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Rompiendo lanzas a favor de la buena literatura |
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“No hay flores,
pero las abejas siguen trabajando. La semana que viene nos van a traer
No siempre las pasiones más complejas
son sacudidas por las fuerzas consistentes del amor. Hay pasiones densas,
que matan por nocivas o por simple hábito anfibio de larvas en cultivo,
eternamente en laboreo, encandiladas en la primera fase amorosa, y sobre
todo, activas siempre donde jamás se podría observar otra
luz del mundo: dentro de sí mismas. Desde ese lugar opera Camargo,
el personaje central de El vuelo de la reina, la excelente novela,
Premio Alfaguara 2002 —alegoría profunda sobre una obsesión
de amor— de Tomás Eloy Martínez.
reinas nuevas. Tendría que venir a verlas, señor. Las reinas cantan, ¿Sabía eso? Cuando cantan, todo lo que usted ve acá se pone amarillo, vaya a saber por qué”. El vuelo de la reina Tomás Eloy Martínez Al personaje central de esta novela, amo y señor, le resulta extrañamente insólito no poseer absolutamente cada cosa que se propone. La pasión de Camargo se parece más a una necesidad de consumar una idea fija, de creerse dios. Pero ella o tal vez el ideal materno que representa lo penetra y va apresándolo. Este hombre no parece tener opciones. La independencia de Reina dispara el resorte inconsciente para sojuzgarla. Una sola idea fija concebida y cultivada en semejante inteligencia, una idea febril filtrada entre interminables inmersiones en los mecanismos de control que mueven el mundo, y desde semejante contexto —a usanza de potestad y podredumbre—, lo incitará cada vez más a quebrantar todos los límites posibles empujándolo hacia la obsesión y persecución de esta amada inasible. La indolencia inconmovible con la que este editor-zar recuerda las imágenes de su pasado, extraña la caricia que perdió, y la audacia con que forja, temerariamente, la adquisición del objeto amado son trágicas. Este rey, según lo justifica “freudianamente” el autor, fue un niño abandonado por su madre y esto le impide realizar plenamente su hábitat personal. En el presente, la figura intacta de ella se refleja en Reina, esa periodista recién graduada que trabaja en su diario. Su feudo editorial le ha enseñado a Camargo los instrumentos precisos de extorsión y elaboración de hechos para obtener todo lo que desea. ¿Por qué no, entonces, el amor de Reina? Los territorios de la libertad y la voluntad de una indiscutible mujer son parajes escurridizos, volátiles, que no se invierten con hurgarlos, con el simple deseo de poseerlos. Los suyos le pertenecen a Reina, la joven objeto de su acecho y es tarea difícil para este hombre someter su carácter, borrarle del espíritu esa cualidad esencial de libre arbitrio. Una cosa es poseer su cuerpo —simple posesión erótica—, y otra muy distinta, domesticarla, torcer su voluntad de ser aún lejos de aquel que la desea. Este personaje cuenta con suficiente frialdad ganada en un oficio ventajoso para sacudir a su favor la opinión pública. Hasta en los hechos más insólitos, personales, temibles y transgresores este hombre tiene a mano mecanismos periódicos de extorsión. Su reyerta de amor es calculada, aún desde su universo íntimo, sentimental. En este trasfondo tan repleto de realidades insólitas, de sucesos intrigantes, de escenarios demoledores, se mueven los personajes de la novela. Avasallar —que para el personaje es amar— a esa mujer es asunto de vida o muerte. Esta ficción impecable, se me ocurre pensar, quizás repita algunas realidades de amor tóxico, recurrente, en ciertos encuentros de nuestras vidas. La posesión de su cuerpo y alma, su voluntad y energía, es el único sentimiento de “amor” latente en el fundamento íntimo de Camargo, y él cree saber cómo alcanzar todo eso. Para lograr la conquista de la mujer llega a preparar meticulosamente cada detalle, a espiar cada movimiento, a traspasar su privacidad, a