¿A cambio de qué?
¿No te das cuenta de que soy otro de los casos de éxito de
la Isla del Diablo?". Truman le hizo un gesto lánguido al camarero
con la mano. En Quo Vadis ya estaban acostumbrados a él. Un camarero
le puso enseguida delante un vodka doble con hielo. Se lo metió
para adentro de un solo trago. Se bebió otros tres más como
el primero. El bar estaba dominado por un cuadro enorme. Él lo consideraba
"la metáfora perfecta de la vida de un escritor norteamericano".
Representaba un toro gigantesco agonizante en la arena, que tenía
clavada una pica con reminiscencias fálicas en un costado, por el
que manaba sangre, mientras un gladiador romano, triunfante, alzaba su
mirada hacia el emperador.
Su santuario.
Quo Vadis era su restaurante preferido. Como era
un chico pobre salido de los barrios blancos más miserables del
sur, aquello representaba todo con lo que él soñaba: un lugar
con estilo, elegante y exclusivo en el que se le recibía con todos
los honores. Había sido abandonado por su madre y se había
criado con unas parientes suyas de Alabama. Recaló en Nueva York
para vivir otra vez con su madre y poder estudiar en la Trinity School
y en la St. John’s Academy. En la adolescencia ya había empezado
a dar muestras de que era un prodigio; le contrataron en el semanario The
New Yorker a los 19 años.
En Quo Vadis era el ojito derecho del dueño,
Bruno Caravaggi, y de su guapísimo hijo, Robert. Junto con La Cote
Basque, La Caravelle y La Grenouille, el restaurante tenía lo que
Truman llamaba "la elegancia de toda la vida", o sea, la alta sociedad
norteamericana (un grupito de modernos cargados de dinero) junto con algunos
de los triunfadores del momento, además de escritores de moda, diseñadores
de ropa y artistas que prestaban a los ricos su fama en campos como la
creatividad, el buen gusto o el estilo.
El lugar era obsesivamente discreto. No se corría
allí el menor riesgo de que se publicara en los periódicos
populares que alguien hubiera sido visto borracho en público o cenando
con la mujer de otro. Jackie Kennedy almorzaba con Capote, como la editora
de Vogue Babe Paley, la diva Slim Keith y el propio Cary Grant. En sus
mesas podía verse a británicos de paso como el príncipe
Felipe, Cecil Beaton, Richard Burton o la princesa Margarita (Truman, amigo
de la reina madre, llamaba a Margarita "la princesa enana"), Lady Sarah
Churchill, Alec Guinness y hasta la duquesa Wallis Warfield Simpson Windsor.Pedimos
unas brochetas de lenguado, el plato favorito de Truman.
—¿Quién te ha quitado Answered
Prayers? —le pregunté.
—John O’Shea —contestó.
—¡Imposible! ¡Es tu novio!
—¿Ah, sí? ¿Es eso lo que
piensas? ¡Pues desde luego que no se comporta como tal! ¡Se
lo ha llevado todo! El manuscrito completo, y además 20.000 dólares
en efectivo.
—¡Así que te ha dejado limpio como
una patena! Al menos te ha dejado con vida. Volverá —le dije.
—No, no —insistió Truman—, no va a volver.
Ha desaparecido. No hay modo de encontrarle. Nadie sabe dónde se
ha metido. ¡Odio a ese gilipollas!
John O’Shea y Capote se acostaron la primera
vez que se vieron. Sucedió en Nueva York en el verano de 1973. O’Shea
era, por aquel entonces, un banquero que vivía en Long Island. Lo
que tenía en común con todos los amantes de Truman, excepto
el compositor Leonard Bernstein, era que O’Shea se dejaba llevar por el
mal humor. Era un irlandés violento y alcohólico, lo que
le convertía en el complemento perfecto del masoquismo de Truman
y de la adoración que éste sentía por él.
Se conocieron cuando O’Shea aún estaba
casado y tenía cuatro hijos. Capote aseguraba que la primera vez
practicó con él sexo oral. Según la versión
del banquero, su primer encuentro fue en una casa de baños de homosexuales
del centro de la ciudad.
En 1976, O’Shea y Truman compartieron un apartamento
en Santa Mónica, una localidad de playa cercana a Los Ángeles.
Truman era el que lo mantenía. Su relación no era ideal.
Era notorio que a O’Shea se le iba la mano. Llegó a romperle la
nariz, a partirle unos dientes y a fracturarle una costilla, pero Truman
era incapaz de separarse de él.
—Llamé ayer a Santa Mónica —me
confesó Truman en Quo Vadis—. Nuestro teléfono está
desconectado. He hecho que alguien se pasara por allí y entrara
en la casa. Está más vacía que la tumba de Jesucristo.
No me importa el puto dinero. Tengo que conseguir que me devuelva el libro.
¡Es como si me hubiera secuestrado a un hijo!
Pidió otra copa. En Quo Vadis, bajo la
araña de luces que colgaba del techo, estaba Del Coleman, un hombre
de mediana edad, alto, corpulento, con un encanto innegable aunque con
aire un poco amedrentador. Iba impecablemente trajeado. A pesar de su aspecto
y de sus modales, Del era un matón.
—Siéntate con nosotros, por favor —le
rogó Truman—. Tengo un problema muy grande. Necesito que me des
tu consejo.
Del escuchó sin perder detalle mientras
le iba contando su relato del robo literario. Ni siquiera pestañeó.
—¿Qué quiere usted que haga? —preguntó.
—Recuperar mi manuscrito. ¡Es un asunto
de vida o muerte! Puede quedarse con el dinero, ¡pero yo tengo que
recuperar el libro!
Del sacó una tarjeta de visita y escribió
por detrás el nombre de O’Shea y su última dirección
conocida. Nada más.
—Recuperaremos su libro. Cuando lo hagamos, ¿quiere
usted que le dejemos un recado?
—¿Un recado?
Del cerró los puños y con delicadeza,
sin hacer ruido, golpeó la mesa por dos veces. Truman sonrió.
"Vale, pero sin romperle ningún hueso. Ah, y sin dejarle ninguna
señal...", se reía. Del asintió con la cabeza. Había
captado la idea.
Yo había conocido a Truman Capote en 1972,
en el estudio que la diseñadora Tiger Morse —amante de JFK, musa
de Warhol, icono underground— tenía en Union Square, en pleno Manhattan.
Nos presentaron. De buenas a primeras, Truman
dijo: "He leído tu novela, Gov’t Inspected Meat [publicada
en 1971 y que trataba sobre la prostitución masculina]. Yo estaba
en el yate de Henry McIlhenny. ¿Conoces a Henry? ¿No? Tendrías
que conocerle. Eres su tipo. Estaba muerto de aburrimiento, ¿te
imaginas? Entonces, por suerte, en unas estanterías con libros que
había en mi camarote encontré el tuyo. ¡Me encantó!".
Pensé que me estaba tomando el pelo o intentando ligar conmigo.
Mirada triste.
Yo no había leído nada de Truman,
pero sabía quién era. Me impresionó también
lo poquita cosa que resultaba. Por aquel entonces no estaba gordo. Eso
llegó después. Además, tenía una mirada tristísima.
Nos fuimos juntos de casa de Tiger y nos acercamos dando un paseo hasta
el Max’s Kansas City. Nos sentamos en un reservado con luces rojas. Me
hacía preguntas sobre mi vida. Yo me sentía halagado. Bebió,
se puso como una cuba y alrededor de las cuatro de la madrugada le dije
que iba a meterlo en un taxi. Él no quería volverse a casa,
así que nos fuimos a un garito exclusivo para negros, que todavía
estaba abierto, en Hell’s Kitchen (la cocina del infierno). Allí
lo conocía todo el mundo. Cuando me fui, ya al amanecer, él
se quedó allí, sentado en el suelo entre dos reinonas que
cantaban himnos gospel.