inducir castigos psicológicos y físicos, despiadados todos, que le revelen a Reina cuánta fragilidad, desamparo y aislamiento tendría sin él. No es el amor, claro que no. Tampoco el desamor. Es el vacío cínico de alguien cultivado, que ha usado todas las licencias a su alcance para controlar y dominar a los demás. Su hábito contemplativo, prepotente, de dios y señor —gran pecado este de la soberbia, nos recuerda Eloy Martínez— lo incitan cada vez más a amputar lo que le está vedado: una mujer altiva, casi inquebrantable, inteligente, y sobre todo, libre. Ni sus fundamentos filosóficos ni su humanidad lo asisten; y transgrede, milímetro a milímetro, el universo de Reina, el universo entero. No pueden existir reinas sin reyes, destila la complejidad psicológica de este hombre. Ella sólo puede existir a través de él, por él, para él. Todo lo demás puede borrarse con unos hechos bien articulados, levantados con sobornos, con aliados implacables, cuidando los detalles, con laboriosidad de zángano notorio. No es la abeja reina quien destruye al macho, es el macho el que devora a la reina en esta historia. ¿Cómo? A través de la humillación, la espera y el silencio, con atenciones aparentes, con dinero que compra los testigos, con poder y la servidumbre incondicional de sus siervos, pero sobre todo, fraguando el más mínimo detalle, como el cortejo amoroso prolongado mientras que apela a la difamación erosionando y anulando posibles supervivencias de Reina lejos de él. Camargo la somete a encierros y escarmientos físicos sin que ella relacione lo que le acontece con él. Hasta llega a contratar a un mendigo que padece enfermedades venéreas para que la viole. Quiebra el hálito de reina inexpugnable de la mujer para devolverle multiplicados, distorsionados y feroces, sus propios fantasmas de fragilidad y expatriación en un mundo sin ese macho protector que la eligió, que la codicia y la quiere para él. El rey seguirá siendo inocente a los ojos de la opinión pública y continuará buscando en el vacío todo aquello que parezca una larva de reina para “clavarle el alfiler”, como dice el autor. Porque Eloy Martínez dice que —y en realidad no sé si son coincidencias históricas con los evangelios valentinianos, los apócrifos “con todos los imprimátur y nihil obstat que usted se pueda imaginar” mencionando lo escrito por Tomás Iraelita en el siglo II y ciertas referencias al mundo de las abejas que tiene la novela o pura imaginación creativa y lineal del universo íntimo de un hombre de poder sugerido por el autor—, para apoderarse de todo en un vuelo al vacío, no se necesitan más que unos ojos que observan y una naturaleza hábil, soberbia, sin remordimientos. Matar es un simple formulismo en una realidad planetaria a todas luces infame y corrupta donde siempre impera el más fuerte. De más está decir que quien predomine contará los hechos a su manera. El elemento histórico inducido aquí da voz a una proyección subliminal de la novela. Esos evangelios sinópticos, entre otros, delinean versiones del carácter cultural heredado por nuestra especie como el olvidado gemelo de Jesús, Simón —¿predicando el principio femenino en Siria?—, mesías que tendrá que ser sepultado con pruebas irrefutables —aunque fabricadas— que demuestren lo que un zar supremo ha querido dejar constar, ni más ni menos: un todo a su imagen y semejanza, una historia de “amor” entre un hombre y una mujer. Parece más que una simple idea, parece una sentencia irrebatible de Tomás Eloy Martínez cuando Camargo acomoda los últimos detalles de su faena industriosa y alienada en la página doscientos cuarenta y tres de El vuelo de la Reina: “... los hechos se acomodan por sí mismos de manera que permiten imaginar a la víctima como el único culpable”. Sólo así —¿malogrando reinas?— pareciera que semejante rey se tornara inmune, y lograra sobrevivir a los vuelos que deseara, lejos de las mujeres, sobre todos sus vacíos. |
| © Nancy García. Especial para Red Literaria. |