Algunos meses más tarde, terminamos por
salir juntos de ligue después de asistir a una fiesta que alguien
dio en Beekman Place en honor del fotógrafo Tony Snowdon. Tony y
yo habíamos hecho unos cuantos reportajes juntos cuando yo era jefe
de colaboraciones de Esquire. Enseguida caí en la cuenta de que
Truman llevaba una triple vida: su vida pública, su vida doméstica
en Long Island con su compañero de toda la vida, el escritor Jack
Dunphy, y su vida sexual, que él trataba de mantener relativamente
a escondidas.
Nos hicimos amigos, en parte porque a los dos
nos gustaba frecuentar los barrios bajos y, si lo haces, es bueno tener
a tu lado a un amigo. Los dos éramos voyeurs, aunque Truman era
un poco más agresivo que yo. Tenía la sensación de
que Dunphy le proporcionaba estabilidad doméstica, pero que Truman
encontraba la emoción fuera de casa. Le gustaba el riesgo. En cierto
sentido, le gustaba meterse en situaciones comprometidas. Yo no entendía
por qué. Se diría que, aparentemente, bajo aquel barniz de
famoso presumido, sentía una gran repugnancia hacia sí mismo.
No llegué a averiguar si se odiaba porque su madre había
sido una desgraciada y su padre lo había abandonado, o porque era
un gay en un país que odiaba a los gays, o porque tenía la
sensación de ser él mismo una falsificación cuando
comparaba quién era él de verdad y quién creía
el mundo que era. Pensaba que, fuera lo que fuese, él iba a ser
capaz de superarlo. Lo que yo no sabía entonces era que, en algunas
ocasiones, superar cosas así te cuesta la muerte.
Lo que a Truman le gustaba hacer de verdad era
asistir a una fiesta realmente elegante de la alta sociedad o a una cena
de muchísimo lujo, llamarme y decirme: "¿Puedes quedar conmigo
alrededor de medianoche en Cowboys?", que era un bar de jovencitos, o en
el Haymarket, donde estaban los chaperos más brutotes, o el Mineshaft,
una cueva sadomaso en la que quitabas la ropa nada más entrar. A
mí el Mineshaft me asustaba hasta ponerme los pelos de punta. A
Truman no le impresionaba lo más mínimo. Andaba por allí
como si fuera el dueño del establecimiento. Había veces en
que algunos empezaban a exhibirse porque sabían que él estaba
allí, observándolos. Capote era como un estimulante.
En la Nueva York de los años 70, había
no menos de un centenar de bares gay, cada uno de los cuales estaba especializado
en un grupo muy reducido de clientes obsesionados con una perversión
determinada. Se podía entrar en un bar y encontrarse a todo el mundo
vestido con el uniforme del equipo de béisbol de los Yankees. Algunas
noches nos recorríamos cinco o más bares. Truman se aburría
enseguida. Llegábamos, nos quedábamos veinte minutos y, si
nada le había llamado la atención a primera vista, ya estaba
queriendo marcharse. Se sentía frustrado, insatisfecho, emocionalmente
hambriento, hastiado. La sexualidad tenía que ser cada vez más
aberrante para que captara su interés. También tenía
una especie de fijación anatómica con los genitales. Esta
es la razón por la que le gustaban tanto los baños públicos.
No obstante, Truman se sentía fascinado más que nada por
los lugares más sórdidos y de mala muerte. Le gustaba el
riesgo. Era lo que hacía que se le despertara el instinto sexual.
Insatisfecho.
Me he preguntado muchas veces qué era lo
que Truman iba buscando realmente. ¿Diversión? ¿Huir
de sí mismo? Creo que, por muy sentimentaloide que parezca, él
estaba deseando encontrar su príncipe azul, el caballero de melena
rubia y sonrisa dulce montado en un caballo blanco con el que debía
de haber soñado de niño, alguien fuerte y bondadoso que le
llevara a un lugar mejor que éste y que nunca se apartara de su
lado. En el fondo, era un romántico. A pesar de sus alardes de cinismo
en público y de su ingenio hiriente, creo que él iba en pos
de un hombre que fuera capaz de proporcionarle los placeres que se supone
que sólo Dios puede dar. Se puso a buscarlo donde no lo había.
Truman Capote era quizás el hombre más
solitario que yo haya conocido jamás, y también el más
necesitado. Era famoso y al mismo tiempo muy reservado, volcado hacia el
exterior y, en la misma medida, difícil de conocer, popular pero
aislado. Resultaba difícil conectar con él. Era como si se
encontrara en un estado de disociación, era como si saliera de sí
mismo para contemplar a alguien, él, que estaba contigo. Nunca conseguías
averiguar de verdad si él era el que observaba o el observado. Aunque
me negué siempre a reconocerlo, incluso para mis adentros, tenía
la sensación de que iba a terminar mal. Sabía además
que no había forma de ayudarle. Saber eso era suficiente para hacerte
pedazos el corazón.
En 1975, Truman y yo hicimos un viaje en avión
a Los Ángeles con Richard Zoerink, mi novio. Una vez en pleno vuelo,
nos hizo pasar a primera clase y nos emborrachamos y nos lo pasamos en
grande. Cuando sobrevolábamos Arizona, nos apretujamos los tres
en el cuarto de baño como sardinas en lata y nos metimos unos tiritos
de cocaína. Estuvimos alojados en el hotel Beverly Wilshire. Truman
viajaba con lo que, según nos dijo, era el manuscrito de Answered
Prayers prácticamente terminado, alrededor de 400 páginas
que guardaba dentro de un sobre de papel de color crema. Estuvo trabajando
en el manuscrito durante nuestra estancia en Los Ángeles, con aquella
letrita suya menuda y enmarañada con la que escribía en unos
cuadernos de papel amarillo.
Estuvimos en la ciudad cinco días, más
o menos, durante los cuales nos invitaron a una cena en la mansión
palacial de cineasta George Cukor, recorrimos los baños públicos
y tuvimos un almuerzo con el escritor Christopher Isherwood. Isherwood
era de la opinión de que los escritores homosexuales tenían
que "salir del armario" y dejar de travestir a sus personajes de ficción.
Sugirió, por ejemplo, que Truman volviera a escribir Breakfast
at Tiffany’s (Desayuno en Tiffany’s) haciendo que Holly Golightly —personaje
que inmortalizara Audrey Hepburn en la película de Blake Edwards,
Desayuno con diamantes—, fuera un chico joven. Truman pensó que
Isherwood se había vuelto majareta.
Al mejor postor.
Una noche acompañé a Truman hasta
su habitación, en la nueva ala del hotel Beverly Wilshire, que era
la que prefería porque, según él, "estaba decorada
como una casa de putas portorriqueña". Se acostó en la cama
y me leyó Father Flanagan’s All Night Nigger-Queen Kosher Café
(el café kosher de las reinonas negratas del padre Flanagan
abierto toda la noche), último capítulo de los tres que componían
Answered Prayers. Cuando terminó, me preguntó: "¿A
qué revista debería ofrecérselo, a The New Yorker
o a Esquire?". Me dejó sorprendido. Yo daba por hecho que él
consideraba que The New Yorker era su casa. Había trabajado en ese
semanario durante un año, más o menos, entre 1943 y 1944,
cuando tenía 19 años. Lo habían despedido. En los
años 50, intercalando su faceta literaria con títulos como
El arpa de hierba o Se oyen las musas, retomó el periodismo
realizando entrevistas en la revista para adultos Playboy. No obstante,
cuando fue a Kansas en 1959 a investigar el asesinato de los cuatro miembros
de aquella familia de campesinos, los Clutter, lo hizo por encargo de The
New Yorker. El resultado fue A sangre fría, un libro publicado
íntegramente en The New Yorker. Sin embargo, yo escribía
para Esquire. En cuanto sacó a colación el tema de ofrecer
su novela inédita a otra publicación, salté como un
resorte para que se la llevara mi revista.
—Los de The New Yorker son unos lectores bastante
mayores —le dije—. Se está volviendo muy aburrida. Deben de tener
una edad media de 60 años, como mínimo.
—¿Eso es ser viejo? —dijo Truman, que
tenía 51. Yo tenía 33.
—Necesitas unos lectores más jóvenes
—proseguí—. Esquire lo leen chicos jóvenes, de los que están
al día. En cambio, ¡The New Yorker! ¿Sabes cuál
es el principal sector de suscriptores que tienen? ¡Los dentistas!
—le dije.
A la mañana siguiente llamé a Don
Erickson, el director de Esquire. "Telefonea a Truman enseguida", le dije
"antes de que cambie de opinión". Don llamó y Capote no cambió
de opinión.
Dos días más tarde me topé
con él en el aeropuerto, donde iba a tomar un vuelo a Cancún
para pasar unos días en el Yucatán con Lee Radziwill, la
hermana pequeña de Jackie Kennedy. Luego iba a tomar otro avión
a Cayo Oeste, en Florida, una isla en la que todavía no había
estado nunca en su vida. "¿Por qué te vas a Cayo Oeste? Tennessee
ya no está allí. Te va a resultar odioso sin él",
le pregunté, porque la razón principal por la que yo sabía
que todo el mundo iba a Cayo Oeste era por ver a Tennessee Williams.
—Don Erickson se va a reunir conmigo para que
le entregue Mojave.
Este era el primer extracto de Answered Prayers
que estaba previsto que se publicara en Esquire.
—¿Por qué no se lo envías
por correo o quedas con Don en Nueva York? Sabes de sobra que no hay ningún
hotel decente en Cayo Oeste.
—¡Ernest Hemingway le hizo bajar a Arnold
Ginrich a Key West para editarle sus manuscritos —dijo, sorbiéndose
la nariz (Ginrich era el director que había fundado Esquire)— y
yo soy un escritor muchísimo mejor que el señor Hemingway!".
Truman viajó a Key West, y Don Erickson
también. Los dos se alojaron en el hotel Pier House. Truman no soportaba
aquel lugar.
Dos días más tarde del almuerzo
que tuvimos en el Quo Vadis, Truman me llamó para contarme que la
noche anterior había llegado de Las Vegas un mensajero con el manuscrito
de Answered Prayers. Truman había bebido demasiado y estaba
borracho como una cuba, pero lleno de entusiasmo. "¡Del Coleman —exclamó—
cumple su palabra!".
A lgunos meses después, a Truman se le
volvió a extraviar el manuscrito. Al menos, eso es lo que dijo.
Se mantuvo esta versión una temporada, hasta que todo el mundo dejó
de creérsela. Siempre había alguna excusa nueva por la que
Truman no podía terminar de escribir el libro. Yo creo que sí
terminó Answered Prayers, pero que luego lo quemó.
Tengo la sospecha de que había puesto tan alto el listón
con tanto autobombo que nada de lo que nadie pudiera escribir, incluido
el propio Truman Capote, podría cumplir las expectativas tan extravagantes
que él mismo había despertado.
En febrero de 1984, quedamos a cenar en Nueva
York poco antes de que se marchara a morir a Los Ángeles. Estuvimos
en una cafetería de su barrio, a un paseo de su piso del East River.
El Quo Vadis había cerrado sus puertas definitivamente un par de
años antes. El mundo había cambiado tremendamente. Ya nadie
lo reconocía. Por entonces se encontraba enfermo, en un estado de
debilidad suma por culpa de la ingesta de tantos fármacos y presa
de recaídas periódicas en el alcoholismo. El año anterior
habían tenido que hospitalizarlo 16 veces. Ya no estaban a su lado
casi todas aquellas mujeres que habían sido amigas suyas, como Babe
Paley, Slim Keith, Lee Radziwill, o la coleccionista de arte y empresaria
del motor Marella Agnelli, y él mismo estaba tan ido como sus Answered
Prayers. "Estoy deseando morirme", me confesó. "Rezo por morirme.
No puedo más".
Y no pudo.
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